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La cultura de la vida
La cultura de la parca comienza por adulterar la realidad


Por: Isidro Catela Marcos | Fuente: Espiritualidad Digital/Análisis DIgital



La cultura de la muerte está triunfando, en cierta medida, porque hemos dejado de creer que tendremos vida en abundancia. Sin vida eterna, no hay progreso verdadero. Y esa debilidad que nos habita es la que nos hace andar disimulando, diluyendo nuestra identidad e, incluso en ocasiones, renunciando a ella, para hacernos perdonar la vida. Como buena hija de la umbría, la cultura de la guadaña se alimenta de nuestras oscuridades. Espera más cuanto mayor es nuestra desesperanza, se crece cuanto más mengua nuestra fibra moral. En tal tesitura, nos ensombrece, debilita y somete mediante el diseño artero de una ingeniería social que domina a la perfección tres momentos decisivos de nuestra configuración personal: el reconocimiento de la realidad tal y como es (deformación), el asombro ante la belleza y el misterio de la vida (indiferencia), y el nombramiento adecuado de lo que tenemos delante de los ojos (manipulación del lenguaje).

La cultura de la parca comienza por adulterar la realidad. No la reconoce como es y trabaja para hacernos creer que la naturaleza es una construcción humana. Pensemos en el caso paradigmático del aborto. Extiende un velo de sombra para no aceptar, desde la razón, la evidencia científica de que el fruto de la fecundación es un ser humano, distinto de la madre aunque dependiente de ella. Convierte el sujeto en un objeto para poder usarlo, o extirparlo después como si fuera un grano. Es el único salvavidas para una razón atropellada que, de ponerse frente al espejo, quedaría hundida para siempre en los sumideros de la ideología. Es la cultura negra que deforma cuanto tiene delante, cual espejo cóncavo de un esperpento de Valle-Inclán, cual aquelarre goyesco reunido para celebrar la pesadilla.

Ante esa realidad light, desnaturalizada, el asombro pasa de ser algo connatural al hombre a convertirse en un acto heroico, incluso contracultural en cuanto que opone resistencia y ofrece una posibilidad alternativa a la corriente dominante. Frente a la belleza infinita que se despliega en los techos de la Capilla Sixtina, por ejemplo en ese preciso instante en el que el dedo de Adán se aproxima al dedo del Padre; o el barrunto de luz en que nos envuelven los acordes de la Pasión según San Mateo; o el esplendor de la palabra encendida que encabalga verdad y libertad en Don Quijote, se yergue ufano un acervo de fealdades, un cúmulo de desaliños, una cultura de la muerte, en definitiva, que no sólo no tiembla de pavor ante Saturno, sino que aplaude alborozada las leyes que dan licencia para devorar a sus hijos. La maravilla queda sepultada bajo la cochambre. Y lo peor es que pasamos indiferentes por la primera y sucumbimos a la atracción fatal de la segunda, revolcándonos en el lodo de esa cultura de la fealdad que no quiere ante sí personas creadoras de ámbitos y realidades, sino meros consumidores de productos. Este es el humus en el que ha crecido la aceptación social del aborto, a la que Julián Marías juzgaba como el acontecimiento más trágico del siglo XX.

Por fin, cuando se ha deformado la realidad y se ha conseguido que los hombres se muestren indiferentes, e incluso desafiantes, ante lo sublime que les precede, sólo queda el trabajo técnico de llamar a las cosas, y a las personas, de cualquier manera menos por su nombre.

Oh, vosotros le veis, seres profundos / y saltáis en el vientre de la madre, escribió Dámaso Alonso en un poema titulado “A los que van a nacer”. No los llamó no nacidos, en esa formulación negativa que parece invitarles a que no nazcan, sino que tradujo literalmente el término nascituri : los que van a nacer. Los que nacerán, a no ser que alguien se lo impida, o que en clamorosa impostura les interrumpa voluntariamente, para que creamos que hacer lo que nos venga en gana es siempre bueno, o que el acto del aborto no es tan grave porque se trata de interrumpir algo, como quien apaga el interruptor de la luz. Algo, nunca alguien, que para ser consecuentes con tan débil pensamiento, después de haberse interrumpido, debería poder ser reanudado.

