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Doctrina Social de la Iglesia y sus principios
Doctrina Social de la Iglesia y sus principios
Los expertos de la Unión Social de Empresarios Cristianos de Chile nos ofrecen una rápida mirada por los principios de la Doctrina Social de la Iglesia


Por: Unión Social de Empresarios Cristianos de Chile | Fuente: USEC.cl



La doctrina social católica se fundamenta en el amor de Dios para cada uno de sus hijos. Este amor ha sido revelado por Jesucristo quien con su muerte y resurrección, nos abrió la puerta de la salvación y de la vida eterna; y que con su vida y ejemplo nos señaló el camino a seguir para llegar al umbral de esa puerta. Todas las enseñanzas sociales de la Iglesia se fundamentan por lo tanto en el Evangelio y en una concepción del hombre que lo sitúa en este mundo como un constructor de la sociedad, pero siempre mirando a su destino final trascendente. Así visto, el hombre, creado por Dios y que volverá a Él, sólo puede manifestar su amor al Creador, amando a su prójimo y realizando su particular y único aporte a la construcción de una sociedad más próspera, justa, solidaria y plenamente humana. Es por esto, que si el ser humano no experimenta primero un encuentro personal con Jesucristo, transformando su vida, iluminando su mente y llenando de amor su corazón, difícilmente podrá perseverar en su propósito de seguir los principios e imperativos morales contenidos en la Doctrina Social. La Caridad de Cristo nos apremia.( 2Cor 5,14)
La vocación cristiana tiene implicaciones sociales ya que Jesús nos ordenó a continuar su misión de propagar el Reino de amor, justicia y paz.



Juan Pablo II y la Doctrina Social:


“Las permanentes circunstancias que padece el mundo contemporáneo y las deplorables condiciones de subdesarrollo en que se encuentran aún demasiados países demuestran la permanente actualidad de la doctrina social de la Iglesia y la necesidad de partir desde una perspectiva justa. Esta perspectiva se centra en la verdad del hombre, que es descubierta por la razón y confirmada por el Evangelio de Jesucristo, que proclama y promueve la auténtica dignidad y la natural vocación social de la persona”.

“La enseñanza social de la Iglesia ofrece orientaciones para la promoción de los derechos humanos, para la tutela de la familia, para el desarrollo de instituciones políticas auténticamente democráticas y participativas, para una economía al servicio del hombre, para un nuevo orden internacional que garantice la justicia y la paz y para una actitud responsable hacia la creación”.

“El compromiso social de los cristianos laicos se puede nutrir y ser coherente, tenaz y valeroso sólo desde una profunda espiritualidad, esto es, desde una vida de íntima unión con Jesús».

“El compromiso social es el medio para que los laicos sean capaces de expresar las grandes virtudes teologales --fe, esperanza y caridad-- a través del ejercicio de la difícil responsabilidad de edificar una sociedad menos lejana del gran proyecto providente de Dios”.

PRINCIPIOS DE LA DOCTRINA SOCIAL DE LA IGLESIA

La Unión Social de Empresarios Cristianos basa su quehacer en los conceptos contenidos en la Doctrina Social de la Iglesia Católica . Por su permanencia en el tiempo y universalidad de significado, los consideramos como el primer y fundamental parámetro de referencia para la interpretación y la valoración de los fenómenos sociales. De ellos se pueden deducir los criterios de discernimiento y de guía para la acción social en todos los ámbitos:

“La Doctrina Social, además de dirigirse de forma primaria y específica a los hijos de la Iglesia, tiene un destino universal. La luz del Evangelio, que la doctrina social refleja sobre la sociedad, ilumina a todos los hombres: todas las conciencias e inteligencias son capaces de captar la profundidad humana de los significados y de los valores expresados en esta doctrina, así como la carga de humanidad y humanización

1. Respeto a la dignidad de la persona y fomento de su desarrollo integral.
Partimos del hecho de que todo ser humano es un ser único, irrepetible e inteligente, con voluntad libre, sujeto de derechos y deberes, con destino trascendente y, por lo tanto, dignidad eminente. Es el origen, centro y fin de toda la vida social y económica. La realización y plenitud de la persona se da en su relación y crecimiento junto con sus semejantes; en el avance a la perfección en la comunión universal humano-divina que es su verdadera felicidad.

2. Bien Común.
Es el conjunto de condiciones de la vida social que hacen posible a las asociaciones y a cada uno de sus miembros el logro más pleno y más fácil de la propia perfección. El bien común comprende la existencia de los bienes necesarios para el desarrollo de los hombres, y la posibilidad real de todos los hombres de acceder a ellos; exige el bienestar social y el desarrollo del grupo mismo; implica la paz, la estabilidad y la seguridad de un orden justo.

Según la Doctrina Social de la Iglesia (DSI): “La empresa debe caracterizarse por la capacidad de servir al bien común de la sociedad mediante la producción de bienes y servicios útiles. (…) Además de una función económica, la empresa debe desempeñar una función social, creando oportunidades de encuentro, de colaboración y de valoración de las capacidades de las personas implicadas” .

