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Grandeza de la moral cristiana y virtudes teologales.
Grandeza de la moral cristiana y virtudes teologales.
¿Cómo debo comportarme con Dios? La vida moral de todo hombre se concreta en tres ámbitos distintos: con Dios, consigo mismo y en las relaciones con el prójimo.


Por: Aurelio Fernández | Fuente: Arbíl




La práctica de la fe, de la esperanza y de la caridad representa la existencia humana elevada al orden supremo al que el hombre y la mujer pueden aspirar. Y, al mismo tiempo, sólo quien practica las virtudes teologales es capaz de comprender la grandeza de la moral cristiana y se animará a correr la aventura de cumplir los mandamientos del Decálogo. De ahí que una excelente oración del cristiano sea ésta que la Iglesia reza el domingo XXX del año: "Danos, Señor, aumento de fe, de esperanza y de caridad, y, para conseguir tus promesas, concédenos amar tu preceptos". Cuando la persona humana es capaz de creer, de esperar y de amar a Dios, entonces está en camino de comprometerse en el cumplimiento de los Mandamientos y de vivir la moral cristiana, tal como Cristo nos la enseñó.
En este capítulo se inicia el estudio del comportamiento moral que el hombre y la mujer han de seguir para conducirse éticamente con Dios. A ello dedicaremos tres capítulos (II-IV).

La razón de tratarlo tan extensamente es que se ha de evitar el equívoco de pensar que la vida moral se concreta sólo en la relación del hombre consigo mismo, con los demás y con la sociedad en que se vive. Ahora bien, dado que Dios es la referencia primera y última del hombre, el creyente no puede evitar la pregunta: "¿Cómo me he de comportar con Dios?". Y en la respuesta descubre que los deberes éticos del cristiano también incluyen el trato con Dios. De este modo, cabe concluir que su vida moral de todo hombre se concreta en tres ámbitos distintos: con Dios, consigo mismo y en las relaciones con el prójimo.

Por eso la tradición bíblica habla de "dos tablas". La primera tabla menciona los tres primeros mandamientos referidos a Dios y la segunda recoge los siete restantes que establecen la conducta de la propia persona y su relación con los demás. Así se expresaba san Agustín: "Como la caridad comprende dos preceptos en los que el Señor condensa la ley y los profetas ..., así los diez preceptos se dividen en dos tablas: tres escritos en una tabla y siete en la otra" [1]. Y, dado que la moral cristiana es la moral del amor, ello explica el hecho de que el mismo Jesús haya reducido los Diez Mandamientos a dos. Cuando un fariseo le hizo la pregunta "¿cuál es el mandamiento mayor de la ley?" (Mt 22,36), Jesús respondió: "Amarás al Señor tu Dios con todo el corazón, con toda tu alma y con toda tu mente. Éste es el mayor y el primer mandamiento. El segundo es semejante a éste: amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos penden toda la Ley y los Profetas" (Mt 22,37-40).

A partir de estas palabras de Jesús, la exposición de la moral cristiana se ha dividido en dos grandes bloques: la relación con Dios y la conducta moral del individuo consigo mismo y con el prójimo, bien sea considerado individualmente o en convivencia con la entera sociedad. Iniciamos el estudio de los tres mandamientos de la "primera tabla", o sea las relaciones del hombre con Dios.


Adorarás al Señor tu Dios y le servirás


La Revelación destaca en todo momento la unicidad de Dios y su grandeza, pues Yavéh es el creador del mundo y del hombre. Frente el politeísmo de los pueblos vecinos y de las diversas culturas de aquel tiempo, sobresale el monoteísmo del pueblo judío. En los oídos de todo israelita resonaba continuamente la recomendación insistente y apremiante de Yavéh: "Yo soy el Señor, soy tu Dios. No habrá para ti otros dioses delante de mí" (Ex 20,2-3). El monoteísmo de Israel era tan radical, que, con el fin de evitar cualquier signo de culto falso, Yavéh prohibió que se hiciesen estatuas o pinturas para representarle (Ex 20, 4; Dt 5, 8). Asimismo, tal obligación de creer en un solo Dios explica las penas con las que era castigada cualquier manifestación de politeísmo, pues "Yavéh es un Dios celoso" (Dt 5,9).

