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Frutos del Espíritu Santo: longanimidad (perseverancia)
Frutos del Espíritu Santo: longanimidad (perseverancia)
La persona longánime se propone metas altas, a la medida del querer de Dios


Por: Padre Hugo Tagle Moreno | Fuente:





La longanimidad (del latín longus, largo + animus, alma: largo sufrimiento) o perseverancia nos ayudan a mantenernos fieles al Señor a largo plazo. Impide el aburrimiento y la pena que provienen del deseo del bien que se espera, o de la lentitud y duración del bien que se hace, o del mal que se sufre. La longanimidad hace, por ejemplo, que al final de un año consagrado a la virtud seamos más fervorosos que al principio.
La longanimidad es semejante a la paciencia: Es una disposición estable por la que esperamos con ecuanimidad, sin quejas ni amarguras, y todo el tiempo que Dios quiera, las dilaciones queridas o permitidas por Él, antes de alcanzar las metas ascéticas o apostólicas que nos proponemos.
Este fruto del Espíritu Santo da al alma la certeza plena de que -si pone los medios, si hay lucha ascética, si recomienza siempre- se realizarán esos propósitos, a pesar de los obstáculos objetivos que se pueden encontrar, a pesar de las flaquezas, de los errores y pecados, si los hubiera.

En el apostolado, la persona longánime se propone metas altas, a la medida del querer de Dios, aunque los resultados concretos parezcan pequeños, y utiliza todos los medios humanos y sobrenaturales a su alcance, con santa tozudez y constancia.

El Señor cuenta con el esfuerzo diario, sin pausas, para que la tarea apostólica dé sus frutos. Si alguna vez éstos tardan en aparecer, si el interés que hemos puesto por acercar a otros a Dios parecieran estériles, el Espíritu Santo nos dará a entender que nadie que trabaje por el Señor con rectitud de intención lo hace en vano. La longanimidad se presenta como el perfecto desarrollo de la virtud de la esperanza. No posee este fruto quien es poco confiado en el Señor; quien ve todo oscuro, pesimista y que no sabe esperar, compadecer y socorrer oportunamente al prójimo. Quien es longánimo no se fía de sí mismo, pero sí de Dios, no se basa en sus propias fuerzas, sino en la ayuda de la gracia divina. Incluye dominio de si. Sugiere tolerancia movida por amor y el deseo de paz. San Pablo nos dice: “¿Desprecias, tal vez, sus riquezas de bondad, de paciencia y de longanimidad, sin reconocer que esa bondad de Dios te impulsa a la conversión?” (Rom 2,4).



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