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Una Forma de Acedia: la Acedia Docente o Escolar

Una Forma de Acedia: la Acedia Docente o Escolar
La vida docente en colegios y en comunidad religiosa, no es menos ardua y exigente. Aunque los motivos sean otros, también la vida docente mortifica la carne, exige la renuncia de sí mismo y se presta, por eso, para engendrar acedia hacia la vida y las ac


Por: Horacio Bojorge | Fuente: En mi sed me dieron vinagre. La civilización de la acedia



Tras la primera edición de En mi Sed me dieron vinagre, lectores amables me han hecho llegar "muestras" de acedia, de las más diversas formas, recogidas en diversos terrenos de la vida eclesial de hoy. Sensibilizado para el tema, yo mismo he podido advertir su presencia y distinguir sus formas propias en situaciones matrimoniales, familiares, comunitarias, congregacionales, presbiterales, parroquiales... Se va dibujando así ante mis ojos una variada morfología de la acedia, de la que quiero compartir aquí un capítulo.

Intento presentar ahora la que llamaré acedia escolar, docente o colegial. Es una tentación propia de religiosos docentes. Me refiero a los que enseñan, por carisma congregacional, en colegios, escuelas y otras instituciones de enseñanza.

Como veremos en el capítulo 7º, la acedia nace de los apetitos de la carne mortificados por los del espíritu. Así la acedia monástica nace con motivo de los ayunos, el aislamiento, la soledad, el silencio y la renuncia de los consuelos de este mundo, propios de la vida monacal.

Pero la vida docente en colegios y en comunidad religiosa, no es menos ardua y exigente. Aunque los motivos sean otros, también la vida docente mortifica la carne, exige la renuncia de sí mismo y se presta, por eso, para engendrar acedia hacia la vida y las actividades propias de esa vocación.

Esos motivos de acedia escolar, algunos de los cuales voy a enumerar a continuación, han de ser superados cultivando la mística de la vocación docente, una fuerte espiritualidad y un encendido fervor apostólico-docente. Para ello uno ha de estar alerta acerca de los motivos y embates de la acedia y se ha de remotivar permanentemente en el carisma propio.

Si no se reconocen los casos individuales de acedia y si no se los trata a tiempo, la acedia escolar puede convertirse en epidemia y afectar a toda una congregación. Puede llegar a institucionalizarse y a racionalizar sus motivos, declarando irracionales los derroches y los sacrificios del amor docente.


- Motivos clásicos de la acedia escolar

Siempre ha sido tarea ardua enseñar en un colegio. No todos, ni en toda circunstancia, han sido capaces de vivir alegre y entusiastamente las renuncias que exige la disciplina escolar: la servidumbre escolar: el cepo de los horarios escolares durante todo un año lectivo; la fatiga escolar: que se acumula y se hace aplastante hacia fin de año; la claustrofobia escolar: la monotonía de las horas, días y semanas entre los muros del colegio, que pueden llegar a experimentarse como un horizonte estrecho y hasta como el encierro de una prisión; el esfuerzo escolar: las fatigas del aula; la preparación de clases y la corrección de los deberes y ejercicios de los alumnos; la formación pedagógica permanente que exige estudio y continua actualización de los conocimientos; la ascesis escolar: la abnegación necesaria para superar serenamente los problemas y conflictos de disciplina que se plantean incesantemente en el ámbito colegial; la neurosis escolar: la depresión o la sensación de sinsentido después del fin de cursos, cuando el colegio queda vacío...

Todos esos han sido siempre motivos de acedia escolar. En todos los tiempos hubo docentes amargados por alguno de semejantes motivos, y los recuerdan siempre sus alumnos.

- Más motivos, actuales, de acedia escolar

Pero en las circunstancias del mundo actual los motivos de la acedia escolar tienden a agudizarse y diversificarse. Diríamos que la acedia aggiorna sus motivos, amplía y diversifica su repertorio. A ello contribuyen muchos factores.

La disolución familiar multiplica los niños-problema. Éstos, que eran antes excepción, ahora son en algunos lugares tan numerosos que parecen ir rumbo a convertirse en desalentadora mayoría. Los nuevos "huérfanos de padres vivos", como los ha llamado Juan Pablo II en su Carta a las Familias, se hacen a veces tan difíciles de manejar como las tunas. Estos "abandónicos" (vulgo guachos, proverbialmente mal agradecidos) se cobran a menudo de la autoridad docente las deudas que sienten que les debe la autoridad paterno-materna; y con la característica injusticia y crueldad infantil, suelen desahogar en sus maestros los rencores que abrigan contra sus padres. Son las antípodas del alumno agradecido que hace tan gratificante el ejercicio de la vocación docente. Bastan unos poquitos, a veces uno, para arruinar con su inconducta la atmósfera del aula.