En perfecta correlación a la unicidad de Dios (monoteísmo), la Biblia resalta la inmensa grandeza de Yavéh, en quien cree el pueblo: Dios es todopoderoso. Aquí cobra relieve el tema de la "gloria de Dios", que tanto destaca la Biblia. Gloria significa "peso", "importancia", "dignidad". Pues bien, Dios goza de todas esas cualidades y además las posee en grado infinito. Por ello, la "gloria de Dios", más que un atributo divino, se identifica con el mismo Dios: es su manifestación externa cuando se revela a los hombres. En este sentido, es emocionante el texto en el que Moisés pide a Dios que se le manifieste, y Yavéh le responde que no podrá ver su rostro, pero sí puede contemplar su gloria: "Moisés exclamó: muéstrame tu gloria. Y Él respondió: Yo haré pasar todo mi esplendor ante ti (...), pero no podrás ver mi rostro, pues ningún ser humano puede verlo y seguir viviendo. Y continuó: he ahí un lugar junto a mí; tú puedes situarte sobre la roca. Cuando pase mi gloria, te colocaré en la hendidura de la roca y te cubriré con mi mano hasta que haya pasado. Luego retiraré mi mano y tú podrás ver mi espalda; pero mi rostro no se puede ver" (Ex 33,18-23).

La "gloria de Dios" es la misma Persona divina, pues en ella se revela la majestad, el poder, el dinamismo de su ser y de su santidad. Por ello, el hombre y la mujer han de reconocer la gloria de Dios, venerarla y adorarla. Dios es "celoso" de su gloria (Ex 20,5); de ahí sus reclamos: "Mi gloria no la cedo a ningún otro" (Is 42,8) ni "la compartiré con nadie" (Is 48,11).
La grandeza de la gloria de Dios se ha hecho patente en Jesucristo: "El Verbo se hizo carne y hemos visto su gloria, gloria como del Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad" (Jn 1,14). Por eso el nacimiento de Jesús fue anunciado por los ángeles con el canto: "Gloria a Dios en las alturas y en la tierra paz a los hombres" (Lc 2,14).

Es, pues, lógico que el hombre reconozca en todo momento esa gloria de Dios: "Dar gloria a Dios" equivale a aceptar su grandeza y a adorarle. De ahí la insistencia de los profetas en que el pueblo "dé gloria a Dios", lo cual se plasma en esta plegaria cristiana, "gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo", con la cual concluyen tantas oraciones. Esta alabanza a la Trinidad es como el sello y la rúbrica del culto cristiano. En consecuencia, el hombre da gloria a Dios cuando cree en Él, si pone en Él toda su confianza y si le ama sobre todas las cosas; es decir, cuando vive la fe, la esperanza y la caridad.

La fe, la esperanza y la caridad establecen la comunión con Dios y con los hombres

El hombre debe creer en Dios, ha de confiar en Él y debe amarle sobre todas las cosas. La vida moral consiste en practicar esas tres virtudes cristianas fundamentales: la fe, la esperanza y la caridad. El estudio y la práctica de estas tres virtudes es el objeto del primer Mandamiento. Así lo enseña el Catecismo del Concilio de Trento: "El primero de los preceptos abarca la fe, la esperanza y la caridad. En efecto, quien dice Dios, dice un ser constante, inmutable, siempre él mismo, fiel, perfectamente justo. De ahí se sigue que nosotros debemos necesariamente aceptar sus Palabras y tener en Él una fe y una confianza completas. Él es todopoderoso, clemente, infinitamente inclinado a hacer el bien. ¿Quién podría no poner en él todas sus esperanzas? ¿Y quién podrá no amarlo contemplando todos los tesoros de bondad y de ternura que ha derrochado en nosotros? De ahí esa fórmula que Dios emplea en la Sagrada Escritura tanto al comienzo como al final de sus preceptos: "Yo soy el Señor" [2].

Cuando el hombre reconoce la gloria de Dios y le adora, entonces establece una comunicación íntima y directa con Dios: se trata de relaciones teologales. De aquí que esas tres virtudes se denominen "virtudes teologales". Asimismo, se llaman "virtudes infusas", dado que es Dios mismo quien las "infunde" al alma del cristiano en el Bautismo.