3. Destino Universal de los Bienes.
Los bienes están destinados para uso de todos los hombres, son la herencia común de todos los habitantes pasados, presentes y futuros. Los bienes incluyen tanto los materiales (propiedades, económicos, etc), como los intelectuales (conocimientos, tecnologías, propiedad industrial, etc) y espirituales. La propiedad privada es un derecho y una responsabilidad que por su misma naturaleza tiene una hipoteca social ya su función es contribuir al sostenimiento y desarrollo del propietario y de sus prójimos. De igual manera, cada persona tiene la obligación de velar por la sustentabilidad y expansión de los bienes que tiene a su cuidado.

4. Subsidiaridad.
Conforme a este principio, todas las sociedades de orden superior deben ponerse en una actitud de ayuda (« subsidium ») —por tanto de apoyo, promoción, desarrollo— respecto a las menores. Las entidades menores, por su parte, deben actuar por sí mismas en lo suyo al máximo, aceptar y aprovechar debidamente las ayudas de las entidades mayores y admitir la suplencia temporal de las mismas aún cuando no puedan o no quieran hacer lo que les compete y que fuera requerido para el bien común .

5. La Participación.
Es la consecuencia característica de la subsidiaridad que se expresa, esencialmente, en una serie de actividades mediante las cuales el ciudadano, como individuo o asociado a otros, directamente o por medio de los propios representantes, contribuye a la vida cultural, económica, política y social de la comunidad civil a la que pertenece. La participación es un deber que todos han de cumplir conscientemente, en modo responsable y con vistas al bien común. La nueva organización del trabajo, en la que el saber cuenta más que la sola propiedad de los medios de producción, confirma de forma concreta que el trabajo, por su carácter subjetivo, es título de participación.

6. Solidaridad:
Entendemos la solidaridad como la vinculación e interdependencia recíproca de las personas para la realización convergente del bien común. En el caso de la empresa, la caridad y la solidaridad -al interiorizarse en las personas que toman decisiones y llevan a cabo sus acciones cotidianas- deben procurar el bien de todas las personas que la integran y se relacionan con ella. Una vez aplicadas en la empresa, la solidaridad y la caridad trascienden a las relaciones con la comunidad buscando mejorar el entorno en el que se desarrolla nuestro prójimo.
En este plano adherimos completamente a la ECONOMÍA DE LA SOLIDARIDAD, tema abordado por S.S. Juan Pablo II en su visita a Chile

7. Valores fundamentales.
Los principios anteriores presiden la edificación de una sociedad digna del hombre. Su aplicación está guiada por cuatro valores íntimamente relacionados entre si. Éstos son inherentes a la dignidad de la persona humana y favorecen su auténtico desarrollo. Son esencialmente: a) la verdad, buscada continuamente, respetada y atestiguada responsablemente; b) la libertad, signo de la sublime dignidad de cada persona humana, ejercida responsablemente y enfocada a la contribución de todos al bien común; c) la justicia, constante y firme voluntad de dar a cada uno lo que le es debido y abierta al horizonte de la solidaridad y del amor; y d) el amor fraterno, del cual brotan, se nutren y desarrollan la verdad, la libertad y la justicia.

8. Autoridad.
La entendemos como la facultad de ejercer el mando según la justa razón, no es una fuerza exenta de control. Sólo se ejerce legítimamente si es un medio que busca el bien común, y si para alcanzarlo emplea medios moralmente lícitos. Por las deficiencias existenciales, es necesaria la autoridad; por tanto, no es privilegio, sino servicio.

9. El trabajo.
Es una actividad propia del hombre, destinada a producir bienes o servicios y por medio de la cual el hombre desarrolla sus capacidades, aplicando la inteligencia y la voluntad.

El tema del trabajo como motor del desarrollo integral invita a entender la empresa como un grupo humano; no sólo como una entidad generadora de economía, trabajo, producción y transformación de bienes y servicios; sino como una comunidad de personas que tienen en sus manos la posibilidad de construir propuestas innovadoras que sirvan a las comunidades a las cuales se dirige.



“Creo que en esa economía solidaria ciframos todos nuestras mejores esperanzas para la región. Los mecanismos económicos más adecuados son algo así como el cuerpo de la economía; el dinamismo que les da vida y los torna eficaces -su "mística interna"-, debe ser la solidaridad. No otra cosa significa, por lo demás, la reiterada enseñanza de la Iglesia sobre la prioridad de la persona sobre las estructuras, de la conciencia moral sobre las instituciones sociales que la expresan”. Discurso pronunciado en la sede de las Naciones Unidas en Santiago, a los funcionarios de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL), el viernes 3 de abril de 1987.