A esas actitudes hostiles, a los problemas de conducta con que se expresa esa hostilidad y a los consiguientes cortocircuitos disciplinares, se suma la creciente desmotivación infanto-juvenil para el aprendizaje. Algunos hablan de un ´derrumbe espectacular´ de los niveles tanto del interés por, como de la capacidad para aprender. Según me confiaba afligido un viejo maestro: "El rendimiento intelectual no ha dejado de descender por décadas y no se sabe cuándo tocará fondo".

Pero el desinterés de los jóvenes es particularmente doloroso para los religiosos cuando se lo encuentran, redoblado si es posible, en las clases de religión o catequesis; precisamente allí donde ellos aspirarían a comunicar a las nuevas generaciones los misterios que les son más entrañables y que constituyen los motivos últimos de su consagración religiosa. Cierta vez me llamaron a tomar las clases que había dejado una religiosa, la cual había entrado en crisis de fe debido a la indiferencia de sus alumnos de catequesis.

En este caldo cultural proliferan problemas aún más graves que los de disciplina en el aula, el deterioro del clima docente, el desinterés y el bajo rendimiento intelectual. Me refiero a las relaciones afectivas y emocionales prematuras, de las que fácil e insensiblemente se pasa a la disolución moral. Los "abandónicos" (insatisfechos-afectivos-crónicos), se convierten en esos adolescentes que vemos "arreglarse" precozmente, y que a falta del amor de sus mayores, buscan ávidamente el de sus semejantes. Cuanto mayor ha sido el abandono paterno-materno más precoz parece ser el desquite afectivo que se procuran estos casi preadolescentes, con la captación de una parejita. Dentro de ese contexto tienen lugar las relaciones sexuales prematuras y los igualmente prematuros y catastróficos embarazos precoces.

Junto con la insatisfacción afectiva, entra también el sinsentido en el corazón de los jóvenes y los arrastra en forma creciente a la droga y en ocasiones también al suicidio.

¿Puede imaginarse el ambiente de un aula donde, a la distracción crónica que introduce la preparación del viaje de fin de año, se suma el bombazo de una compañera embarazada por un compañero, o el escándalo de ribetes policiales que provoca un condiscípulo cuando se descubre que se drogaba y pasaba droga? ¿Qué paz tienen esos corazones adolescentes para interesarse por las materias curriculares?

Evidentemente, estamos en otros tiempos. En la institución escolar de nuestros días se plantean, debido a estos nuevos hechos, situaciones para las que nadie estaba preparado. Ni a nivel de la misma institución colegial, ni muy a menudo a nivel de las instancias de conducción o gobierno escolar: civiles y/o congregacionales. Se genera así una incómoda y frustrante sensación de impreparación o incapacidad ante situaciones que parecen desbordar a todos. Una ola contracultural parece arrasar todos los diques escolares y ponerlos en evidencia como insuficientes, ineptos y anticuados. ¿Para qué seguir gastando el tiempo y la vida en esta tarea frustrante y en apariencia cada vez más ineficaz e inútil?

Los problemas que venimos enumerando son potencialmente aún más conflictivos porque, habiéndose resquebrajado la unanimidad de los juicios, no sólo morales sino también psico-pedagógicos, las medidas que toman ante ellos las autoridades del colegio pueden y suelen ser criticadas y condenadas por los padres, por docentes, y a veces, ni siquiera gozan de la unánime conformidad de la comunidad religiosa. La demagogia de muchos docentes los impulsa a condescender y a ceder sin límites ante los desbordes juveniles y los jaques culturales. Eso no facilita las cosas a los pocos que sienten que deben resistir y mantener ciertas exigencias aún a costa de ser impopulares. ¿Habrá que seguir luchando con molinos de viento?

Las cosas se complican aún más, cuando, en ocasión de los flirteos con la marihuana o de la drogadicción de algunos alumnos, se entra en terrenos donde se puede incurrir en delito o en riesgoso contacto con la corrupción de autoridades o funcionarios policiales y hasta judiciales. ¿Qué hacer con esos forasteros que rondan las puertas del colegio pasando droga y de los que se desentiende todo el mundo, hasta la policía?

Súmense los conflictos con padres que transfieren al colegio la culpa por la educación que no supieron dar ellos mismos a sus hijos. También de parte de estos padres "abandonadores", le llegan al docente reproches en vez de agradecimientos.