En efecto, el cristiano, al bautizarse, recibe una vida nueva, la vida de la gracia, que lo eleva al orden sobrenatural [3]. Entonces, adquiere un modo nuevo de creer en Dios. También se apoya y confía en Él con mayor confianza, hasta el punto que espera gozar plenamente de Él en la otra vida. Y le ama con amor indecible, de forma que quiere con amor nuevo, sobrenatural a Dios y los hombres por encima de todas las demás criaturas. Por el ejercicio de estas tres virtudes teologales, el hombre vive una vida sobrenatural, la cual es propia de la dignidad de hijo de Dios que recibió al bautizarse.
El cristiano que practica estas tres virtudes teologales, al tiempo que tiene unas relaciones especiales con Dios, también vive de un modo radicalmente nuevo su compromiso con los hombres, pues reconoce en ellos unos hermanos suyos, a los que se siente unido por la fe común que practican, por la esperanza que les une y sobre todo por el amor cristiano que les hace descubrir la fraternidad universal con los demás hombres, hijos todos del mismo Padre y por ello hermanos entre sí.

En consecuencia, la vida teologal –vida de fe, de esperanza y de caridad- del cristiano funda nuevas relaciones con Dios y origina un nuevo modo de convivencia humana. Las tres virtudes teologales crean una especial comunión de vida con Dios y con el prójimo.

Concepto teológico de la fe

Fe es la virtud teologal que nos permite aceptar las verdades reveladas, porque no fiamos de la palabra de Dios que nos las revela. "Creer es un acto del entendimiento que asiente a la verdad divina por imperio de la voluntad movida por Dios mediante la gracia" (CEC 155).

La fe es "creer lo que no vemos", es fiarse de Dios y asentir a las enseñanzas que Él nos hace. La fe es la virtud teologal que, mediante la gracia divina, permite al hombre escuchar la voz de Dios que le llama y responderle, aceptando su persona y asintiendo a su mensaje. Recibida la fe, el cristiano debe estar a la escucha de Dios y cumplir los designios divinos. Ello le obliga a los siguientes actos: 1º, responder a la palabra de Dios que le llama; 2º, creer todo lo que Dios le eneseña, 3º, conservar la fe recibida; 4º, ilustrarla para tratar de comprender lo que cree; 5º, defenderla y 6º, comunicarla. En resumen, en relación a la fe, el cristiano debe cumplir unos deberes y evitar ciertos pecados:

a) Deberes con la fe:

- Responder a la llamada de Dios .

La fe exige del que es llamado que responda asintiendo afirmativamente a la palabra de Dios. La fe tiene un aspecto dialógico: es el diálogo entre Dios y el hombre. Dios inicia el diálogo y el hombre responde. La respuesta del hombre es libre, Dios no se impone ni fuerza la libertad para responderle afirmativamente. Por eso la fe es un acto libre de la persona; pero, si el hombre no responde, tampoco es posible la fe, pues se rompe el diálogo que Dios ha iniciado con él.

- Creer todas las verdades que se encuentran en el Credo .

Se han de creer todas las verdades que se contienen en el Símbolo de la Fe. Por su parte, el Código de Derecho Canónico formula el siguiente criterio para catalogar las verdades cristianas:

"§ 1. Se ha de creer con fe divina y católica todo aquello que se contiene en la palabra de Dios escrita o transmitida por tradición, es decir, en el único depósito de la fe encomendado a la Iglesia, y que además es propuesto como revelado por Dios, ya sea por el magisterio solemne de la Iglesia, ya por su magisterio ordinario y universal, que se manifiesta en la común adhesión de los fieles bajo la guía del sagrado magisterio; por tanto, todos están obligados a evitar cualquier doctrina contraria.

§ 2. Asimismo se han de aceptar y retener firmemente todas y cada una de las cosas sobre la doctrina de la fe y las costumbres propuestas de modo definitivo por el magisterio de la Iglesia, a saber, aquellas que son necesarias para custodiar santamente y exponer fielmente el mismo depósito de la fe; se opone por tanto a la doctrina de la Iglesia católica quien rechaza dichas proposiciones que deben retenerse en modo definitivo" (CIC 750).