Ese ser humano que se ha cosificado tiene genoma propio desde momento de la fecundación, un corazón que ya late 65 veces por minuto a las 4 semanas de gestación, un cerebro que comienza a formarse en la semana 5, unos ojos que se atisban en la semana 8 y un cabello que empieza a crecer en la semana 14. Decía Miguel Delibes que la cantinela del nosotras parimos, nosotras decidimos sería incontestable si se pariera un objeto inanimado que no pudiera reclamar después daños y perjuicios. El maestro castellano desnudó al Emperador y retrató las contradicciones del progresismo en este terreno. ¿Qué significa el cansino soniquete del “derecho a la maternidad libremente decidida”? ¿Significa, sin más, que toda mujer tiene derecho a elegir si quiere o no quiere ser madre? En absoluto. Lo que quieren decir los partidarios del aborto es que, cuando una mujer ya es madre, debe tener derecho a eliminar a su hijo concebido. ¿Qué significa salud sexual y reproductiva? ¿Por qué lo llaman “salud” cuando quieren decir “muerte”? ¿Es acaso el embarazo una enfermedad? ¿Qué se cura cuando alguien aborta? ¿Cómo es posible que la misma sociedad que aplaude los méritos profesionales de un actor con síndrome de Down, asuma la eugenesia prenatal para que, si la mujer gestante decide voluntariamente eliminar a su hijo, pueda hacerlo, con el argumento de que a priori tiene demasiadas taras como para que su vida merezca ser vivida?

Ante este rodillo negro que nos está pasando por encima, la cultura de la vida reclama de nosotros un decidido paso al frente, una actitud ejemplar de resistencia creativa que sea capaz de abrir espacios, fuera de la política de partido, para revitalizar el tono mortecino que parece habernos invadido. Ahora que la entrada en vigor de la nueva ley del aborto es una realidad, y sin perjuicio de las iniciativas jurídicas que legalmente puedan llevarse a cabo, es el momento de recuperar el protagonismo de la sociedad civil y de hacerlo, de forma preferente, en ese ámbito privilegiado de las relaciones humanas que es la cultura: la cultura de la vida. Para los creyentes, no es una opción, es una obligación. Es cierto que la Iglesia se está quedando cada vez más sola en la defensa de los derechos humanos fundamentales, pero también lo es que la inviolabilidad de la vida humana inocente desde su inicio hasta su término natural puede y debe ser defendida así mismo desde el patrimonio común de la razón. El territorio de la cultura es el idóneo para tender puentes con cuantos quieran recorrer con nosotros este camino apasionante. La Iglesia lo ha hecho a lo largo de la historia. Valgan como ejemplos culturales bien conocidos el papel jugado por los monasterios en el surgimiento de la Universidad o el origen de Europa, con inequívocas raíces cristianas, que se abrió a los caminos por donde transitaba el hombre peregrino.

El artista, cuando ahonda de verdad en el misterio de la vida humana, ha de comenzar reconociendo la realidad, para después asombrarse ante ella y nombrarla de manera precisa. Sólo así resistirá creativamente a lo que venga y afrontará la vida cotidiana con toda su complejidad, para liberarla de la oscuridad, transfigurarla, y no conformarse con evadirse de ella. Sólo así, la belleza servirá para entusiasmar en el trabajo y el trabajo para resurgir, como afirmó Cyprian Norwid, uno de los escritores favoritos de Juan Pablo II. Sólo así, la belleza salvará al mundo, porque se pondrá de manifiesto la relación profunda que existe entre belleza y esperanza.





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