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Aprender La Tarea De Educador
Aprender La Tarea De Educador
educar implica compromiso a tiempo y destiempo...
Fuente: www.clubdomingosavio.cl
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1. ¿PUEDE REPETIR, POR FAVOR?
SITUACION
Una clase cualquiera de una escuela cualquiera de una ciudad cualquiera con un profesor «cualquiera» y con un alumno con nombre propio, apellido propio y una historia propia. Los demás datos de ambientación los puede poner muy bien el lector, sobre todo si, como espero, al leer lo que sigue, se da cuenta de que todo es muy real...
ALUMNA: Un momento, un momento..., ¿puede repetir, por favor?
PROFESOR: (Cortés, amable, irónico...). Todo lo que usted quiera, señorita.
TODOS: (Sonrisa general).
PROFESOR: (Continúa explicando a la misma velocidad y ritmo que antes).
ALUMNA: (Silencio. Ha comprendido todo. Copia lo que puede y se hace sus reflexiones interiores).
Los profesores no pueden repetir. Es molesto. A los profesores les ha costado hacer sus síntesis, pero ahora, cuando ya la tienen hecha, los demás tienen que ir a su paso. La escuela es para acomodarse al paso del profesor... y si no te acomodas, peor para ti: te suspendo, te suspenden, te dan más tiempo... tomado de vacaciones para que te acomodes.
Ir al paso del otro. ¿Quién tiene que ir al paso de quién? Como siempre... hay que ir al paso del «más grande», del que tiene «más poder», del que «más sabe». ¿Cuándo haremos un lugar donde los pequeños, los pobres, los que no saben tanto como los profesores... tengan realmente derechos adquiridos? Ya sé que «allá arriba» tienen un sitio preparado con predilección, pero ¿no podríamos comenzar aquí abajo también a «repetir» para el que va a otro ritmo. . . ? ¿No podríamos cambiar de velocidad ante la pregunta de un alumno que dice: «un momento... » ?
Qué fácil es decir: «No estoy aquí para dictar cosas como si fueran ustedes unos niños de básica». O «ya son mayorcitos para que escriban más deprisa...». Es verdad. Usted no está ahí para dictar y el otro o la otra ya son mayorcitos. Pero lo más importante, señor profesor, no es que copien sus apuntes (aunque reconozco que son muy buenos), sino que aprendan a vivir también cuando usted explica sus apuntes. Los apuntes tienen un destino seguro: la papelera. La vida tiene también su destino: el futuro. Explique para un futuro más humano «repitiendo por favor», o «cambiando de velocidad», por favor.
2. LA HISTORIA DEL OTRO ES LO
IMPORTANTE
SITUACIÓN
El padre de Laura acaba de morir de cáncer. Laura, como toda la familia, pasa unos momentos malos. Ha perdido ganas de vivir y de estar delante de los demás. Por momentos piensa que no tiene sentido vivir. Sobre todo le parece durísimo el trabajo en clase. ¿Qué vale todo eso cuando de golpe la muerte se lleva a su padre...? Sus estudios y su comportamiento escolar han bajado mucho. En esta situación Laura es interpelada en público por la profesora.
PROFESORA: Laura.
LAURA: (Se levanta y va hacia la profesora).
PROFESORA: Sepa usted que no me extraña que su padre haya muerto. Lo habrá matado a disgustos.
LAURA: (No responde. Toma la puerta y sale dando un gran portazo).
* * *
SITUACION
Pilar saca muy malas notas. No obstante en la última evaluación ha hecho un gran esfuerzo. En vez de sacar un «dos» ha llegado al «cuatro y medio». Pilar está en 1º de BUP. Al final de la evaluación la profesora comenta en clase.
PROFESORA: Parece que te has esforzado un poco, pero todas sabemos que muy lista no eres...
PILAR: (No puede responder. No tiene nada que responder...).
Estas cosas pasan en este mundo. Y pasan muchas más. Que nadie se asuste ni se sienta juzgado. Simplemente se trata de escuchar en alto esas cosas que pasan por lo bajo, cuando el adulto no se siente visto ni juzgado por otro adulto, cuando el adulto se siente «rey o señor» delante de muchos inferiores.
La historia del otro es lo importante... Detrás de cada comportamiento no es que no exista nada. No es que no haya nada. Detrás de cada comportamiento hay las razones de una historia personal. Y eso se nos escapa tantas veces... y nos sentimos «señores» de las vidas no conocidas de los demás. ¡Tan sensibles a que nos comprendan... tan poco sensibles a comprender la historia entera de los otros!
3. POR FAVOR
SITUACION
El escenario lo podemos situar en el portal de un edificio cualquiera. Se juntan en el ascensor un adulto y un niño de unos nueve años. Dentro se ve un letrero que dice: «Prohibido subir solos menores de catorce años».
NIÑO: ¿Me subes al 7º?
ADULTO: (Lo mira)... Por favor.
NIÑO: (Insiste). Que si me subes al 7º.
ADULTO: ¿Es que en casa no te han enseñado a decir «por favor»?
NIÑO: (Muy bajito y mirando al suelo). Por favor...
(Suben en silencio. El niño sigue mirando at suelo. Llegan. El niño abre la puerta y sale del ascensor sin decir ni palabra. El adulto lo sigue con la mirada y pone cara de asombro y de incomprensión. Después sigue su camino.)
