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La Educación Sexual en la Escuela
La Educación Sexual en la Escuela
Entrevista a José María Barrio Maestre, Profesor Titular de Antropología Pedagógica en la Universidad Complutense de Madrid, sobre LA EDUCACIÓN SEXUAL EN LA ESCUELA (publicada en la revista Mundo Cristiano, nº 543, junio del 2006, pp. 54-56).


Fuente: José María Barrio Maestre






1. Unas guías sobre educación sexual para niños de primaria han motivado quejas de diversas instancias educativas. En primer lugar, ¿es conveniente la educación sexual en el aula desde primera edad? En tal caso, ¿cómo debe ser?


A mi juicio es un tema que ordinariamente deben abordar los padres, cuando lo estimen oportuno, de acuerdo con una intuición particular que tienen ellos del peculiar ritmo de desarrollo de sus hijos. En términos generales, entiendo que hoy es necesario abordarlo antes que en épocas pasadas, pues los niños están masivamente expuestos, a edades cada vez más tempranas, a mensajes que, procedentes de la publicidad y de una cultura excesivamente sexualizada, pueden afectar negativamente a su maduración. Pero en todo caso entiendo que son los padres quienes han de ponderar el momento, la circunstancia y el modo de abordar este tema con sus hijos, valiéndose de las orientaciones de quien estimen oportuno escuchar. En este asunto la tarea educativa de la escuela –así como el respectivo derecho– es subsidiaria de la de los padres. Subsidiar no es suplantar: es ayudar a los padres como ellos quieran ser ayudados.


2. En ocasiones, se dice que los católicos no pueden obligar a todos a adoptar sus puntos de vista, por lo que hay que optar por una perspectiva neutra. ¿Es posible una enseñanza “objetiva” en este tema, centrada sólo en informar sobre los procesos físicos, sin valoraciones morales?


Mire Vd. Los católicos ni quieren ni pueden obligar a nadie a adoptar sus posturas. En el debate público –concretamente en este debate sobre la educación– sólo piden, como cualquier ciudadano, que se deje oír su voz para orientar las leyes de acuerdo con lo que consideran justo. Si sus puntos de vista son acordes con su fe religiosa, esto no debería extrañar; de lo contrario, renunciarían a sus puntos de vista, o a su fe. Por otro lado, aquí nadie es "neutral", aunque lo intente aparentar. A la hora de discutir, todos partimos de unos presupuestos, tácitos o explícitos. Magisterios hay muchos, unos confesados y otros inconfesados, algunos más confesables que otros, pero magisterios todos. Hay quienes se fían de la Iglesia católica y los hay que lo hacen de la astrología, unos hacen caso al Papa y otros al Sr. Polanco y los editoriales de "El País". Con todo, a partir de cada magisterio, cabe intentar pensar por cuenta propia y no limitarse a mugir con el rebaño en el redil de lo políticamente correcto.

En relación a la "objetividad", cabe aspirar a ella, intentar dar una información exacta y limitarse a decir lo que dicen las averiguaciones científicas mejor contrastadas. De todos modos, tratar de este tema en el aula con personas muy jóvenes se presta fácilmente a terminar banalizándolo.


3. ¿Hasta dónde debe llegar el papel de los padres, y hasta dónde el de la escuela en la educación sexual?


La escuela, hasta donde quieran los padres, y los padres hasta donde les parezca oportuno de acuerdo con su conciencia. No estoy en contra de que se erijan escuelas, públicas o privadas, a petición de los padres que entienden la sexualidad como un mecanismo de puro placer, y la educación sexual como una información a la carta de todas las posibilidades del juego erótico y de los modos de prevenir las consecuencias esperables. Lo que sí pediría es que quienes entienden así la sexualidad, antes que a los hijos de los demás, la presenten en primer lugar a los suyos propios. Ahora bien, si es eso lo que desean para sus hijos, no tengo objeción ninguna: que contraten incluso profesionales del lenocinio para que den las clases con más conocimiento de causa. Lo que no es de recibo es que eso se despache a todo el mundo desde el sistema público que pagamos todos, incluidos los padres que no quieren que se prostituya a sus hijos desde los 6 años. Es sencillamente intolerable que se obligue a todo el mundo a pasar por ahí, en una obscena intromisión en la patria potestad. Es igualmente intolerable que los padres que no desean eso para sus hijos tengan que pagar el doble por el "lujo" de educarlos de acuerdo con sus criterios, cuando se trata de un derecho fundamental reconocido por la Constitución (art. 27, 3); es decir, que hayan de pagar de su bolsillo un colegio privado, y –también de su bolsillo, vía impuestos– el sistema público. Muchos padres deberían frecuentar más los juzgados.

