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Empresa: una teología moral

Empresa: una teología moral
G. Lombardi nos introduce al tema de la Empresa a la luz del Evangelio y la Doctrina Social de la Iglesia


Por: G. Lombardi | Fuente: www.mercaba.org




SUMARIO

I. Premisa.

II. Concepciones jurídicas y sociológicas acerca del empresario.

III. ¿El empresario en la Sagrada Escritura?

IV. En el magisterio de la Iglesia.

V. La ética del empresario:
1. Inspirarse en los valores funcionales del desarrollo;
2. Ética de la responsabilidad:
a) En lo concerniente a la función empresarial,
b) En lo concerniente a las relaciones del empresario con los colaboradores,
c) En lo concerniente al trabajo y al consumo;
3. Ética de la solidaridad.



I. Premisa

En cada persona se da una propensión a mejorar las condiciones de vida, a construir algo nuevo, a realizar de modo eficaz y productivo cuanto se ha propuesto hacer, en una palabra, a emprender. Esta propensión tiene su origen en la tensión natural que toda persona vive entre los límites concretos que experimenta y las infinitas posibilidades de mejorarse y de mejorar que entrevé. La actuación económica de las personas no se puede desvincular de la tensión a superarse, de la insuprimible exigencia de transcenderse.

El emprender es, en sentido amplio, una manifestación de la singularidad y de la libertad de la persona humana en cualquier situación en la que ella tenga que desarrollar su actividad: como trabajador dependiente o como empresario, como sindicalista [l Sindicalismo] o como gerente, como ! político o como profesional.

Quienquiera que ejerza una actividad económica contrae siempre una responsabilidad consigo mismo, con la sociedad y con las cosas.

Existe un modo "emprendedor" (es decir, eficiente, responsable, creador, innovador) de desarrollar las más diversas actividades. Con todo, el empresario es una figura bien definida de determinados tipos de sociedad. El empresario es una figura típica, la más característica, de las modernas sociedades capitalistas.

La reflexión moral deberá, pues, partir del juicio sobre estos sistemas sociales para poder verificar las compatibilidades, las incompatibilidades y los puntos problemáticos entre la ética cristiana y los comportamientos de los sujetos de las modernas sociedades industriales, aun cuando no puede identificarse al cristianismo con ningún modelo de organización social, y mucho menos con el capitalismo.

El evangelio es una "buena noticia" dirigida a la conciencia individual y a toda la humanidad. Si se la acoge, adquiere una dimensión personal y comunitaria simultáneamente, impregnando la calidad de la vida social, la cultura y las instituciones.

El capitalismo, a su vez, no determina una, y sólo una forma de vida social, sino tantas formas de vida social cuantas sean las culturas en las que se introduce. En resumen, la variable decisiva de la organización social es la cultura, la cual determina las formas históricas en las que vive el capitalismo. Las modernas sociedades de mercado ofrecen una amplia gama de oportunidades de realización individual de la ética cristiana y, al mismo tiempo, una enorme gama de tentaciones de desviarse de ella. En esta dialéctica entre máximas oportunidades y máximas tentaciones estriba precisamente la valoración de la libertad como fundamento de toda fe vivida en integridad.

No son pocas las críticas que se le hacen al capitalismo. Muchos lo juzgan un sistema moralmente condenable, porque se sostiene idealmente y se justifica éticamente por una concepción individualista de la sociedad que, erradicando la concepción medieval de la subordinación de la riqueza a finalidades éticas, tiene en la acumulación el motivo determinante de la actividad económica y en el máximum de provecho el criterio supremo de racionalidad y eficiencia (A. Fanfani).

Para otros críticos las fortunas del capitalismo están vinculadas a una situación en la que: a) los salarios podían mantenerse en una situación de subsistencia; b) la ética burguesa del ahorro y del beneficio impulsaba a la inversión productiva del excedente (Keynes define este análisis como "el doble engaño´.

En la conciencia moral de muchos cristianos capitalismo es sinónimo de sociedad opulenta, de crecientes desequilibrios entre países ricos y países pobres, de consumismo. Según algunas concepciones, el consumismo hedonista tiende a hacer del consumidor la encarnación ideal de la especie humana (Baudrillard).

Las modernas sociedades industriales son sociedades capitalistas en función del régimen jurídico de la propiedad de los medios de producción, sociedades liberal-democráticas en función del régimen político, sociedades pluralistas en función del clima cultural.

Según otras concepciones (Novak),las sociedades capitalistas se basan en el principio de la máxima libertad en la vida económica (mercado), en la vida política (democracia), en la vida social (pluralismo). El mercado en economía, la democracia en las instituciones y el pluralismo en la cultura sólo se mantienen y se integran en recíproca autonomía si seda la máxima libertad de producción, la máxima libertad de participación y la máxima libertad de conciencia.

Este "sistema", al que se denomina "ternario", aun sin proponerse como los sistemas socialistas obligar a los ciudadanos a ser "virtuosos" del bien común, realiza paradójicamente el bien común social con la búsqueda del interés individual.

Un sistema de economía política realiza la cáritas si amplía, crea, inventa, produce y distribuye riqueza acrecentando la base material del bien común. Parece legítimo sostener que entre todos los sistemas sociales que se han sucedido en la historia, tal vez ninguno ha cambiado tan radicalmente la calidad de la vida -prolongando su duración, convirtiendo la eliminación de la miseria en hipótesis posible, generando perspectivas de autorrealización-como los que han combinado mercado, democracia y pluralismo.






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