¿Cómo juzgar un hecho como éste? ¿Es posible ponerse de parte de alguno de los dos personajes del diálogo sin caer en arbitrariedades? ¿A quién dar la razón: a la espontaneidad, a las normas sociales...?
Como tantas otras veces, los niños son el parachoques de otras mentalidades. Aquí no están presentes los otros adultos que le enseñaron (o no le enseñaron) las normas elementales de urbanidad... Pero quien tiene que bajar la cabeza y callar ante el otro que le exige unos determinados modales es el niño.
Es cierto que hoy, entre los adultos, no todos dan la misma importancia a las costumbres sociales. También en esto somos pluralistas... a lo mejor por desgracia. Pero... ¿y si enseñáramos sonriendo y haciendo sonreír al otro? ¿Por qué enseñar o aprender tiene que ser una humillación del que está en inferioridad de condiciones? ¿Por qué aprender tiene que ser humillarse y quedarse sin palabra ante quien posee todo el saber del mundo...?
Yo recuerdo sobre todo aquello que aprendí sonriendo... Y a los profesores y adultos que tenían la rara virtud de mostrar las cosas con alegría, dándome ganas de vivir y de expresarme. Todavía hoy me siento mal al recordar o encontrarme con quienes no me dieron o me quitaron la palabra para que aprendiera sus palabras y sus costumbres...
4. EL ADULTO COMO NORMA, ¿ES LO NORMAL?
SITUACION
Domingo en los alrededores de una iglesia. La gente va llegando para la misa de 11,30. Diálogo de una familia con sus dos hijos, de unos nueve y once años más o menos.
NIÑA: Ufff... ¡tener que ir a misa ahora con lo aburrido que es!
MADRE: Mujer, ¿es tan difícil rezar un poco una vez a la semana?
PADRE: Sabes que no son más que treinta minutos.
NIÑA: Sí, decís eso, pero dura más y me aburro. No quiero ir. (Hace ademán de marcharse hacia la plaza.)
PADRE: Mira, niña, cuando seas mayor harás lo que te guste. Ahora todavía haces lo que quiere tu padre. (Siguen todos camino de la iglesia, en silencio; la niña con la cabeza inclinada hacia el suelo. Su hermano, de unos once años, la mira y se pone a su lado. Entran en la iglesia así.
Yo lo vi y me quedé pensando un rato. De golpe
me vinieron a la mente tantas cosas, tantas situaciones. Me pareció que los adultos, cuando no tenemos razones, sólo sabemos hacer una cosa: imponernos. Porque para imponernos, aunque no tengamos razón, tenemos poder. Lo cierto es que la imposición es un camino corto. Zanja todo--aparentemente--en un instante. Pero no da razones y deja en el ambiente un silencio helado. Quizás sea la mejor manera de enseñar a los niños y a los adolescentes a hacer lo que «les dé la gana cuando sean mayores». Como si ser mayor fuera eso...
¿Será posible que confundamos el camino hacia la libertad y hacia la verdad que es la madurez con un simple «ser mayor = hacer lo que te dé la gana»? En educación no hay caminos cortos. Todos son largos. A veces pesados y duros. Pero merece la pena dar razones al hombre para que le entre el gusto de serlo en toda verdad. Por ejemplo, ¿no te das cuenta que el problema no es la «misa», sino que se aburre en la misa? ¿Por qué no solucionar ese problema sin necesidad de «imponer»? A lo mejor estamos más preparados para imponernos que para dar verdaderas respuestas. .
5. PROFUNDIDAD IMPENSADA: EL MISTERIO DEL NIÑO
SITUACION
Susana, estudiante de medicina, y un nino, José, que ella describe como tímido y no muy inteligente. De hecho recibe «clases particulares». En una de esas clases particulares ocurre esto:
JOSÉ: Oye, Susana, ¿es verdad que Dios está en todas partes?
SUSANA: Sí, claro, es verdad.
JOSÉ: O sea, ¿que también está aquí, en este cuarto con nosotros?
SUSANA: Sí, claro, ¿por qué no iba a estar con nosotros?
JOSÉ: Porque ni tú ni yo le podemos ver... ¿O es que tú le puedes ver?
SUSANA: No, José Carlos, pero aunque no le veo, lo siento.
JOSÉ: ¿Y cómo se siente? Yo también quiero sentirlo.
SUSANA: (Cada vez me era más difícil contestar a sus preguntas. Nunca había imaginado que José Carlos tuviera esa facitidad mental).
¡Quién no tiene la experiencia de haber sido reducido al silencio por un niño...! Lo que no son capaces de hacer los adultos con los adultos lo hacen tan sencillamente los niños... Nos arrinconan donde se nos acaban todos los argumentos y ¡nos dejan en silencio! Algo así como una nueva historia de David y Goliat.
A lo mejor nos arrinconan porque tenemos demasiados argumentos y tenemos pocos ojos y poco corazón para responder sin tantos argumentos. ¿Si el problema fuera que tenemos demasiados argumentos...? ¿Si con los niños habláramos más un poco a corazón abierto, sin máscaras, sin silogismos: sólo con el chorro de vida que llevamos dentro? Porque dejarnos sin argumentos es desvelar que vivimos de hecho muchas veces sin argumentos, sin raíces. Pero lo tapamos con otras cosas o con otras ciencias. Pero llega un niño y nos descubre que los hombres hechos y derechos, los adultos, tampoco tienen argumentos... ¿Tiene que haber un argumento para todo, «de esos que se hacen en la escuela»? ¿No habrá «otros argumentos» diferentes, esos que puedan entender también los niños? Yo, sinceramente, creo que sí.