- Conservar la fe. El cristiano debe proteger la fe recibida; no puede exponerse a perderla, lo cual acontece, si no vela por ella, si descuida enriquecerla mediante la oración y la recepción de los sacramentos, si no se libera de aquellos obstáculos que la ponen en peligro, tales como el trato indiscriminado con incrédulos, la falta de práctica religiosa, el desarreglo en su vida moral, la lectura de obras que se oponen y combaten la fe, etc. Como enseña el Catecismo de la Iglesia Católica, "El primer mandamiento nos pide que alimentemos y guardemos con prudencia y vigilancia nuestra fe y que rechacemos todo lo que se opone a ella" (CEC 2088).

- Ilustrar la fe. El que ha recibido la fe debe esforzarse en entender lo que cree. El creyente desea comprender lo que Dios le ha revelado. La gracia de la fe abre "los ojos del corazón" (Ef 1,18) y con la ayuda del Espíritu Santo puede penetrar con más luz en las verdades reveladas, aunque permanezca oculta la riqueza insondable del misterio (cf. CEC 156-158). Los clásicos afirmaban: "la fe que no es pensada no es verdadera fe". En efecto, el hombre y la mujer, al creer, no pueden renunciar a su razón, de lo contrario caerían en la herejía del "fideísmo" [4]. También podrían acabar en un fundamentalismo o fanatismo religioso, el cual deriva de una fe no plenamente entendida. Asimismo, la fe no ilustrada termina en el sentimentalismo. Finalmente, quien no posea una ilustración adecuada de las verdades en las que cree y de las que vive, no es capaz de exponerla y defenderla, al mismo tiempo que se expone a perderla cuando le surjan dudas u otros le impugnen la fe que él profesa.

- Defender la fe. El creyente tiene la obligación no sólo de exponer la fe, sino también defenderla. Los derechos de Dios están confiados a sus seguidores, de forma que, cuando surge el error o la herejía, el creyente debe esforzarse en exponer correctamente las verdades cristianas y denunciar los errores que se susciten en su interpretación. La defensa de la fe se hace más urgente cuando aparecen movimientos ideológicos que la combaten. También cuando la profesión de la propia fe se ve amenazada porque algunos impiden que se viva como creyentes, libremente, en la convivencia social.

- Comunicar la fe. Dios se ha revelado a todos los hombres y quiere que "todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad" (1 Tim 2,4). Por ello, el cristiano no puede contentarse con creer e ilustrar su propia fe, ni siquiera con defenderla, sino que ha de comunicarla y anunciarla a los demás. Jesús, como despedida antes de su ascensión, hizo este encargo a los Apóstoles: "Id por todo el mundo y predicad el Evangelio a toda criatura. El que creyere y fuese bautizado, se salvará, mas el que no creyere, se condenará... Ellos se fueron, predicando por todas partes, cooperando con ellos el Señor y confirmando su palabra con las señales consiguientes" (Mc 16,15-20).

b) Pecados contra la fe

Cuando no se cumple alguna de esas obligaciones, el cristiano comete pecado. Tal como exige el cumplimiento del primer mandamiento, se puede pecar contra la fe de diversas maneras. Las más comunes son las siguientes:
- Duda. Es decir, cuando se admiten -libre y deliberadamente- algunas dudas contra la fe. La duda puede ser "voluntaria" e "involuntaria", según se acepte y se secunde o, por el contrario, sólo se vacile, pero esforzándose por salir de ella. Como es lógico, sólo es pecado la "duda voluntaria" (cf. CEC 2088).

- Incredulidad. Es el menosprecio de la verdad revelada. También se peca de incredulidad si no se presta el asentimiento debido a la revelación de Dios (cf. CEC 2089).

- Herejía. Hereje es quien profesa un error contra la fe, de modo pertinaz y después de ser advertido por la Jerarquía de que tal opinión es contraria a la fe revelada. Para ser hereje no basta, pues, defender un error contra la fe, sino que es preciso que desobedezca la advertencia de la jerarquía.

- Apostasía. Apóstata es el que abandona e impugna la fe que había profesado. El apóstata es un traidor a la fe practicada con anterioridad.

