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Conferencia Mundial contra el Racismo, la Discriminación racial, la Xenofobia y la Intolerancia

Conferencia Mundial contra el Racismo, la Discriminación racial, la Xenofobia y la Intolerancia
Comunicado del Card. Van Thuán en el que reflexiona sobre las distintas formas de intolerancia promoviendo el perdón y la reconciliación.


Por: Cardenal François-Xavier Nguyên van Thuân | Fuente: Consejo Pontificio Justicia y Paz



COMUNICADO DEL CONSEJO PONTIFICIO JUSTICIA Y PAZ

CONFERENCIA MUNDIAL CONTRA EL RACISMO,
LA DISCRIMINACIÓN RACIAL, LA XENOFOBIA
Y OTRAS FORMAS DE INTOLERANCIA

Durban (Sudáfrica), del 31 de agosto al 7 de septiembre


Premisa

Del 31 de agosto al 7 de septiembre se está celebrando en Durban (Sudáfrica), bajo el patrocinio de las Naciones Unidas, la Conferencia mundial contra el racismo, la discriminación racial, la xenofobia y demás formas de intolerancia. La Santa Sede, consciente de la relevancia del tema que se está debatiendo en esta Conferencia, se halla representada por una importante delegación. Con esta ocasión, se ha distribuido a los participantes la segunda edición del documento titulado "La Iglesia frente al racismo, para una sociedad más fraterna". Este documento fue publicado, por primera vez, por el Consejo pontificio Justicia y paz, a petición del Santo Padre, en el año 1988. Sin embargo, dicho Consejo, teniendo presente, por una parte, un marco internacional en plena evolución y, por otra, los principales temas  de la Conferencia, ha puesto al inicio de la edición de este año una articulada introducción, actualizando el tema con nuevas reflexiones.

Mundialización y nuevos particularismos

En efecto, la mundialización se está produciendo cada vez con mayor rapidez:  los países, las economías, las culturas y los estilos de vida se acercan, se universalizan y se funden. El fenómeno de la interdependencia se extiende a todos los campos:  político, económico, financiero, social y cultural. Los descubrimientos científicos y el desarrollo de las técnicas de comunicación han "empequeñecido" notablemente el planeta.

A la vez, de forma paradójica, los contrastes se acentúan cada vez más, las violencias étnicas aumentan, la búsqueda de identidad del grupo, de la etnia o de la nación se exaspera rechazando a los otros, a los que son diferentes, hasta el punto de cometer, a veces, actos de barbarie. Así, este último decenio se ha caracterizado por guerras étnicas o nacionalistas, que constituyen motivos de creciente preocupación para el futuro.

En parte, esa paradoja, muy conocida, se suele explicar con el miedo a perder la propia identidad en un mundo que se hace planetario con demasiada rapidez, precisamente en el momento en que las desigualdades se acentúan. Pero esa paradoja se debe a múltiples causas. Es sabido que la caída del muro de Berlín despertó rencores y nacionalismos, que desde hacía años se hallaban adormecidos bajo la ceniza; y también es sabido que, con mucha frecuencia, las fronteras heredadas de la colonización no respetan la historia y la identidad de los pueblos y, además, de modo cruel, no se practica la solidaridad en sociedades cuyo entramado social se desintegra.

Los temas de la Conferencia

Consiguientemente, frente a estas crisis, en los últimos decenios la situación, desde el punto de vista del racismo, de la discriminación racial, de la xenofobia y de las formas de intolerancia que implican, por desgracia no ha mejorado; más aún, tal vez ha empeorado, precisamente cuando los movimientos de población están aumentando y el entramado de las culturas y la realidad multiétnica se han convertido en fenómenos sociales generalizados. De ahí la importancia de esta Conferencia mundial sobre el racismo, importancia que la Santa Sede desea subrayar.

En un contexto internacional de este tipo, el comité preparatorio de la Conferencia de Durban decidió, el pasado mes de junio, incluir en el orden del día provisional de la Conferencia los siguientes cinco grandes puntos.