6. LA CARA DE LOS EDUCADORES QUE NO CONOCEMOS
SITUACION
Gran ciudad. Un grupo de chicos suben al «bus» con la profesora. Son preadolescentes. Es un momento punta. Entran con gran vitalidad, algunos empujones y mucha alegría.
ANCIANA: ¡Que te estes quieto! Acabo de salir del hospital. Me vais a matar con estos empujones. No tenéis respeto a nadie.
GRUPO: (Momento de silencio. Se paran un instante. Pronto vuelven y se contagian más que antes).
ANCIANA: (Busca apoyo en los demás adultos. Todos hacen un gesto con la cabeza, pero no dicen nada). Sí, tú, sinverguenza. Tú eres el peor de todos. Ahora en la escuela a lo único que os enseñan es a ser delincuentes. No sé dónde estarán vuestros profesores.
GRUPO: (No hace el más mínimo caso).
PROFESORA: (Estaba al fondo. Ha visto que pasa algo. Se aproxima. No dice nada. Comienza a hablar con los que más jaleo hacen. No reprende. Habla de lo que van a hacer. Todo se calma. Los chicos y chicas la rodean y hablan con ella. Es la paz y no pasa más).
Algunos lo piensan: la culpa es de los profesores. Hoy los profesores son los "maestros de la delincuencia"... ¿Y si fuéramos un poco más despacio en juicios así de graves...?
Hay palabras y modos que los preadolescentes y jóvenes no entienden y no escuchan. Y hay palabras que les llenan de paz y les interesan y les agrupan para el futuro. Hay adultos que dan esperanza y adultos que ellos son foco de que el fuego se prenda más.
Saber estar presente para escuchar y saber estar presente sin condenar es más positivo que una presencia que lo único que hace es condenar. Condenando a lo mejor se hace la paz por un poco de tiempo. Pero vendrá de nuevo el jaleo. Sólo comprendiendo es posible esperar que no pase nada, que haya paz. Aquella profesora nos había dado a todos la lección de una presencia que educa sin recurrir a la violencia. Fue sólo un gesto. Supongo que es como la muestra de lo que es una vida dedicada a la educación.
7. VIOLENCIA EN LA EDUCACIÓN
SITUACION
Una clase cualquier de literatura en un colegio de cualquier ciudad. Los chicos son de COU. (Los alumnos se están pasando de uno a otro una revista un tanto pornográfica mientras el profesor explica. El profesor se va dando cuenta que algo ocurre en la clase. El chico que la tiene se la pasa al compañero. Y en ese momento el profesor se la pide.)
PROFESOR: ¿Qué haces con eso?
CHICO: ... me la acaban de pasar, yo no he visto nada.
PROFESOR: (La observa y comenta en alto después). No es de extrañar: de un padre que sólo lee el «Marca», ¿qué hijos se van a esperar?
Sí, señor profesor, usted tiene que corregir a sus alumnos según su conciencia. Yo no le quiero decir que tiene que aplaudir el que sus alumnos, mientras usted explica, estén pasando una revista «porno». Usted hace muy bien en corregir a sus alumnos. Es, entre otros, uno de sus deberes.
Pero yo sí le quiero decir una cosa: hay maneras y maneras de corregir, de educar. Y una manera que no dice nada positivo de usted es que utilice la «violencia». Porque usted ha utilizado una manera de corregir que provoca violencia en el alumno. Porque usted no tiene derecho a «meterse» con su familia. Esto no sé si le quitará las ganas de «pasar revistas atrevidas durante la explicación» al alumno; lo que sé es que ha provocado en él un sentimiento de amargura y de violencia cuando usted ha hecho referencia a su padre. Tanto si conoce la situación y es verdad su argumento, como si no la reconoce, usted tiene que educar sin producir violencia en el alumno. Hay demasiada violencia oculta en las formas que empleamos para educar. No hablo de violencia física; hablo de esa violencia más refinada que hiere en el fondo del corazón y crea violencia y enfrentamiento. El primer trabajo y educación a la paz comienza en los métodos y formas pacificadoras que la escuela pone en funcionamiento.
Señor profesor, no enmudezca delante de los alumnos. Tiene el papel de hablar y «sacar la verdad», pero, por favor, eduque sin provocar violencia. Todos nos querremos más y la paz será posible más fácilmente.
8. EDUCADOR EN TIEMPO DE CRISIS E INDIFERENCIA
Diálogo de una profesora con todo un curso de formación profesional. Quiere ser un diálogo para «poder hacer algo y salir de la inactividad» en que el curso se encuentra.
PROFESORA: Bueno, entonces, ¿qué queréis? GRUPO: (Silencio. Se miran unas a otras). PROFESORA: ¿Cómo hay que interpretar este silencio? GRUPO: (Silencio).
PROFESORA: No tengo por ahora más que decir. GRUPO: (Silencio).
A lo mejor alguno piensa que me he inventado yo este «diálogo» -- valga la expresión-- transcrito más arriba. Pero puedo dar las coordenadas de la profesora y del colegio.