- Cisma: Es la separación de la Iglesia Católica y el rechazo de la autoridad y obediencia al Papa.

Todos estos errores se inician lentamente y se llega a pecar contra la fe al ritmo en que se deja de vivir desde la fe los diversos aspectos de la existencia. A este respecto, se ha de valorar la importancia de la práctica de la vida moral. Por ello, el remedio para evitar los pecados contra la fe es vivirla con coherencia y de acuerdo con las enseñanzas del Magisterio de la Iglesia.

Concepto teológico de la esperanza

"La esperanza es la virtud teologal por la que el cristiano tiene la expectativa de alcanzar la vida eterna".

La respuesta que hace el hombre a la llamada de Dios crea en él un gozo y una alegría inmensa, pero también le despierta una cierta inquietud, dado que la persona se siente incapaz de asumir las responsabilidades que acompañan a la fe en Dios. Y, al mismo tiempo que descubre sus propias insuficiencias, siente el temor de no ser fiel hasta la salvación última, por lo que teme incurrir en el castigo divino. En tal situación, la fe es fortalecida por la esperanza. Así se expresa el Catecismo de la Iglesia Católica: "Cuando Dios se revela y llama al hombre, éste no puede responder plenamente al amor divino por sus propias fuerzas. Debe esperar que Dios le dé la capacidad de devolverle el amor y de obrar conforme a los mandamientos de la caridad. La esperanza es aguardar confiadamente la bendición divina y la bienaventurada visión de Dios; es también el temor de ofender el amor de Dios y de provocar su castigo" (CEC 2090).

La esperanza se vive ante dos estadios: la vida presente y la futura. En el presente, mientras el cristiano está a la "espera", la esperanza confía en la ayuda de Dios que le asiste de continuo. Para el estadio futuro, el hombre confía en que, con la gracia divina, se salvará, alcanzando la eterna bienaventuranza del Cielo. Entonces la esperanza se transformará en posesión gozosa. Pero estos dos estadios no se contraponen, más bien se complementan, por ello, el buen hacer en este mundo nos prepara para desear los bienes futuros: "La esperanza no me separa de las cosas de esta tierra, sino que me acerca a esas realidades de un modo nuevo" [5].
El cristiano puede pecar de dos modos contra la esperanza: por defecto y por exceso, o sea por desesperación y por presunción. Peca por desesperación, cuando desconfía del poder y de la gracia de Dios para alcanzar la salvación eterna. Este pecado se opone a la bondad y al amor que Dios tiene a cada hombre.

La "desesperación" es también un pecado de injusticia, por cuanto se duda de la fidelidad de Dios que siempre cumple lo que promete.
El pecado por exceso se denomina presunción. Se puede caer en la "presunción" de dos formas: bien porque se espera alcanzar la salvación por las propias fuerzas, sin la ayuda de Dios; o cuando pretende salvarse sin poner los medios adecuados. El "presuntuoso" se fía sólo de la bondad de Dios, pero se mantiene alejado de Él y descuida la conversión de los propios pecados.
Las virtudes de la fe y de la esperanza, bíblica y teológicamente, son dos virtudes distintas, sin embargo tienen entre sí una gran afinidad y cercanía: quien tiene fe supone también la confianza en Dios y mantiene la esperanza de que alcanzará la vida eterna. Por su parte, la esperanza en Dios requiere la fe en Él, pues está seguro de que Dios siempre es fiel a su palabra y mantiene sus promesas. Por ello, la fe integra la esperanza y está supone la fe. Esta reciprocidad se descubre en el concepto bíblico de ambas virtudes. La simple etimología lo demuestra, pues en el Nuevo Testamento, "fe" se denomina "pístis" y a la esperanza se le designa con el término "elpís"; es decir, fe y esperanza tienen la misma raíz semántica: "pis". Esa raíz común manifiesta que ambas virtudes se complementan mutuamente. Así se ha de entender la expresión de san Pablo "Sé a quién creo" ( 2 Tim 1, 12), que también cabe traducir por "sé de quién me fío" o "sé en quién confío".