En primer lugar, proponía que se examinaran las fuentes, las causas, las formas y las manifestaciones contemporáneas del racismo, de la discriminación racial, de la xenofobia y de las formas de intolerancia que implican.

El segundo punto pedía tomar en consideración  las  víctimas de esos males.

En el tercero se invitaba a sugerir medidas, en el ámbito de la prevención, de la educación y de la protección, encaminadas a eliminar esos males, tanto a nivel nacional como regional e internacional.

El cuarto punto incluía la búsqueda de recursos útiles, medios jurídicos, reparación y medidas de indemnización. Ya desde ahora se puede señalar que esta última cuestión, la de las "medidas de indemnización", fue puesta entre comillas en el texto del comité preparatorio, dado que es objeto de controversia:  en efecto, algunos Estados desean que la esclavitud y la colonización se reconozcan explícitamente como fuente primaria de racismo y, por consiguiente, que las ex potencias coloniales asuman su deber de reparación, y esas naciones no lo aceptan.

El quinto y último punto se refería a las estrategias orientadas a instaurar la igualdad integral y efectiva, particularmente la cooperación internacional y la consolidación de los mecanismos de puesta en práctica por parte de la Organización de las Naciones Unidas y otros mecanismos internacionales en el ámbito de la lucha contra el racismo.

La contribución de la Iglesia:  perdón y reconciliación

En este marco, podemos preguntarnos cuál ha de ser la contribución específica que la Iglesia católica está llamada a dar, no sólo a la actual Conferencia de Durban, sino también, más en general, a la lucha contra el racismo, la discriminación racial, la xenofobia y la intolerancia.

La primera respuesta, obligada, es que,  dado  que  del corazón del hombre nacen los asesinatos, las maldades, la envidia, la soberbia y la insensatez (cf. Mc 7, 21), en este nivel es donde la contribución de la Iglesia católica, con sus constantes llamadas a la conversión personal, es más importante e insustituible.

En efecto, es preciso ante todo dirigirse al corazón del hombre, porque es el primero que necesita purificarse para que no reinen en él ni el miedo ni el espíritu de dominio, sino la apertura a los demás, la fraternidad y la solidaridad. De ahí el papel fundamental de las religiones y, en particular, de la fe cristiana, que enseña la dignidad de todo ser humano y la unidad del género humano. Y, si la guerra o situaciones graves convirtieran a otros hombres en enemigos, el primer mandamiento cristiano, y el más radical, es precisamente el del amor al enemigo y responder al mal con el bien.

Al cristiano no se le permite tener propósitos o comportamientos racistas o discriminatorios, aunque, por desgracia, esto no siempre se vive en la práctica, y no siempre se ha cumplido a lo largo de la historia. A este respecto, el Papa Juan Pablo II quiso que el Año jubilar 2000 se caracterizara por repetidas peticiones de perdón en nombre de la Iglesia, a fin de que la memoria de la Iglesia fuera purificada de todas las "formas de antitestimonio y de escándalo" (Tertio millennio adveniente, 33) que se sucedieron en el decurso del milenio pasado.

En efecto, en ciertas situaciones acontece que el mal sobrevive a quien lo ha realizado, a través de las consecuencias de los comportamientos, y estos últimos pueden convertirse en pesadas cargas que gravan sobre la conciencia y la memoria de los descendientes. Entonces resulta necesaria una purificación de la memoria:  "Purificar la memoria significa eliminar de la conciencia personal y común todas las formas de resentimiento y de violencia que la herencia del pasado haya dejado, sobre la base de un juicio histórico-teológico nuevo y riguroso, que funda un posterior comportamiento moral renovado (...), con vistas al crecimiento de la reconciliación en la verdad, en la justicia y en la caridad entre los seres humanos y, en particular, entre la Iglesia y las diversas comunidades religiosas, culturales o civiles con las que entra en relación" (Comisión teológica internacional, Memoria y reconciliación:  la Iglesia y las culpas del pasado, n. 1).