Ser profesor con unos adolescentes y jóvenes que no reaccionan con nada, ésa es la tarea actual de muchos profesores. Su patria es el indiferentismo. Todo es igual, al menos todo lo que les ofrecemos en la escuela. Ya sé que fuera no todo es igual. Fuera beben y comen «todo» lo que les produce indiferencia, es decir, todo lo que les vacía y les deja sin horizonte, sumidos en el presentismo del momento, sin ilusión y sin ideales. De esta juventud, no de otra, al menos muchos adultos tienen que ser los «maestros».
A estos maestros, que por dentro sufren inmensamente, porque tienen el silencio y la indiferencia como respuesta, les quería decir desde aquí que sigan creyendo en las personas, en los alumnos. Que no les den por desahuciados cuando escuchen su repetido y prolongado silencio. En tiempo de crisis y de indiferencia tenemos que seguir creyendo en el poder de la palabra y en la posibilidad de la palabra intercambiada para que el otro sea el hombre que está llamado a ser. Al profesor hoy, en muchas ocasiones, se le pide una actitud de fe como Abraham si quiere tratar a los hombres y no manejarlos. Creer y dar signos de que no se ha perdido la confianza en ellos, a pesar de su silencio, es imprescindible. No podemos decir que creemos en los jóvenes y comportarnos como si no creyéramos en ellos. El primer signo que se nos pide es este permanecer creyendo en el tiempo.
9. DAR IMPORTANCIA AL OTRO
SITUACION
Entrevista con un compañero que ahora ocupa un cargo de director.
PAREJA: Queríamos ver al director del colegio.
PORTERO: Está ocupado. Si podéis esperar cinco minutos... y ya os recibe.
PAREJA: De acuerdo.
(Pasan quince minutos.)
DIRECTOR: Hola, ¿qué tal? Os he hecho esperar un poco.
(Comienza la entrevista. A los dos minutos suena el teléfono. Otro quiere ver al director.)
DIRECTOR: Estoy nervioso, no quiero hacer esperar al hermano de... No sé lo que querrá. Yo creí que queríais algo más importante. Perdonadme, pero os tengo que dejar.
(La entrevista ha durado cuatro minutos y medio.)
Los hombres de «cargo» yo ya no sé si son hombres o son cargos... Da la impresión de que no tienen tiempo de ser hombres y menos de ser amigos y aún menos de escuchar los sentimientos de los otros hombres. Da la impresión que lo suyo es sólo resolver grandes problemas. Los pequeños problemas no tienen sitio en su agenda.
No sé si algún hombre o mujer de «cargo» me leerá, porque a lo mejor no tienen tiempo para las cosas sencillas, sólo tienen tiempo para las cosas urgentes (observe el lector que no digo «importantes»). A lo mejor urgente es atender a todos; pero importante es que el que está contigo en este momento se sienta valorizado, se sienta importante, se sienta escuchado.
Me han impresionado esos hombres que cuando están contigo no tienen nada más importante y nada más que hacer que eso: estar contigo, escucharte... Y también me pasa que los hombres que me hacen esperar quince minutos, en vez de cinco, y, además, me dicen que el que llama es más importante que yo y él no puede esperar y yo sí.... con estos hombres yo tengo poco que hacer. Al no sentirme valorizado me basta con unas relaciones educadas, que es una de las maneras de no relacionarse en profundidad.
Me he atrevido a escribir esto porque este funcionamiento es demasiado frecuente entre profesores y alumnos. El alumno «tiene que esperar» porque otros son mucho más importantes que él y pasan delante.
Por eso el alumno «pasa» también de tantos profesores.
10. OYE, ESCUCHA...
--«Oye, escucha, te voy a decir una cosa...»
(Larga apología de la propia verdad.)
--Silencio.
Tiempo de vacaciones. Oportunidad de encuentro con muchos, y de largas conversaciones en las que todos los temas están permitidos. Fue justamente en una tarde de agosto, el día 24, cuando caí en la cuenta de una frase que se repetía a mi alrededor una y otra vez. Pero ese día descubrí algo nuevo: detrás de una frase como «oye, escucha, te voy a decir una cosa», lo único que la gente me decía era que las cosas no podían ser más que de la manera que ellos las veían. «Escucha, te voy a decir una cosa» se convirtió para mí en clave para percibir las ganas que hay en las personas de zanjar las cosas por la vía rápida.
En estos artículos he utilizado diálogos breves de los que yo he sido testigo o que amigos míos me han proporcionado en su experiencia de prácticas en los colegios. Alguno me ha escrito: «Te leo con suspense. No sé por dónde vas a salir, pero siempre me descubres algo que no quiero mirar». Ahora quiero decir una cosa sencilla: «Ser maestros de la verdad». Yo sé que hay maestros por vocación y los hay por profesión y los hay porque no queda más remedio en estos tiempos (y, supongo que en otros también). Los maestros tenéis que enseñar a todas las personas a descubrir ese «mal maestro» que cada uno quiere ser. Todos nos queremos hacer una pequeña cátedra, sea donde sea, para «enseñar» la verdad. Los que no tienen tarima donde subirse se hacen una de palabras: «Te voy a decir una cosa», es decir, «te quiero imponer una visión de la realidad, la mía». Como si fueran tan fáciles las cosas... Como si la verdad estuviera tan alineada en nuestra orilla...
