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La Solidaridad en la Doctrina Social de la Iglesia
La Solidaridad en la Doctrina Social de la Iglesia
Artículo de Gerardo Donoso Contreras en el que reflexiona sobre la solidaridad distinguiendo de la filantropía y las acciones nobles por los otros.


Por: Gerardo Donoso Contreras – Colaborador de la Rifma | Fuente: Familiamarista.cl



En un continente como el latinoamericano, en el que se vive bajo la amenaza permanente de crisis política, crisis económica y/o crisis social, urge que los bautizados en Cristo seamos luz en medio de tanta incertidumbre y oscuridad.

Urge que los católicos seamos lo suficientemente lúcidos para saber separar la paja del trigo iluminados por la fe y el evangelio de Jesucristo.


Es triste comprobar en ocasiones la deliberada falta de claridad de algunos de los miembros de nuestra iglesia, ya sea con sus silencios y omisiones.

En nuestros países constantemente se debe apelar a la solidaridad para enfrentar o resolver casos o situaciones puntuales de dolor, enfermedad, miseria o abandono.

A los jóvenes se les invita reiteradamente a acciones solidarias, y ellos reaccionan y cumplen. Los jóvenes de todas las épocas siempre han sido un motor ágil frente al dolor y las injusticias. Bien por los jóvenes de ayer y los de hoy.

Pocos, muy pocos conocen o saben qué es la Solidaridad desde la óptica del Magisterio de la Iglesia y se tiende a confundirla con la filantropía.

Cualquiera puede hacer filantropía, cualquiera puede dar un trozo de pan o una moneda, pero Solidaridad para el cristiano es mucho más que un trozo de pan, una moneda o una prenda de vestir usada que se entrega al mendigo.

La filantropía es y puede ser acciones aisladas, es por eso que muchas veces los jóvenes lentamente van abandonando esas acciones solidarias porque no logran conectarlas con su mundo interior ni con lo que tienen de fe.

Trabajos de verano, campañas de invierno van quedando a la larga en el anecdotario personal de una juventud añorada, pero sin un impacto en la vida adulta ni en su estilo de vida.

La razón de lo anterior es la fallida interpretación de solidaridad entregada muchas veces en sus hogares o por sus educadores.

Llegamos finalmente a ver a hombres y mujeres adultos que continúan practicando esa solidaridad (filantropía) de sus años juveniles, ahora con un aporte económico mensual a una determinada obra benéfica o repartiendo limosnas por la ciudad, creyendo a pie juntillas que son solidarios, pero sólo son mantenedores y sostenedores de la miseria.

Revisemos superficialmente qué se señala en el Compendio de Doctrina Social de la Iglesia, publicado el año 2004.

La solidaridad confiere particular relieve a la intrínseca sociabilidad de la persona humana, a la igualdad de todos en dignidad y derechos, al camino común de los hombres y de los pueblos hacia una mirada cada vez más convencida. Nunca como hoy ha existido una conciencia tan difundida del vínculo de interdependencia entre los hombres y los pueblos, que se manifiesta a todos los niveles. La vertiginosa multiplicación de las vías y de los medios de comunicación “en tiempo real”, como las telecomunicaciones, los extraordinarios progresos de la informática, ... y los pueblos debe estar acompañado por un crecimiento en el plano ético-social igualmente intenso, para así evitar las nefastas consecuencias de una situación de injusticia de dimensiones planetarias, con repercusiones negativas incluso en los mismos países actualmente más favorecidos. (*)

La solidaridad debe captarse, ante todo, en su valor de principio social ordenador de las instituciones, según el cual las “estructuras de pecado”, que dominan las relaciones entre las personas y los pueblos, deben ser superadas y transformadas en estructuras de solidaridad, mediante la creación o la oportuna modificación de leyes, reglas de mercado, ordenamientos. (*)

La solidaridad es también una verdadera y propia virtud moral, no un “sentimiento superficial por los males de tantas personas, cercanas o lejanas. Al contrario, es la determinación firme y perseverante de empeñarse por el bien común; es decir, por el bien de todos y cada uno, para que todos seamos verdaderamente responsables de todos”. (*)

Todas las menciones hacen referencia (*) a la Carta Encíclica Sollicitudo Rei Socialis del Papa Juan Pablo II, y es claro, la solidaridad no es un sentimiento superficial y con una correcta interpretación de la solidaridad se puede mejorar el ordenamiento social o mejoramiento de estructuras de pecado, de pecado social.

Entonces, no basta con las acciones solidarias a modo de flor de un día y que luego desaparecen. No bastan las curaciones a la dermis de la herida que muchas veces ocultan y/o disimulan la infección que va por dentro.

Acciones y planes a la médula del problema social que afectan a nuestro continente, y si es necesaria la denuncia, la denuncia entonces debería ser el aporte del cristiano latinoamericano.

Hablando en castellano, los malos y precarios sistemas de salud pública de nuestros países, los mercantilistas sistemas de salud privada, la inaplicabilidad de los inventos en materias de sistemas de pensiones para ancianos, los recursos paupérrimos destinados a la educación, la acción soterrada ( y a veces no tanto ) de autoridades y políticos corruptos, las exclusiones de grandes y pequeños grupos sociales, las persecuciones étnicas, la alta concentración de la riqueza con leyes moralmente viciadas, la mala distribución del ingreso de nuestros países deberían ser los campos del cristiano, y del marista, hoy en día, no la filantropía que sólo contribuye a que la injusticia encuentre en nosotros un nuevo aval.

Ojala los jóvenes de hoy encuentren a tiempo el verdadero significado de Solidaridad y logren integrarlo a su incipiente vida espiritual y a su corazón.

Y los adultos aún estamos a tiempo de tener corazones sin miedo y sin fronteras, como el de Champagnat, como el de los Hermanos Mártires de Zaire, como tantos otros…. con corazones solidarios… pero de verdad.

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