La petición de perdón afecta en primer lugar a la vida de los cristianos que forman parte de la Iglesia; sin embargo, "es legítimo esperar que los responsables políticos y los pueblos, sobre todo los que se hallan implicados en conflictos dramáticos, alimentados por el odio y el recuerdo de heridas a menudo antiguas, se dejen guiar por el espíritu de perdón y reconciliación testimoniado por la Iglesia, y se esfuercen por resolver sus contrastes mediante un diálogo leal y abierto" (Juan Pablo II, Discurso a los participantes en un congreso internacional sobre la Inquisición, 31 de octubre de 1998, n. 5:  L´Osservatore Romano, edición en lengua española, 6 de noviembre de 1998, p. 2).

El perdón, acto de amor gratuito, tiene sus exigencias:  es necesario reconocer el mal que se ha realizado y, en la medida de las posibilidades, remediarlo. Por consiguiente, la primera exigencia es el respeto a la verdad. En efecto, la mentira, la deslealtad, la corrupción, la manipulación ideológica o política hacen imposible entablar relaciones sociales pacíficas. De ahí la importancia de procesos que permitan establecer la verdad, procesos necesarios pero delicados, pues la investigación de la verdad corre el peligro de transformarse en sed de venganza.

La cuestión de la reparación


Una segunda exigencia es la justicia, dado que "el perdón no elimina ni disminuye la exigencia de la reparación, que es propia de la justicia, sino que trata de reintegrar tanto a las personas y los grupos en la sociedad, como a los Estados en la comunidad de las naciones" (Juan Pablo II, Mensaje para la Jornada  mundial  de  la  paz de 1997, n. 5:  L´Osservatore Romano, edición en lengua española, 20 de diciembre de 1996, p. 11).

La Santa Sede es muy consciente de la importancia y, al mismo tiempo, de la delicadeza de los problemas vinculados a "la exigencia de reparación", especialmente cuando se traduce en demandas de indemnización. El debate que se entabló entre algunos Estados miembros de las Naciones Unidas en el momento de aceptar el orden del día provisional de la Conferencia de Durban es un testimonio ulterior. A la Iglesia no compete proponer una solución técnica a ese problema tan complejo. Sin embargo, la Santa Sede expresa su convicción de que cada vez es más necesario mirar al pasado con memoria purificada para poder afrontar serenamente el futuro.

La educación en los derechos humanos

Entre las recomendaciones que se proponen en el programa de la Conferencia de Durban se halla también el compromiso de educar en los derechos humanos, particularmente a través de los medios de comunicación y la labor de las religiones.

La Santa Sede es consciente de que las raíces del racismo, de la discriminación y de la intolerancia se encuentran en los prejuicios y en la ignorancia, ante todo frutos del pecado, pero también de una educación equivocada e insuficiente. De ahí el papel fundamental de la educación. Al respecto, la Iglesia católica recuerda su papel activo "en la base" -papel que tiene un enorme alcance- para educar e instruir a los jóvenes de cualquier confesión religiosa y de todos los continentes, y eso desde hace siglos. La Iglesia, fiel a sus valores, imparte una educación al servicio del hombre y de todo el hombre. Esta acción fundamental en favor de la causa de los derechos humanos es muy conocida.

Con respecto al papel insustituible de las religiones, y en particular de la fe cristiana, para educar en el respeto a los derechos del hombre, baste recordar que una enseñanza correcta de la religión permite alejarse de esos "ídolos falsos" que son el nacionalismo y el racismo. El Papa Juan Pablo II afirmaba ante la asamblea interreligiosa de 1999:  "La tarea que debemos cumplir consiste en promover una cultura del diálogo. Individualmente y todos juntos debemos demostrar que la creencia religiosa se inspira en la paz, fomenta la solidaridad, impulsa la justicia y sostiene la libertad" (Discurso durante el encuentro con los líderes de diversas religiones, 28 de octubre de 1999, n. 3:  L´Osservatore Romano, edición en lengua española, 5 de noviembre de 1999, p. 6).