Hoy me quedo escuchando, esperando encontrar los maestros que me ayuden a hacer juntos la verdad y que sepan mostrarme cada día que tienen paciencia para estar conmigo aceptando mi verdad y su verdad, mi error y su error.
SITUACION
Una clase cualquiera de una escuela cualquiera de una ciudad cualquiera con un profesor «cualquiera» y con un alumno con nombre propio, apellido propio y una historia propia. Los demás datos de ambientación los puede poner muy bien el lector, sobre todo si, como espero, al leer lo que sigue, se da cuenta de que todo es muy real...
ALUMNA: Un momento, un momento..., ¿puede repetir, por favor?
PROFESOR: (Cortés, amable, irónico...). Todo lo que usted quiera, señorita.
TODOS: (Sonrisa general).
PROFESOR: (Continúa explicando a la misma velocidad y ritmo que antes).
ALUMNA: (Silencio. Ha comprendido todo. Copia lo que puede y se hace sus reflexiones interiores).
Los profesores no pueden repetir. Es molesto. A los profesores les ha costado hacer sus síntesis, pero ahora, cuando ya la tienen hecha, los demás tienen que ir a su paso. La escuela es para acomodarse al paso del profesor... y si no te acomodas, peor para ti: te suspendo, te suspenden, te dan más tiempo... tomado de vacaciones para que te acomodes.
Ir al paso del otro. ¿Quién tiene que ir al paso de quién? Como siempre... hay que ir al paso del «más grande», del que tiene «más poder», del que «más sabe». ¿Cuándo haremos un lugar donde los pequeños, los pobres, los que no saben tanto como los profesores... tengan realmente derechos adquiridos? Ya sé que «allá arriba» tienen un sitio preparado con predilección, pero ¿no podríamos comenzar aquí abajo también a «repetir» para el que va a otro ritmo. . . ? ¿No podríamos cambiar de velocidad ante la pregunta de un alumno que dice: «un momento... » ?
Qué fácil es decir: «No estoy aquí para dictar cosas como si fueran ustedes unos niños de básica». O «ya son mayorcitos para que escriban más deprisa...». Es verdad. Usted no está ahí para dictar y el otro o la otra ya son mayorcitos. Pero lo más importante, señor profesor, no es que copien sus apuntes (aunque reconozco que son muy buenos), sino que aprendan a vivir también cuando usted explica sus apuntes. Los apuntes tienen un destino seguro: la papelera. La vida tiene también su destino: el futuro. Explique para un futuro más humano «repitiendo por favor», o «cambiando de velocidad», por favor.
2. LA HISTORIA DEL OTRO ES LO
IMPORTANTE
SITUACIÓN
El padre de Laura acaba de morir de cáncer. Laura, como toda la familia, pasa unos momentos malos. Ha perdido ganas de vivir y de estar delante de los demás. Por momentos piensa que no tiene sentido vivir. Sobre todo le parece durísimo el trabajo en clase. ¿Qué vale todo eso cuando de golpe la muerte se lleva a su padre...? Sus estudios y su comportamiento escolar han bajado mucho. En esta situación Laura es interpelada en público por la profesora.
PROFESORA: Laura.
LAURA: (Se levanta y va hacia la profesora).
PROFESORA: Sepa usted que no me extraña que su padre haya muerto. Lo habrá matado a disgustos.
LAURA: (No responde. Toma la puerta y sale dando un gran portazo).
* * *
SITUACION
Pilar saca muy malas notas. No obstante en la última evaluación ha hecho un gran esfuerzo. En vez de sacar un «dos» ha llegado al «cuatro y medio». Pilar está en 1º de BUP. Al final de la evaluación la profesora comenta en clase.
PROFESORA: Parece que te has esforzado un poco, pero todas sabemos que muy lista no eres...
PILAR: (No puede responder. No tiene nada que responder...).
Estas cosas pasan en este mundo. Y pasan muchas más. Que nadie se asuste ni se sienta juzgado. Simplemente se trata de escuchar en alto esas cosas que pasan por lo bajo, cuando el adulto no se siente visto ni juzgado por otro adulto, cuando el adulto se siente «rey o señor» delante de muchos inferiores.
La historia del otro es lo importante... Detrás de cada comportamiento no es que no exista nada. No es que no haya nada. Detrás de cada comportamiento hay las razones de una historia personal. Y eso se nos escapa tantas veces... y nos sentimos «señores» de las vidas no conocidas de los demás. ¡Tan sensibles a que nos comprendan... tan poco sensibles a comprender la historia entera de los otros!
3. POR FAVOR
SITUACION
El escenario lo podemos situar en el portal de un edificio cualquiera. Se juntan en el ascensor un adulto y un niño de unos nueve años. Dentro se ve un letrero que dice: «Prohibido subir solos menores de catorce años».
NIÑO: ¿Me subes al 7º?
ADULTO: (Lo mira)... Por favor.
NIÑO: (Insiste). Que si me subes al 7º.
ADULTO: ¿Es que en casa no te han enseñado a decir «por favor»?
NIÑO: (Muy bajito y mirando al suelo). Por favor...
(Suben en silencio. El niño sigue mirando at suelo. Llegan. El niño abre la puerta y sale del ascensor sin decir ni palabra. El adulto lo sigue con la mirada y pone cara de asombro y de incomprensión. Después sigue su camino.)
¿Cómo juzgar un hecho como éste? ¿Es posible ponerse de parte de alguno de los dos personajes del diálogo sin caer en arbitrariedades? ¿A quién dar la razón: a la espontaneidad, a las normas sociales...?