Concepto teológico de la virtud de la caridad

"La caridad es la virtud teologal por la que se ama a Dios, sumo bien y a los hombres por Dios".
A Dios y a los hombres se les debe amar no sólo porque Él lo manda, sino porque Dios es nuestro Padre y los hombres son hijos suyos, por lo que todos somos hermanos en Cristo. "El primer mandamiento nos ordena amar a Dios sobre todas las cosas y a las criaturas por Él y a causa de Él" (CEC 2093).

a) Significado de la virtud de la caridad

La "caridad" cristiana, siguiendo la terminología griega, cabe designarla con diversos vocablos. En esta lengua se dan tres términos para designar el amor. Los griegos distinguían entre "éros", "filía" y "agápe". Con el término "éros" se designaba el amor sensible, o sea todo amor que nos inclina hacia el bien apetecible a los sentidos. La palabra "filía" significaba el amor afectivo-sentimental; era el amor de amistad personal. Finalmente el "agápe" era la estima y la preferencia totalmente desinteresadas que podría existir entre las personas.

También en la lengua latina existía una pluralidad de nombres. Los más comunes eran "amor" (amor) y "caritas" (caridad). Pero también se usaban los términos "amicitia" (amistad) y "dilectio" (amor elegido).
Pues bien, el término griego "agápe" se tradujo por "caritas". Por ello, en latín perduró el término "caritas" para designar la virtud de la "caridad", y en la lengua griega se usó casi exclusivamente la palabra "agápe". La razón es que "agápe-caritas" significan el amor superior. Así, cuando se dice que "Dios es amor" se emplea el término "agápe-caritas". También cuando se menciona el amor del marido a la esposa y de ésta a su esposo, se habla de "agápe-caritas". Y con este mismo término –y las fórmulas verbales respectivas- se designa el amor de Dios a los hombres y el amor que el hombre debe amar a Dios.
En consecuencia, cabe definir la moral cristiana como la "moral del amor", y, cuando se trata hacer la síntesis de sus preceptos, se puede reducir a un solo precepto: amar, lo cual, a su vez, se desarrolla en dos direcciones: en el amor a Dios y en el amor al prójimo. El amor a Dios se estudia en el primer mandamiento y el amor al prójimo en el quinto.

Tal resumen es el que hizo Jesús en la respuesta al fariseo, tal como se dice al inicio de este capítulo. Por su parte, el Apóstol san Pablo afirma que la caridad "es el vínculo de la perfección" (Col 3,14) y resume todos los mandamientos en el amor: "Toda la ley se resume en este sólo precepto. Amarás a tu prójimo como a ti mismo" (Gál 5,14).

Es evidente que ambos amores: a Dios y al prójimo se incluyen mutuamente. San Agustín comenta: "El amor a Dios es el primero en la jerarquía del precepto, pero el amor al prójimo es el primero en el rango de la acción. Pues el que impuso este amor en dos preceptos no había de proponerte primero al prójimo y luego a Dios, sino al contrario" [6].

No obstante, el ejercicio de la caridad con el prójimo adquiere en todas las épocas una especial urgencia, dado que las necesidades de los hombres siempre demandan de Dios una esmerada atención. La Iglesia tiene a la vista las palabras de Jesús en el juicio final de la historia, cuando Él se hace presente en los hambrientos y sedientos, en los peregrinos, desplazados y transeúntes, en los desnudos, en los enfermos y en los encarcelados (Mt 25,31-46). Asimismo, todo cristiano ha de estar atento a estas palabras de san Juan: "El mensaje que habéis recibido es éste: que nos amemos unos a otros (...). Nosotros sabemos que hemos pasado de la muerte a la vida, porque amamos a nuestros hermanos (...). En esto conocemos el amor, en que él dio su vida por nosotros. Por eso también nosotros debemos dar la vida por nuestros hermanos. Si alguno posee bienes de este mundo y, viendo que su hermano padece necesidad, le cierra el corazón, ¿cómo puede permanecer en él el amor de Dios? Hijos, no amemos de palabra ni con la boca, sino con obras y de verdad" (1 Jn 3, 11-18).

