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Religión y humanismo
Religión y humanismo
Desenmascarar el falso humanismo.


Por: Monseñor José Ignacio Munilla Aguirre | Fuente: www.enticonfio.org




Con frecuencia, por no decir generalmente, los errores no suelen ser presentados con su verdadero rostro, sino camuflados bajo "verdades a medias". En el fondo, es la misma estrategia del príncipe de la mentira, que procura hacer amable el mal, bajo apariencia de bien.

Algo así ocurre cuando se presenta la religiosidad bajo un enfoque presuntamente humanista, afirmando que la veracidad de una religión no puede discernirse por la adecuación a una determinada doctrina, sino que la "salud de la religión" se mide en base a los parámetros de una vida más humana, más satisfactoria, más social y solidaria, vencimiento de miedos, tensiones, frustraciones, etc...

No negamos que haya algo de verdad en esas afirmaciones. El mismo Jesús nos dijo aquello de "por sus frutos los conoceréis"(Mt 7,15); y es esperable que la instauración del Reino de Dios entre nosotros se traduzca en un verdadero humanismo, en una vida más sana, en una superación de muchas tensiones y preocupaciones, en una paz interior como sólo el Espíritu puede darnos. No cabe duda de que la religiosidad predicada por Cristo podría calificarse de humanista, en el sentido de que revela, descubre y por su gracia hace posible en nosotros la verdadera imagen del hombre.

Pero si queremos ser fieles al Evangelio, hemos de matizar en seguida con las mismas palabras de Jesucristo: "Mi paz os dejo, mi paz os doy; pero no os la doy como la da el mundo" (Jn 14, 26). Mientras que el mundo propone una falsa paz sustentada en el fundamento de arena de la tolerancia mutua hecha de indiferencia, del pasotismo, de la irresponsabilidad, del hedonismo más torpe; el Señor nos predica una paz verdadera, basada sobre roca, fruto de la conversión personal, de la justicia, del verdadero amor.

Y ésta es una buena clave para desenmascarar el falso humanismo. Sería ingenuo pensar que la verdadera conversión vaya a tener lugar sin violencia interior, en armonía con nuestro entorno, sin incomprensiones, en adecuación a lo "políticamente correcto", etc... Dicho con pocas palabras, hoy como hace dos mil años tenemos que rechazar como tentación una presentación del cristianismo sin cruz: "Y comenzó a enseñarles que el Hijo del hombre debía sufrir mucho y ser reprobado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, ser matado y resucitar a los tres días. Hablaba de esto abiertamente.

Tomándole aparte, Pedro, se puso a reprenderle. Pero él, volviéndose y mirando a sus discípulos, reprendió a Pedro, diciéndole: « ¡Quítate de mi vista, Satanás! porque tus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres. Llamando a la gente a la vez que a sus discípulos, les dijo: « Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame. Porque quien quiera salvar su vida, la perderá; pero quien pierda su vida por mí y por el Evangelio, la salvará. Pues ¿de qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si arruina su vida?" (Mc 8, 31-36)

Supuesto esto, hay exceso de ligereza cuando se habla con desparpajo de que la "verdadera religión", la "religiosidad sana", es aquella en la que no hay lugar para tensiones interiores, temores, frustraciones, remordimientos... Todo ello supone un olvido de que "el Reino de Dios sufre violencia" (Mt 11,12), tanto interior como exterior. En realidad, dado el desorden interior que el pecado ha provocado en nosotros, es frecuente que experimentemos la conversión como algo "costoso y doloroso", aunque por la fe sabemos que en realidad el yugo del Señor "es llevadero y su carga ligera" (Mt 11, 30)

A esto hay que añadir que Jesús nos previno de las incomprensiones y de las persecuciones por parte del mundo en que vivimos, ya que el destino del discípulo no está por encima del Maestro (Cfr Mt 10, 23). "Si el mundo os odia, sabed que me odió a mí antes que a vosotros. Si fueseis del mundo, el mundo amaría lo suyo; pero porque no sois del mundo, sino que yo os escogí del mundo, por esto el mundo os odia" (Jn 15,18-19).

Puede ocurrir incluso que el seguimiento de Cristo nos suponga desgarros interiores muy importantes, incluso familiares: "¿Creéis que estoy aquí para dar paz a la tierra? No, os lo aseguro, sino división. Porque desde ahora habrá cinco en una casa y estarán divididos; tres contra dos, y dos contra tres; estarán divididos el padre contra el hijo y el hijo contra el padre; la madre contra la hija y la hija contra la madre; la suegra contra la nuera y la nuera contra la suegra." (Lc 12, 50-53)

La religión cristiana ciertamente es humanista y humanizadora, pues gracias a Cristo, nuevo Adán, restaura en el hombre pecador la imagen verdadera de Dios. El cristianismo, por otra parte, humaniza desde el momento que tiene el amor al prójimo como divisa y como distintivo. Pero habremos de tener mucho cuidado de no hacer una imagen del humanismo incompatible con la cruz de Cristo, camino de santificación para todos nosotros. De lo contrario, muchas vidas de los santos nos resultarán incomprensibles, y serán juzgadas como masoquistas, atormentadas, exageradas, etc...; cuando en realidad ellos son testimonio vivo de que el hombre nuevo solo es posible por la sanación de la gracia.

En consecuencia, no cabe tomar un determinado modelo humanista como termómetro de la experiencia cristiana; sino que por el contrario, habremos de proceder de modo inverso: Es Jesucristo quien nos permite discernir a la luz de su Evangelio la autenticidad y fiabilidad de los diversos humanismos.

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Monseñor Munilla

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