Como tantas otras veces, los niños son el parachoques de otras mentalidades. Aquí no están presentes los otros adultos que le enseñaron (o no le enseñaron) las normas elementales de urbanidad... Pero quien tiene que bajar la cabeza y callar ante el otro que le exige unos determinados modales es el niño.
Es cierto que hoy, entre los adultos, no todos dan la misma importancia a las costumbres sociales. También en esto somos pluralistas... a lo mejor por desgracia. Pero... ¿y si enseñáramos sonriendo y haciendo sonreír al otro? ¿Por qué enseñar o aprender tiene que ser una humillación del que está en inferioridad de condiciones? ¿Por qué aprender tiene que ser humillarse y quedarse sin palabra ante quien posee todo el saber del mundo...?
Yo recuerdo sobre todo aquello que aprendí sonriendo... Y a los profesores y adultos que tenían la rara virtud de mostrar las cosas con alegría, dándome ganas de vivir y de expresarme. Todavía hoy me siento mal al recordar o encontrarme con quienes no me dieron o me quitaron la palabra para que aprendiera sus palabras y sus costumbres...
4. EL ADULTO COMO NORMA, ¿ES LO NORMAL?
SITUACION
Domingo en los alrededores de una iglesia. La gente va llegando para la misa de 11,30. Diálogo de una familia con sus dos hijos, de unos nueve y once años más o menos.
NIÑA: Ufff... ¡tener que ir a misa ahora con lo aburrido que es!
MADRE: Mujer, ¿es tan difícil rezar un poco una vez a la semana?
PADRE: Sabes que no son más que treinta minutos.
NIÑA: Sí, decís eso, pero dura más y me aburro. No quiero ir. (Hace ademán de marcharse hacia la plaza.)
PADRE: Mira, niña, cuando seas mayor harás lo que te guste. Ahora todavía haces lo que quiere tu padre. (Siguen todos camino de la iglesia, en silencio; la niña con la cabeza inclinada hacia el suelo. Su hermano, de unos once años, la mira y se pone a su lado. Entran en la iglesia así.
Yo lo vi y me quedé pensando un rato. De golpe
me vinieron a la mente tantas cosas, tantas situaciones. Me pareció que los adultos, cuando no tenemos razones, sólo sabemos hacer una cosa: imponernos. Porque para imponernos, aunque no tengamos razón, tenemos poder. Lo cierto es que la imposición es un camino corto. Zanja todo--aparentemente--en un instante. Pero no da razones y deja en el ambiente un silencio helado. Quizás sea la mejor manera de enseñar a los niños y a los adolescentes a hacer lo que «les dé la gana cuando sean mayores». Como si ser mayor fuera eso...
¿Será posible que confundamos el camino hacia la libertad y hacia la verdad que es la madurez con un simple «ser mayor = hacer lo que te dé la gana»? En educación no hay caminos cortos. Todos son largos. A veces pesados y duros. Pero merece la pena dar razones al hombre para que le entre el gusto de serlo en toda verdad. Por ejemplo, ¿no te das cuenta que el problema no es la «misa», sino que se aburre en la misa? ¿Por qué no solucionar ese problema sin necesidad de «imponer»? A lo mejor estamos más preparados para imponernos que para dar verdaderas respuestas. .
5. PROFUNDIDAD IMPENSADA: EL MISTERIO DEL NIÑO
SITUACION
Susana, estudiante de medicina, y un nino, José, que ella describe como tímido y no muy inteligente. De hecho recibe «clases particulares». En una de esas clases particulares ocurre esto:
JOSÉ: Oye, Susana, ¿es verdad que Dios está en todas partes?
SUSANA: Sí, claro, es verdad.
JOSÉ: O sea, ¿que también está aquí, en este cuarto con nosotros?
SUSANA: Sí, claro, ¿por qué no iba a estar con nosotros?
JOSÉ: Porque ni tú ni yo le podemos ver... ¿O es que tú le puedes ver?
SUSANA: No, José Carlos, pero aunque no le veo, lo siento.
JOSÉ: ¿Y cómo se siente? Yo también quiero sentirlo.
SUSANA: (Cada vez me era más difícil contestar a sus preguntas. Nunca había imaginado que José Carlos tuviera esa facitidad mental).
¡Quién no tiene la experiencia de haber sido reducido al silencio por un niño...! Lo que no son capaces de hacer los adultos con los adultos lo hacen tan sencillamente los niños... Nos arrinconan donde se nos acaban todos los argumentos y ¡nos dejan en silencio! Algo así como una nueva historia de David y Goliat.
A lo mejor nos arrinconan porque tenemos demasiados argumentos y tenemos pocos ojos y poco corazón para responder sin tantos argumentos. ¿Si el problema fuera que tenemos demasiados argumentos...? ¿Si con los niños habláramos más un poco a corazón abierto, sin máscaras, sin silogismos: sólo con el chorro de vida que llevamos dentro? Porque dejarnos sin argumentos es desvelar que vivimos de hecho muchas veces sin argumentos, sin raíces. Pero lo tapamos con otras cosas o con otras ciencias. Pero llega un niño y nos descubre que los hombres hechos y derechos, los adultos, tampoco tienen argumentos... ¿Tiene que haber un argumento para todo, «de esos que se hacen en la escuela»? ¿No habrá «otros argumentos» diferentes, esos que puedan entender también los niños? Yo, sinceramente, creo que sí.