Dentro del mismo cuerpo docente no faltan los conflictos y motivos de acedia. Los religiosos están en una delicada situación de colegas con sus codocentes laicos. En el colegio repercuten las medidas de paros sindicales, que exigen cada vez negociaciones y acuerdos. Suele haber también situaciones difíciles en ocasión de despedir docentes, de redistribuir horas dejadas por un docente que se retira, de incorporar a alguien nuevo en su lugar, de nombrar o ascender personal a cargos de dirección.

Por si todo esto fuera poco, ha venido a sumarse la creciente complejidad de la legislación y reglamentación escolar. La responsabilidad legal y hasta penal que puede derivar de accidentes ocurridos dentro de la escuela, hace que aún incidentes nimios hayan de ser tratados cautelarmente como graves.

La Ley Federal de Educación ha significado en la Argentina un jaque a todos los niveles: desde el edilicio, pasando por el ingente papeleo burocrático, hasta la sobrecarga que exige el estudio de los mismos y/o la asistencia a los cursos de capacitación o reciclaje. Esta nueva Ley ha trasmitido algunos metamensajes negativos, aptos para sembrar desánimo entre docentes y directivos. Uno de ellos es la implícita evaluación negativa de todo lo que se sabía y trasmitía durante años. Otro, la obsolescencia e inutilización por vía legal, de la capacitación de algunos docentes. En algunos de ellos, especialmente los más antiguos, al desánimo por tener que reemprender a su edad un reciclaje profesional exigente, se suma el hecho de que ven amenazadas sus fuentes de ingresos para la supervivencia familiar, a la que ya estaban atendiendo con una máxima carga horaria.

Otra fuente de preocupación: en algunas provincias las autoridades recortan, retacean, mezquinan o retrasan los pagos de aportes del gobierno. O los vinculan a tales condiciones que de hecho lesionan el principio de libertad de enseñanza. Se practica una cierta extorsión administrativa sobre la enseñanza eclesial. Estas vejaciones económicas agregan un factor más de preocupación administrativa a los religiosos, a la vez que de irritación a su personal docente laico - por más fiel y adicto que sea a la institución escolar - cuando ve retrasado el pago de sus haberes. También estos malestares refluyen sobre el ánimo de los religiosos.

A veces, los cambios de legislación y reglamentaciones, se convierten en un verdadero jaqueo legislativo que mantiene continuamente en vilo a los responsables y obliga a movilizaciones desgastantes y fatigosas a la larga. Desde el Congreso sobre la Educación parecería que no ha cesado ese jaque educativo en la Argentina.

- El frente interno

Por fin, aunque no sea lo menos importante, están los motivos comunitarios y congregacionales que preocupan o entristecen. En los colegios o comunidades docentes el número de religiosas/os que componen la comunidad, lejos de crecer va disminuyendo, a veces drásticamente; donde amenaza seguir disminuyendo a falta de relevos en el horizonte, la sobrecarga de trabajo llega a ser agobiante y esa falta de perspectiva de relevos desmoraliza y causa desesperanza. Cada vez más tareas y problemas recaen sobre las espaldas de cada vez menos hermanas. La fatiga de las hermanas que llevan el peso de los colegios se agrava en el caso de hermanas jóvenes que, además de una carga horaria docente respetable, están realizando paralelamente cursos de capacitación; o en el de hermanas directoras ocupadas en cursos de reciclaje para adaptarse a la nueva Ley y en la presentación de proyectos educativos que van y vuelven con observaciones y nuevas exigencias.

Pongamos por fin las dificultades para cultivar el espíritu y la mística de la propia vocación. No es fácil encontrar directores espirituales o confesores ni animadores espirituales en localidades pequeñas y alejadas; ni el tiempo para nutrirse con buenas lecturas que alimenten luego la oración. Esto despierta en los religiosos más responsables y celosos por su vida de piedad, sentimientos de culpa por el déficit en los ejercicios espirituales; la sensación de propia imperfección y la insatisfacción consigo mismo al no lograr superar los propios problemas espirituales y aún morales. Al frente de lucha de los motivos exteriores se suma este otro frente interior de motivos de acedia, que impiden o destruyen la consolación y el gozo de la caridad. En estas situaciones prolifera fácilmente la desesperanza, la tibieza real o sentida, la instalación en estados permanentes de desolación que son potencialmente destructores y peligrosos para la vocación de las más jóvenes y para la alegría en su vocación de las mayores.

Sobre estas situaciones se instala fácilmente la acedia, la tristeza en vez del gozo por su vocación y su tarea docente.

Comentarios al autor:

Horacio Bojorge S.J.
bojorgeh@gmail.com
http://www.horaciobojorge.org
http://es.catholic.net/hbojorge










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