El auténtico problema, ya le digo, es que muchos de los que pontifican sobre la educación sexual que ha de darse en la escuela en ningún caso estarían dispuestos a que eso que ellos cuentan a los hijos de otros alguien se lo contara a los suyos propios, en caso de que los tuvieran. El “sistema educativo” no educa, porque opera con categorías sociológicas. Educan los padres, porque piensan en “sus” hijos, y los maestros, en la medida en que ayudan a los padres. Quienes se preocupan de ayudar a sus hijos a crecer como personas de bien, generalmente ven la educación sexual de distinta manera que quienes sólo piensan en la “ideología de género”, los “modelos alternativos de familia” o ven la educación únicamente en términos de cambio social.


4. En estos temas, ¿es conveniente ser muy descriptivo, para dar naturalidad a esa información y para que los niños o jóvenes no tengan sorpresas (o que se enteren por otros)?


Como le digo, no cabe esperar razonablemente que una información supuestamente aséptica, a ciertas edades, no sea decodificada en clave trivial. Por eso la familia es el ecosistema más adecuado para que lo que los hijos hayan de saber sobre esta materia sea acogido en una forma que hace justicia a la importancia y grandeza de la sexualidad humana, que nunca se capta en clave exclusivamente biológica.


5. ¿Considera que puede haber relación entre una educación sexual equivocada y el aumento de embarazos no deseados, o de la pornografía?


Sin duda, pero el efecto más perverso de una educación sexual equivocada es que el proceso de maduración, también la maduración sexual de muchas personas adolescentes y jóvenes, puede quedar seriamente bloqueado. Si en vez de pensar en el triunfo de la ideología de género, las administraciones públicas pensaran más en las personas, sin duda se ahorrarían –y nos ahorrarían a todos– las famosas “guías” que se preparan desde variadas agencias estatales, comunitarias o locales, ya desde que gobernaban los populares. En una delirante carrera por apropiarse de la etiqueta de “progres”, compiten por corromper a la gente joven a edad cada vez más temprana. Insisto en que no pretendo que se le corten las manos a nadie, pero quien pretenda abusar de los niños porque le parece eso liberador y psicohigiénico, sólo dos cosas: que abuse de los suyos, y que lo haga de su bolsillo.


6. ¿No es peor el otro extremo, no dar ninguna información de este tipo?

No sé qué es peor. Pero lo que tengo claro es que el criterio de tolerar el mal menor es válido en política bajo determinadas circunstancias. Ahora bien, si hablamos de educación, y del futuro de nuestros jóvenes, ese criterio es insuficiente. Hemos de aspirar a hacerlo bien, lo mejor posible.


7. Hoy en día en los medios de comunicación, en la propia escuela (las guías en cuestión, por ejemplo) se usa un lenguaje claro hasta la crudeza para referirse a temas relacionados con la sexualidad. ¿Es un avance expresarse con tanta naturalidad? ¿Por qué?


Como suele ocurrir en los problemas prácticos, de lo que se trata es de lograr un prudente equilibrio. No hay por qué pensar que la única alternativa al lenguaje ñoño y pacato es el asilvestrado. Afrontar el tema con realismo no significa necesariamente echar sobre el tapete la carne cruda. El auténtico “avance”, como Vd dice, estriba en poner la sexualidad humana en su sitio, que sin duda es muy importante. Y abordarla con los recursos antropológicos y éticos que un tratamiento auténticamente humano de ella exige. La sexualidad es una dimensión humana en virtud de la cual la persona es capaz de una donación interpersonal específica. El acto sexual no sólo pone en juego el aparato genital, sino que implica igualmente al corazón, la sensibilidad, la inteligencia y, en resumidas cuentas, a toda la persona. Creo que la educación sexual ha de tener en cuenta todos estos elementos y no restringir la sexualidad a pura genitalidad: ese es un aspecto más de la realidad, pero no el único.


8. Desde una perspectiva “confesional” –llamémosla así–, al dar educación sexual la castidad aparece como un valor. ¿Tiene también valor desde una perspectiva llamémosle “laica”?

No tengo ningún inconveniente en “confesarme” católico. Jamás lo he ocultado, aunque consideraría absurdo presumir de eso. No es ningún mérito mío sino un don, una especie de lotería en la que he salido agraciado. Ahora bien, todo lo que he dicho ahora lo he dicho desde una perspectiva “laica”, que en ningún caso traiciona mi confesión religiosa. Aquí apelo a la ética natural, no a ninguna manía especial que tengamos los católicos. Puede mostrarse y defenderse con argumentos “no confesionales” que la forma de ejercer la sexualidad humana que más plenifica al hombre es la que se da en una forma dual (no solitaria), dentro del matrimonio, por tanto en el contexto de un compromiso incondicional de mutua entrega y donación total y de por vida, a su vez abierto a la vida –esto es consecuencia de esa incondicionalidad– y que la mejor preparación para eso –y a la vez la mejor garantía de preservar ese gran tesoro, el de un amor verdadero– es la castidad, antes y durante el matrimonio, aunque, lógicamente, de otra manera. Este plan de sexualidad es el que propone la razón, el sentido común moral..., y también la Iglesia católica.





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