6. LA CARA DE LOS EDUCADORES QUE NO CONOCEMOS
SITUACION
Gran ciudad. Un grupo de chicos suben al «bus» con la profesora. Son preadolescentes. Es un momento punta. Entran con gran vitalidad, algunos empujones y mucha alegría.
ANCIANA: ¡Que te estes quieto! Acabo de salir del hospital. Me vais a matar con estos empujones. No tenéis respeto a nadie.
GRUPO: (Momento de silencio. Se paran un instante. Pronto vuelven y se contagian más que antes).
ANCIANA: (Busca apoyo en los demás adultos. Todos hacen un gesto con la cabeza, pero no dicen nada). Sí, tú, sinverguenza. Tú eres el peor de todos. Ahora en la escuela a lo único que os enseñan es a ser delincuentes. No sé dónde estarán vuestros profesores.
GRUPO: (No hace el más mínimo caso).
PROFESORA: (Estaba al fondo. Ha visto que pasa algo. Se aproxima. No dice nada. Comienza a hablar con los que más jaleo hacen. No reprende. Habla de lo que van a hacer. Todo se calma. Los chicos y chicas la rodean y hablan con ella. Es la paz y no pasa más).
Algunos lo piensan: la culpa es de los profesores. Hoy los profesores son los "maestros de la delincuencia"... ¿Y si fuéramos un poco más despacio en juicios así de graves...?
Hay palabras y modos que los preadolescentes y jóvenes no entienden y no escuchan. Y hay palabras que les llenan de paz y les interesan y les agrupan para el futuro. Hay adultos que dan esperanza y adultos que ellos son foco de que el fuego se prenda más.
Saber estar presente para escuchar y saber estar presente sin condenar es más positivo que una presencia que lo único que hace es condenar. Condenando a lo mejor se hace la paz por un poco de tiempo. Pero vendrá de nuevo el jaleo. Sólo comprendiendo es posible esperar que no pase nada, que haya paz. Aquella profesora nos había dado a todos la lección de una presencia que educa sin recurrir a la violencia. Fue sólo un gesto. Supongo que es como la muestra de lo que es una vida dedicada a la educación.
7. VIOLENCIA EN LA EDUCACIÓN
SITUACION
Una clase cualquier de literatura en un colegio de cualquier ciudad. Los chicos son de COU. (Los alumnos se están pasando de uno a otro una revista un tanto pornográfica mientras el profesor explica. El profesor se va dando cuenta que algo ocurre en la clase. El chico que la tiene se la pasa al compañero. Y en ese momento el profesor se la pide.)
PROFESOR: ¿Qué haces con eso?
CHICO: ... me la acaban de pasar, yo no he visto nada.
PROFESOR: (La observa y comenta en alto después). No es de extrañar: de un padre que sólo lee el «Marca», ¿qué hijos se van a esperar?
Sí, señor profesor, usted tiene que corregir a sus alumnos según su conciencia. Yo no le quiero decir que tiene que aplaudir el que sus alumnos, mientras usted explica, estén pasando una revista «porno». Usted hace muy bien en corregir a sus alumnos. Es, entre otros, uno de sus deberes.
Pero yo sí le quiero decir una cosa: hay maneras y maneras de corregir, de educar. Y una manera que no dice nada positivo de usted es que utilice la «violencia». Porque usted ha utilizado una manera de corregir que provoca violencia en el alumno. Porque usted no tiene derecho a «meterse» con su familia. Esto no sé si le quitará las ganas de «pasar revistas atrevidas durante la explicación» al alumno; lo que sé es que ha provocado en él un sentimiento de amargura y de violencia cuando usted ha hecho referencia a su padre. Tanto si conoce la situación y es verdad su argumento, como si no la reconoce, usted tiene que educar sin producir violencia en el alumno. Hay demasiada violencia oculta en las formas que empleamos para educar. No hablo de violencia física; hablo de esa violencia más refinada que hiere en el fondo del corazón y crea violencia y enfrentamiento. El primer trabajo y educación a la paz comienza en los métodos y formas pacificadoras que la escuela pone en funcionamiento.
Señor profesor, no enmudezca delante de los alumnos. Tiene el papel de hablar y «sacar la verdad», pero, por favor, eduque sin provocar violencia. Todos nos querremos más y la paz será posible más fácilmente.
8. EDUCADOR EN TIEMPO DE CRISIS E INDIFERENCIA
Diálogo de una profesora con todo un curso de formación profesional. Quiere ser un diálogo para «poder hacer algo y salir de la inactividad» en que el curso se encuentra.
PROFESORA: Bueno, entonces, ¿qué queréis? GRUPO: (Silencio. Se miran unas a otras). PROFESORA: ¿Cómo hay que interpretar este silencio? GRUPO: (Silencio).
PROFESORA: No tengo por ahora más que decir. GRUPO: (Silencio).
A lo mejor alguno piensa que me he inventado yo este «diálogo» -- valga la expresión-- transcrito más arriba. Pero puedo dar las coordenadas de la profesora y del colegio.