Con el fin de alcanzar este objetivo y mantener constante la atención a las necesidades del prójimo, la Iglesia ha acuñado el principio de "opción o amor preferencial por los pobres" [7], si bien ha dejado constancia de que tal preferencia no puede ser "excluyente ni exclusiva" o "exclusiva ni discriminatoria" [8], con lo cual, al mismo tiempo que señala la urgencia de la atención a los pobres, rechaza todo tipo de lucha de clases.

Numerosos Documentos de Papas y de los Obispos denuncian de continuo las injusticias sociales. Es el amor cristiano el que urge que se remedien las graves e injustas desigualdades sociales. Siempre es actual el criterio señalado por san Juan para distinguir y aunar el amor a Dios y el amor al prójimo: "El que no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios a quien no ve. Y hemos recibido de él este mandamiento: quien ama a Dios, que ame también a su hermano" (1 Jn 4,20-21).

De las tres virtudes teologales, la más importante es la caridad. Así se expresa san Pablo: "Ahora perduran estas tres virtudes: la fe, la esperanza y la caridad; pero la mas excelente de ellas es la caridad" (1 Cor 13,13).

b) Pecados contra la caridad

Contra el amor a Dios (los pecados de caridad contra el prójimo se recogen en el quinto precepto) se puede pecar de diversas maneras. El Catecismo de la Iglesia Católica enumera los siguientes:

- Indiferencia, si se descuida o se rechaza el amor con Dios

- Ingratitud, cuando no se reconoce el amor que Dios tiene al hombre, o, aun reconocido, no se le devuelve ese mismo amor.

- Tibieza, cuando se trata con negligencia y descuido las cosas referentes a Dios: si se le trata sin el debido amor.

- Acedia, es la pereza espiritual que desecha el gozo que entraña la vida de entrega a Dios y más aún si se siente tristeza en seguirle.

- Odio a Dios. Se manifiesta en la maldición contra Dios. La razón última es el orgullo del hombre, y la ocasión suele ser el hecho de que Dios condene el pecado y lo castigue.

- Odio al prójimo. Bajo este enunciado se incluyen todos los pecados contra la caridad pues, si bien se estudian en el cuarto y quinto mandamientos, cabe enumerarlos en este capítulo, por cuanto la falta de caridad contra el prójimo, supone un agravio directo a Dios. En este apartado, se incluyen todos los pecados aunque no se llegue a odiar a las personas, como son la murmuración, la crítica y tantas otras faltas como acontecen cuando no se ama al prójimo, en cuanto es criatura e hijo de Dios.

- El pecado de escándalo. Un pecado especialmente grave contra el prójimo es el pecado de escándalo, que tantas amenazas ha recibido del Señor. "El escándalo constituye una falta grave cuando por acción u omisión se induce deliberadamente a otro a pecar" (CEC 2326). Las palabras de Jesucristo son muy severas, lo cual indica la gravedad de este pecado contra el prójimo (Mt 18, 8-9; Lc 17, 1-3).

Además de estos pecados contra el amor de Dios y los más genéricos contra el prójimo, cabe enumerar otra serie de pecados que se cometen cuando no se observan las exigencias morales que impone el primer mandamiento del Decálogo.

Notas

[1] San Agustín, Sermón 33, 2, 2. PL 38, 208.
[2] Concilio de Trento, Catecismo Romano 3, 2, 4.
[3] Junto con la gracia divina –gracia de Cristo-, el cristiano recibe también los dones y frutos del Espíritu Santo, que, como enseña el Catecismo de la Iglesia Católica , "son disposiciones permanentes que hacen al hombre dócil para seguir los impulsos del Espíritu Santo" (CEC 1830). La acción del Espíritu Santo en el hombre es muy importante para la vida moral, pues lleva a la perfección la práctica de las virtudes, cf. CEC, 1831-1832
[4] Fideísmo es el error de los que quieren retirar de la fe todo apoyo racional: "creen" sólo "porque sí", porque -dicen- se debe creer, pero sin pararse a razonar la verdades en las que creen.
[5] J. Escrivá de Balaguer, Amigos de Dios, Ed. Rialp. Madrid 1978, 305.
[6] San Agustín, Comentario al Evangelio de San Juan XVII, 8. PL 35, 1531.
[7] SRS 42.
[8] CA 57; LN 69.

Cfr. Moral Especial, Rialp, Madrid 2002, capítulo II.
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