Bajo esta visión concebimos la empresa como una comunidad que aúna voluntades, inteligencias y talentos para llevar a cabo acciones que individualmente sería imposible hacerlas.
La primera responsabilidad de la empresa es el mismo hombre y su dignidad. En efecto, ni los bienes de producción, ni la clase social, ni el Estado, ni ideología alguna, ni el progreso por el progreso son fines últimos de la actividad del hombre en el mundo, sino que el mismo hombre y su irreductible dignidad. Allí encuentra toda la acción del hombre su eje central, su espina dorsal, su razón de ser. Por lo tanto, sería contradictorio realizar una actividad que va en contra del hombre, que lo denigre, que lo humille o lo menoscabe física, moral o espiritualmente.


Ello indica por lo tanto, que la responsabilidad social de la empresa no puede entenderse al margen de la responsabilidad de las personas que la constituyen. El hombre no puede refugiarse bajo la responsabilidad de otros, sean éstos personas o instituciones. Ser responsable de sus actos es signo eminente de su dignidad porque implica libertad, capacidad para distinguir el bien del mal y el reconocimiento del carácter único del hombre .

Ello implica alinearnos bajo el concepto de “buenas práctica laborales”. La sostenibilidad de toda empresa emana de generar un clima de confianza y colaboración entre todos sus miembros, el cual sólo se consigue con un trato percibido como justo por todos los participantes. De aquí surgen las diversas iniciativas que desarrollan muchas empresas bajo el concepto de la responsabilidad social empresarial (RSE) en los cuales los criterios y objetivos de la empresa no pueden ser exclusivamente de naturaleza financiera o comercial, sino deben estar fundamentalmente basados en el respeto y dignidad de las personas con las que interactúa y en especial con sus colaboradores .

Esta visión de empresa implica necesariamente fomentar el desarrollo y la dignidad de los ejecutivos y trabajadores que componen la empresa, fomentar la creación de empleos y aplicar los principios del trabajo decente concepto acuñado por el chileno Juan Somavía, Director General de la OIT, por cuanto éste influye en la dignidad de las personas, su autoestima y la estabilidad de sus familias.


10. El valor de la familia.
“La primera estructura fundamental a favor de la “ecología humana” es la familia, en cuyo seno el hombre recibe las primeras nociones sobre la verdad y el bien; aprende qué quiere decir amar y ser amado y, por consiguiente, qué quiere decir en concreto ser una persona” . Como empresarios valoramos profundamente el valor de la familia, la comunidad natural en donde se experimenta la sociabilidad humana, y afirmamos su prioridad respecto a la sociedad y al Estado. Al respecto, creemos que la formación y la educación impresa en el seno de las familias, por medio de la docencia o al interior de las empresas debe estar fundada en ciertos valores sociales que son esenciales para mantener la cohesión social frente a los nuevos retos de la globalización.

11. Confianza.
Es la fiabilidad mutua entre personas. Nace del conocimiento y aprecio del comportamiento responsable de cada una de ellas. Se adquiere con la verdad de sus ideas y fácilmente se pierde con la incongruencia entre lo que se dice y lo que se hace.

Apuntes Monseñor Fernando Chomali. Conferencias USEC 2006
Ref. CDSI 344
Juan Pablo II, Carta enc. Centesimus annus, 39: AAS 83 (1991) 841


12. Transparencia en toda práctica y actividad económica como signo y vivencia de integridad.
Vivir en la verdad tiene un importante significado en las relaciones sociales: la convivencia de los seres humanos dentro de una comunidad es ordenada, fecunda y conforme a su dignidad de personas cuando se funda en la verdad. Las personas y los grupos sociales cuanto más se esfuerzan por resolver los problemas sociales según la verdad, tanto más se alejan del arbitrio y se adecuan a las exigencias objetivas de la moralidad.

13. Excelencia:
En este punto nos hacemos eco de las palabras de SS Juan Pablo II: “Las causas morales de la prosperidad son bien conocidas a lo largo de la historia. Ellas residen en una constelación de virtudes: laboriosidad, competencia, orden, honestidad, iniciativa, frugalidad, ahorro, espíritu de servicio, cumplimiento de la palabra empeñada, audacia; en suma, amor al trabajo bien hecho”.

Así, en nuestras empresas estamos llamados a alcanzar objetivos económicos y sociales basados en el respeto de la dignidad humana, destino universal de los bienes, la solidaridad, subsidiaridad y el bien común; pero también, a construir la justicia social. La empresa es entendida entonces, como fuente de generación de riqueza y de trabajo, que en condiciones de justicia y equidad, actúa como motor del desarrollo de las sociedades, de la persona humana y vehículo de superación de la pobreza.

Las interpretaciones de tipo mecanicista y economicista de la actividad productiva, a pesar de su extensión y su influjo, deben ser definitivamente superadas. Estas concepciones se revelan hoy, más que ayer, totalmente inadecuadas para interpretar los hechos, que demuestran cada día más el valor del trabajo como actividad libre y creativa del hombre.

Al respecto, somos partidarios de un DIALOGO SOCIAL, aspecto esencial para la construcción de una sociedad más justa. Esto implica mirar la contingencia nacional y abordar desde la perspectiva de la DSI los debates en torno al desarrollo económico y social, las sugerencias de los obispos y las mejores soluciones que emanan del ámbito empresarial.
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