Ser profesor con unos adolescentes y jóvenes que no reaccionan con nada, ésa es la tarea actual de muchos profesores. Su patria es el indiferentismo. Todo es igual, al menos todo lo que les ofrecemos en la escuela. Ya sé que fuera no todo es igual. Fuera beben y comen «todo» lo que les produce indiferencia, es decir, todo lo que les vacía y les deja sin horizonte, sumidos en el presentismo del momento, sin ilusión y sin ideales. De esta juventud, no de otra, al menos muchos adultos tienen que ser los «maestros».
A estos maestros, que por dentro sufren inmensamente, porque tienen el silencio y la indiferencia como respuesta, les quería decir desde aquí que sigan creyendo en las personas, en los alumnos. Que no les den por desahuciados cuando escuchen su repetido y prolongado silencio. En tiempo de crisis y de indiferencia tenemos que seguir creyendo en el poder de la palabra y en la posibilidad de la palabra intercambiada para que el otro sea el hombre que está llamado a ser. Al profesor hoy, en muchas ocasiones, se le pide una actitud de fe como Abraham si quiere tratar a los hombres y no manejarlos. Creer y dar signos de que no se ha perdido la confianza en ellos, a pesar de su silencio, es imprescindible. No podemos decir que creemos en los jóvenes y comportarnos como si no creyéramos en ellos. El primer signo que se nos pide es este permanecer creyendo en el tiempo.
9. DAR IMPORTANCIA AL OTRO
SITUACION
Entrevista con un compañero que ahora ocupa un cargo de director.
PAREJA: Queríamos ver al director del colegio.
PORTERO: Está ocupado. Si podéis esperar cinco minutos... y ya os recibe.
PAREJA: De acuerdo.
(Pasan quince minutos.)
DIRECTOR: Hola, ¿qué tal? Os he hecho esperar un poco.
(Comienza la entrevista. A los dos minutos suena el teléfono. Otro quiere ver al director.)
DIRECTOR: Estoy nervioso, no quiero hacer esperar al hermano de... No sé lo que querrá. Yo creí que queríais algo más importante. Perdonadme, pero os tengo que dejar.
(La entrevista ha durado cuatro minutos y medio.)
Los hombres de «cargo» yo ya no sé si son hombres o son cargos... Da la impresión de que no tienen tiempo de ser hombres y menos de ser amigos y aún menos de escuchar los sentimientos de los otros hombres. Da la impresión que lo suyo es sólo resolver grandes problemas. Los pequeños problemas no tienen sitio en su agenda.
No sé si algún hombre o mujer de «cargo» me leerá, porque a lo mejor no tienen tiempo para las cosas sencillas, sólo tienen tiempo para las cosas urgentes (observe el lector que no digo «importantes»). A lo mejor urgente es atender a todos; pero importante es que el que está contigo en este momento se sienta valorizado, se sienta importante, se sienta escuchado.
Me han impresionado esos hombres que cuando están contigo no tienen nada más importante y nada más que hacer que eso: estar contigo, escucharte... Y también me pasa que los hombres que me hacen esperar quince minutos, en vez de cinco, y, además, me dicen que el que llama es más importante que yo y él no puede esperar y yo sí.... con estos hombres yo tengo poco que hacer. Al no sentirme valorizado me basta con unas relaciones educadas, que es una de las maneras de no relacionarse en profundidad.
Me he atrevido a escribir esto porque este funcionamiento es demasiado frecuente entre profesores y alumnos. El alumno «tiene que esperar» porque otros son mucho más importantes que él y pasan delante.
Por eso el alumno «pasa» también de tantos profesores.
10. OYE, ESCUCHA...
--«Oye, escucha, te voy a decir una cosa...»
(Larga apología de la propia verdad.)
--Silencio.
Tiempo de vacaciones. Oportunidad de encuentro con muchos, y de largas conversaciones en las que todos los temas están permitidos. Fue justamente en una tarde de agosto, el día 24, cuando caí en la cuenta de una frase que se repetía a mi alrededor una y otra vez. Pero ese día descubrí algo nuevo: detrás de una frase como «oye, escucha, te voy a decir una cosa», lo único que la gente me decía era que las cosas no podían ser más que de la manera que ellos las veían. «Escucha, te voy a decir una cosa» se convirtió para mí en clave para percibir las ganas que hay en las personas de zanjar las cosas por la vía rápida.
En estos artículos he utilizado diálogos breves de los que yo he sido testigo o que amigos míos me han proporcionado en su experiencia de prácticas en los colegios. Alguno me ha escrito: «Te leo con suspense. No sé por dónde vas a salir, pero siempre me descubres algo que no quiero mirar». Ahora quiero decir una cosa sencilla: «Ser maestros de la verdad». Yo sé que hay maestros por vocación y los hay por profesión y los hay porque no queda más remedio en estos tiempos (y, supongo que en otros también). Los maestros tenéis que enseñar a todas las personas a descubrir ese «mal maestro» que cada uno quiere ser. Todos nos queremos hacer una pequeña cátedra, sea donde sea, para «enseñar» la verdad. Los que no tienen tarima donde subirse se hacen una de palabras: «Te voy a decir una cosa», es decir, «te quiero imponer una visión de la realidad, la mía». Como si fueran tan fáciles las cosas... Como si la verdad estuviera tan alineada en nuestra orilla...
Hoy me quedo escuchando, esperando encontrar los maestros que me ayuden a hacer juntos la verdad y que sepan mostrarme cada día que tienen paciencia para estar conmigo aceptando mi verdad y su verdad, mi error y su error.
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