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Amigos para siempre, ¿esposos mañana?
Más amistad y menos sexo. Más diálogo y menos ruido


Por: Cipriano Sánchez | Fuente: ciprianosanchez.blogspot.com



Hay casi cuatro millones de solteros en Nueva York. Datos del internet sugieren que mucha gente planea sus citas de modo semejante. En Marzo, cientos de neoyorquinos optaron por su primera cita en base a tacos: de pescado, de saltamontes secos, tacos para después de surfear en Rockaway Beach. Al final del mes, pasaron de moda, y el fondue se convirtió en el campeón de las citas. Unas semanas después, los rollitos de langosta eran la furia. A mediados de mayo las citas enfriaron las langostas y se dedicaron a comer ostras.

Cuando en la “prehistoria” del siglo pasado, uno quería proponer a una niña si quería salir contigo no era muy difícil. Llegabas y le decías “oye me gustas, ¿quieres que salgamos?”. El resto era cuestión de mayor o menor habilidad, de tener sencillos temas de conversación y de algunos consejos pedidos a los buenos amigos. Hoy todo es más complicado. Los jóvenes se sofistican mucho para establecer la primera cita, o la primera de las citas. Hay que ir vestido impecable (si los zapatos son Ferragamo mejor) pero lo peor es que la relación se parece a un combate de esgrima.

Las reglas han cambiando porque aunque la relación se hace desde la atracción, también nace de la desconfianza. Empezar a salir con alguien ya no es simplemente un paso para una boda en el horizonte. Es para conocerse con bastante recelo, con miedo a que te engañen desde el primer momento. Y es que la primera cita cuesta construirla desde la sinceridad, la sinceridad de que independientemente del futuro, si se llega al matrimonio o no, el proyecto de ambos es el mismo. Así se hacía, y así se debería hacer una cita, un noviazgo, y quizá al final un matrimonio.

Hoy todo se complica. Empezando por lo que el otro puede pensar de mí, en vez de buscar lo que el otro quiera pensar CONMIGO. La inseguridad se arraiga porque la cita puede decir mucho de tu personalidad o manifestar valores que se comparten o no. Los jóvenes tienen miedo de ser engañados desde el principio, no con otra pareja, sino con el interior de uno mismo. La sinceridad asusta, porque la sinceridad puede dañar, exponer, arriesgar. Y más cuando sabes que el otro lleva varias vueltas con algunas de tus amigas, o la otra ya se ha paseado en el coche de varios de tus amigos.

En un sereno diálogo los padres tienen que enseñar a los hijos a relacionarse. Los padres no pueden tener miedo a instruir a los hijos en el arte del noviazgo, en los consejos que forman la sinceridad del corazón, la claridad en el proyecto, los códigos de la afectividad. Nadie nace sabiendo, nadie se enamora sabiendo. Los matrimonios sólidos requieren de arranques sólidos.

Nuestros jóvenes arrancan llenos de miedo, de inseguridad, de pánico. Pánico por el sexo, pánico por la decepción, pánico por el compromiso. Los jóvenes tienen que crecer en la mutua amistad, que será la mejor forma de crecer en la confianza, de la que nacerá el compromiso que vislumbra el matrimonio en el horizonte. Más amistad y menos sexo. Más diálogo y menos ruido. Más confianza y menos vulgaridad. Si no sabemos hacer amigos hoy, no podremos hacer esposos mañana

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