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Se va desgastando con el tiempo
Este artículo es parte del libro "El anillo es para siempre" de Ángel Espinosa de los Monteros

Este artículo es parte del libro "El anillo es para siempre" de Ángel Espinosa de los Monteros


Por: Ángel Espinosa de los Monteros | Fuente: Este artículo es parte del libro "El anillo es para siempre" de Ángel Espinosa de los Monteros



18. SE VA DESGASTANDO CON EL TIEMPO

El anillo se va desgastando con el tiempo. Es lógico. Nada es para siempre. Para eso está el cielo. Tu anillo puede y de hecho va perdiendo su brillo. Pero, aun sin él, ¡cuánto representa! Incluso se podría decir que es más hermoso golpeado, usado, maltratado involuntariamente por los movimientos de una mano que por amor nunca ha querido quitárselo ni para protegerlo. Perdió su brillo metálico pero conserva el del cariño y el de los mil recuerdos que te unen a él. Es el destello de la madurez.

También el matrimonio se va desgastando y puede perder ese brillo inicial, juvenil, de los primeros años: es decir, la ilusión, la pasión, la cantidad de emociones de dos vidas que se hacían una sola y todo era descubrirse y enriquecerse.

Pero -¡qué interesante!- va adquiriendo otro matiz muchísimo más hermoso: el de la madurez del amor. No es el amor jovial de cuando eran recién casados, sino el consolidado, sacrificado, servicial. El que es más donación que posesión.

Ahora más bien ya están tranquilos. Ha pasado el período de las fiestas, de los compromisos, de lo social, de todo lo espectacular. Ya tienen cuatro o cinco hijos que están sacado adelante. Ahora es la madurez en el amor. La necesidad provocada. El querer estar juntos. La calidad y cordialidad de la comunicación. Este brillo vale más que el otro.

Recuerdo el reloj de mi papá. No tenía nada de especial, aún más, estaba muy desgastado por el uso diario durante diecisiete años. Cuando él murió, los tres hijos mayores lo queríamos por el simple hecho de que era de él. Porque lo había usado él, todos los días, durante los últimos diecisiete años de su vida. Lo queríamos porque estaba desgastado. Porque marcaba las horas y hablaba de una vida. Porque había en él algo vivo.

Qué espectáculo tan grande ofrecen al mundo un hombre y una mujer que se han desgastado durante su vida matrimonial, en el servicio, en los detalles, en la entrega diaria y en la atención al cónyuge y a los hijos. Quizá no tengan el brillo inicial, pero sale de sus ojos uno que no se los daba la juventud. El de la experiencia, el de la compañía, el de un conocimiento mutuo cada vez más hondo. El brillo de mil experiencias, felices y dolorosas, pero que se han vivido juntos. El brillo de haber formado y forjado un hogar y haber proyectado unos hijos que ahora han hecho ellos mismos su propio hogar. El de las satisfacciones mil veces más profundas que la ilusión inicial.

El brillo de una fidelidad sometida a la prueba del tiempo –la más dura de todas las pruebas-.

¡Cuántos espectáculos de estos necesita el mundo! No como los actuales: divorcios, adulterios, fugaz continuas del compromiso experimentando algo nuevo, distinto. Esa es la razón de ser de los centros nocturnos... La sociedad necesita del espectáculo ingente de un hombre y una mujer que se aman. Este “show” no lo puede ofrecer una pareja de recién casados o que apenas lleven cinco o diez años caminando juntos. Necesitamos, queremos ver gente que llega al final de su vida de la mano.

Este artículo es parte del libro "El anillo es para siempre" de Ángel Espinosa de los Monteros





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