Las discriminaciones positivas

Entre las recomendaciones del orden del día de la Conferencia de Durban se incluyen también las "discriminaciones positivas". En efecto, la Convención internacional sobre la eliminación de toda forma de discriminación racial, del 21 de diciembre de 1965, que la Santa Sede ratificó, prevé la posibilidad de adoptar medidas especiales "con el único fin de asegurar de modo adecuado el progreso de algunos grupos raciales o étnicos y de personas que requieren protección, la cual puede serles necesaria para disfrutar de los derechos humanos (...) en condiciones de igualdad" (art. 1, 4).

Sobre esta base de la "acción positiva", algunos países han adoptado legislaciones que conceden una protección especial a los pueblos autóctonos o minoritarios. Con todo, la elección de este tipo de política sigue siendo objeto de controversia. Existe el peligro real de que esas medidas consoliden la diferencia, en vez de favorecer la cohesión social; que, por ejemplo, en lo que atañe al empleo o a la vida política, se recluten o elijan las personas según su grupo étnico y no de acuerdo con su competencia; y, por último, que la libertad de elección quede condicionada.

Es indiscutible que, a veces, el peso de los antecedentes de índole histórica, social y cultural exige acciones positivas por parte de los Estados. Los pueblos autóctonos, en particular, aún sufren mucho a causa de discriminaciones. Ahora bien, la Iglesia católica, siempre muy atenta a la defensa de la realidad del hombre concreto, en su situación histórica, reivindica un respeto efectivo de los derechos humanos.

Formas inéditas de racismo

Por consiguiente, estas políticas son legítimas si se respeta la prudente reserva del artículo 1° 4 de la Convención de 1965. En efecto, ese artículo establece que las discriminaciones positivas sean temporales, que no tengan como efecto el mantenimiento de derechos distintos para grupos diferentes, y que no sigan en vigor una vez obtenidos los objetivos fijados.

Notemos, por último, que desde 1988 se han ahondado dos grandes brechas a nivel mundial:  la, cada vez más dramática, de la pobreza y de la discriminación social; y la, más nueva y menos denunciada, del ser humano no nacido, sujeto a experimentos y objeto de la técnica (a través de las técnicas de procreación artificial, la utilización de "embriones sobrantes", la clonación llamada terapéutica, etc.). Es muy real el peligro de una forma inédita de racismo, pues el desarrollo de estas técnicas podría llevar a la creación de una "sub-categoría de seres humanos" destinada esencialmente a la utilidad de algunos. Se trata de una nueva y terrible forma de esclavitud. Ahora algunos poderosos intereses comerciales quisieran aprovecharse de esta latente tentación eugenésica. Por eso, los gobiernos y la comunidad científica internacional tienen el deber de vigilar atentamente.

Conclusión

En septiembre de 1995, el Papa Juan Pablo II, en su visita a Sudáfrica, afirmó que la solidaridad "es el único camino posible para salir del completo fracaso moral de los prejuicios raciales y de las rivalidades étnicas" (Homilía en Johannesburgo,  17  de septiembre de 1995, n. 4:  L´Osservatore Romano, edición en lengua española, 29 de septiembre de 1995, p. 11). La solidaridad se ha de desarrollar entre los Estados pero también en el seno de todas las sociedades donde, indiscutiblemente, la deshumanización y la desintegración del entramado social están llevando a la exacerbación de las opiniones y de las conductas racistas y xenófobas, y al rechazo del  más débil, sea extranjero, inválido o pobre.

La solidaridad se funda en la unidad de la familia humana, pues todos los hombres, creados a imagen y semejanza de Dios, tienen el mismo origen y están llamados al mismo destino. Sobre esta base es insustituible la contribución de las religiones y esa contribución deben darla todos los creyentes que, adhiriéndose libremente a su fe, la viven diariamente. En todo esto nos ha de impulsar la convicción de que la libertad  de conciencia y de religión sigue siendo el presupuesto, el principio y el fundamento de cualquier otra libertad,  humana y civil, individual y comunitaria.


Cardenal François-Xavier Nguyên van Thuân
Presidente del Consejo pontificio Justicia y paz


S. E. Mons. Giampaolo Crepaldi
Secretario

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