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Frutos del Espíritu Santo: bondad y benignidad
Frutos del Espíritu Santo: bondad y benignidad
Benignidad se usa para significar dulzura, tino, delicadeza; consiste en tratar a los demás con gusto, cordialmente, con alegría


Por: Padre Hugo Tagle Moreno | Fuente: Catholic.net





Estos dos frutos miran al bien del prójimo. La bondad es la inclinación que lleva a ocuparse de los demás y a que participen de lo que uno tiene. La bondad, como fruto del Espíritu Santo, nos lleva a atender a los que están en necesidad. Se demuestra en la forma de hablar, en la generosidad de la conducta, en el perdón de las injurias, en la atención a quien me resulta difícil o conflictivo. Debemos aquí recordar que toda bondad viene de la bondad de Dios: “¿Desprecias, tal vez, sus riquezas de bondad, de paciencia y de longanimidad, sin reconocer que esa bondad de Dios te impulsa a la conversión?” (Rom 2,4). Si nos difaman, respondemos con bondad.

La benignidad es algo semejante. No tenemos en nuestro idioma una palabra que exprese propiamente el significado de “benígnitas”. La palabra benignidad se usa para significar dulzura, tino, delicadeza; consiste en tratar a los demás con gusto, cordialmente, con alegría, sin sentir la dificultad que sienten los que quizá poseen esta virtud, pero sólo humanamente y no como fruto del Espíritu Santo, el que se debe implorar constantemente para obtenerla. La persona que la posee es pacífica, sumisa, gentil, incapaz de ofenderse. Siempre está dispuesta a cooperar en cualquier forma necesaria para propiciar ese espíritu de unidad y concordia que agrada al Señor y que el Espíritu Santo bendice.

La benignidad se manifiesta en generosidad y en un deseo de hacer bien a otras personas y de ponerlas en un mejor plano. Jamás usa las faltas de otros para ponerlos en aprietos. Una persona benigna muestra simpatía a los que sufren y se empeña en ayudar a resolver los problemas de los demás, atendiendo a que no se note ese servicio. Ese es el individuo que da siempre la blanda respuesta que quita la ira y se aleja de los choques y explosiones temperamentales (Pr 15,1).
“En pureza, ciencia, paciencia, bondad; en el Espíritu Santo, en caridad sincera” (2Cor 6,6). San Pablo pone a Cristo como ejemplo de benignidad: "Soy yo, Pablo en persona, quien os suplica por la mansedumbre y la benignidad de Cristo" (2Cor 10,1).



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