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Concepciones jurídicas y sociológicas acerca del empresario
Concepciones jurídicas y sociológicas acerca del empresario
Artículo de G. Lombardi que habla sobre la ubicación jurídica del empresario, sus ámbitos de competencia y responsabilidades.


Por: G. Lombardi | Fuente: www.mercaba.org




La empresa es la forma más moderna de organizar la producción y el intercambio de bienes y servicios. Es el sujeto interpersonal a través del cual el hombre transforma, produce e intercambia; en ese sentido es el centro motor del desarrollo económico y social.

La ubicación jurídica del empresario resulta particularmente amplia. Empresario es "el que ejerce profesionalmente una actividad económica organizada, con la finalidad de producir e intercambiar bienes y servicios". El concepto de empresario se extiende a todos los sectores productivos: agricultura, industria, servicios, y penetra las múltiples formas de organización, desde las más sencillas, como el artesanado, hasta los grandes complejos industriales y las mismas sociedades multinacionales.

Las constituciones y leyes orgánicas fundamentales otorgan un gran relieve a la figura del empresario, especialmente cuando la economía se organiza como economía capitalista, incluida en ella la economía neocapitalista o economía social de mercado, e incluso socialista "con rostro humano".

Entonces se inserta socialmente al empresario en una estructura económica que, junto al reconocimiento del valor de la propiedad privada, exalta el valor de la solidaridad social.

La libre iniciativa del empresario tiene sus límites precisos en la salvaguardia de la seguridad y de la dignidad de los ciudadanos (límites que operan concretamente a través de la legislación social, laboral y fiscal).

Concebido así el empresario, queda reconocido el papel que se le atribuye en el mercado como campo del juego económico y como medida de la eficiencia productiva; y se valora también el papel del Estado como árbitro regulador de las actividades económicas de los individuos o de los grupos y como garante del equilibrio equitativo entre iniciativa privada y solidaridad social. La intervención del Estado, en otros términos, establece los correctivos necesarios a los eventuales desequilibrios que provoca la libre concurrencia.

Las concepciones sociológicas del empresario son diferentes y divergentes. Van desde la conocida visión marxista, que asimila la función del empresario con el papel de "funcionario" del capital, hasta aquella clásica que pone de relieve los caracteres peculiares de la iniciativa racional de los factores productivos y del espíritu de innovación.

Según Schumpeter, es empresario quien introduce la innovación científica en el mercado. En tal perspectiva, la función de los empresarios es la de reformar o revolucionar el cuadro productivo, usufructuando un invento o, más generalmente, una posibilidad técnica recién descubierta para obtener un nuevo producto, o de modo nuevo uno ya conocido (innovación del producto o innovación del proceso), abriendo una nueva fuente para el aprovisionamiento de materias primas o una nueva salida a los productos.

Para Schumpeter, precisamente esta función y las actitudes relacionadas con ella dan origen a las "prosperidades" pendulares que revolucionan la organización de la vida económica, como también a las pendulares "recesiones" debidas a los desequilibrios introducidos por los nuevos productos o níétodos de producción.

Es difícil emprender, y constituye tina específica función económica que abandona toda rutina y topa con las resistencias conservadoras del ambiente. Para obrar con confianza, superando los límites de la normalidad cotidiana y venciendo las resistencias a toda innovación, se requieren, según Schumpeter, aptitudes determinadas, que sólo posee una pequeña parte de la población, y que son las que definen tanto el tipo como la función del empresario.

Para el economista marxista M. Dobb, la figura del empresario sólo brota en presencia de algunos condicionamientos (propiedad privada de la tierra, estratificación social, diferentes ventajas iniciales de determinados grupos). Por su parte, F.H. Knight ve en el empresario al risk bearer (al que soporta el riesgo), mientras que J.B. Say subraya la función de coordinar y racionalizar los factores productivos disponibles desorganizados hasta que se constituye la empresa.

En la primera fase del desarrollo industrial, el empresario puede considerarse como "un capitán industrial"; más tarde, con el desarrollo de las sociedades anónimas (que diferencian propietarios de gerentes), la empresa se convierte en muchos casos en una figura colegial (la tecno-estructura, que abarca los centros de información, organización y decisión).

J.K. Galbraith, dentro del Estado, individualiza al "nuevo empresario" de la época de las grandes concentraciones productivas (necesidad de colosales inversiones tecnológicas, de las que depende el desarrollo económico).

Como reacción al desorden económico de los años setenta y a la crisis de la producción en masa se difunden, característicamente, las pequeñas y medianas empresas y se generaliza en algunos países (Alemania, Italia...) el modelo japonés de la especialización flexible (M.J. Piore y F. Sabel). Este fenómeno es evidente en la red de empresas manufactureras tecnológicamente sofisticadas. Con tal visión, el empresario se convierte en un permanente innovador capaz de adaptarse a las exigencias del mercado sirviéndose de una variada disponibilidad de medios y maquinaria para muchos usos y confiando en la capacidad técnica de una mano de obra altamente cualificada.

W. Sombart detecta en el empresario un distanciamiento frente al ambiente circundante y, estudiando el espíritu emprendedor de herejes y judíos, subraya en ellos el carácter "desviacionista" con relación a las normas y costumbres sociales.

Algunos autores (A. Fanfani, G. Palladino, W. Sombart) descubren como precursores del moderno "espíritu empresarial" a teólogos y canonistas medievales, en particular a san Antonio de Florencia, san Bernardino de Siena, etc., que, después de superar la concepción de la ilicitud del interés, encarrilada hacia una solución por santo Tomás de Aquino, pusieron las premisas para una visión más dinámica de la productividad del capital.

M. Weber asocia la difusión del "espíritu capitalista" y de la cultura empresarial en el siglo xvi a la ética protestante, mientras que, por el contrario, H.R. Trevor-Roper destaca cómo, entre 1550 y 1620, el espíritu empresarial (en cuanto sistema de producción o técnica de financiación) se difundió notablemente en las ciudades católicas de Amberes, Lieja, Lisboa, Milán, y sólo el centralismo de la monarquía católica castellana, emparejada con el clima restaurador de la contrarreforma, impide o limita la empresa privada en los países católicos.

M. Novak, intelectual católico norteamericano, ha puesto en evidencia cómo en los siglos siguientes la Iglesia católica renunció a ejercer sobre la economía de mercado la sabia combinación de distanciamiento crítico y de sintonía esperanzadora con la que en el pasado inspiró a numerosos sistemas sociales.



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