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La musculatura intelectual

La musculatura intelectual
Hay que trabajar en utilizar bien nuestro pensamiento...


Por: Luis Olivera, periodísta | Fuente: Arvo Net






Hamlet, en el drama de Shakespeare, habla del problema actual, ya vigente entonces: “Seguramente, Aquel que nos ha creado con una inteligencia tan vasta (..) no nos dio tal facultad y la divina razón para que se enmoheciera en nosotros por falta de uso”. Pero esas herramientas hay que aprender a usarlas.


El hombre y la mujer somos “animales racionales”, y por eso somos capaces de pensar y de preguntarnos acerca del “por qué” de las cosas. Esa es la principal diferencia que existe entre el ser humano y los demás animales. Para eso hemos sido creados con un alma, donde están la inteligencia y la voluntad, con las que debemos regir y gobernar nuestra conducta. “Pensar, enseñar a pensar y aprender a pensar es la triple obligación de la inteligencia” (A. Llano). Se trata de una obligación moral, pues la razón es la facultad que Dios nos ha dado para descubrir el bien y dirigir toda nuestra conducta.

Hamlet, en el drama de Shakespeare, habla del problema actual, ya vigente entonces: “Seguramente, Aquel que nos ha creado con una inteligencia tan vasta (..) no nos dio tal facultad y la divina razón para que se enmoheciera en nosotros por falta de uso”. Pero esas herramientas hay que aprender a usarlas. Y, como nadie nace sabiendo utilizarlas –no nacemos con un manual de instrucciones--, hay que educar al hombre en el uso humano de ellas. De hecho, algunos pensadores actuales han definido la tarea de esta edad oscura como “la de aprender de nuevo a ser humanos” (G. Steiner).

Educar a cada persona, que no es algo, sino que es alguien. Qué acertado estuvo Kant al afirmar que la persona no es un medio, sino un fin en sí misma. El desarrollo total de la personalidad humana abarca tres dimensiones y otras tantas tareas educativas: del cuerpo, de la inteligencia y de la voluntad. No intento dar ningún consejo. Simplemente intento ayudar a aprender a pensar, a descubrir las hojas de higuera y, además, lo que se encubre tras ellas. Si bien hago mío el lema socrático/platónico: "Faltar a la verdad no es sólo cometer un error, sino hacer daño a las almas".

Cómo hay que enseñar a pensar, o a usar nuestra inteligencia con acierto. Además de ser racionales, los hombres, todos los hombres sienten por naturaleza hambre de conocimiento (Aristóteles). Ninguna de esas tres dimensiones se educa aisladamente. Porque la persona humana es una totalidad, en la que todo está armónicamente interrelacionado. Así, aunque se incida en alguno de sus aspectos constitutivos –en este caso la inteligencia--, sólo puede mejorar el hombre entero. Educar es ayudar a crecer como persona, es personalizar. Pero uno se puede preguntar: ¿Por qué habría de interesarme este tema? “Porque la inteligencia es nuestro gran recurso, nuestro gran riesgo y nuestra gran esperanza” (Marina). Ahí incluso podemos decidir lo que queremos aprender.

Y aprender a pensar es ser más persona. Es ser más hombre, sólo desde el punto de vista intelectual, porque eso es lo que nos distingue del resto de los animales. Somos más hombres cuanta más “musculatura intelectual” tenemos, que decía Vallejo-Nájera. Aunque, a veces, las cosas más sencillas son las más difíciles y las que más se olvidan. La misión de la inteligencia es conocer las cosas, a partir de los universales del ser: el bien, la belleza y la verdad. Son conceptos filosóficos abstractos que vemos reflejados en todos los seres: tanto materiales como espirituales (hombres y mujeres).

“El hombre no es más que una caña, la más débil de la Naturaleza; pero es una Caña pensante. No es en el espacio donde debo buscar mi dignidad, sino en la organización de mi pensamiento. Yo no tendría ninguna ventaja en poseer propiedades y haciendas. A través del espacio, el universo me comprende y me devora como un punto; pero mediante el pensamiento yo puedo comprenderlo. Toda nuestra dignidad consiste, por lo tanto, en pensar. Sólo desde allí el hombre puede superar las coordenadas de espacio y tiempo, que nunca podríamos llenar. Entonces, vamos a trabajar en utilizar bien nuestro pensamiento. Ese es el principio de la moralidad” (Pascal). El hombre es un diálogo interior.

El propio dramaturgo inglés, W. Shakespeare, pone en boca de Hamlet estas otras palabras: “¡Qué obra maestra es el hombre! ¡Cuán noble por su razón! (..) En sus acciones, ¡qué parecido a un ángel! En su inteligencia, ¡qué semejante a un Dios! ¡La maravilla del mundo! ¡El arquetipo del ser vivo!”. Con estas palabras, la poesía amplía nuestra mirada hasta más allá de lo visible. Y eso nos produce euforia. Pero, como decía Nietzsche, “hay que aprender a bailar sobre los propios hombros”. La filosofía realista nos abre los ojos para que sepamos descubrir esos trascendentales del ser (bien, verdad y belleza), que lo trascienden, y que se predican de cada individuo a manera de participación. Aprender a pensar es leer y descifrar el lenguaje de los hechos.

La educación tiene que buscar enseñarnos a no equivocarnos al conocer las cosas a través de nuestros siete sentidos, para que las decisiones que tomemos se adecuen a nuestra dignidad de animales racionales. Racionales porque pensemos las cosas antes de hacerlas. Hay que enseñar a tener el coraje de pensar libremente. Porque, como dice Innerarity, “la razón no puede dejar de dar razones”.

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