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Antigua y Nueva Alianza
Antigua y Nueva Alianza
Jueves Santo / Jn 13, 1-15 - En cada Misa se repiten los gestos y las palabras de Jesús cuando instituyó la Eucaristía, el Jueves Santo, víspera de su muerte.


Por: Padre Nicolás Schwizer | Fuente: Homilías del Padre Nicolás Schwizer



Juan 13, 1-15
Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo. Durante la cena, cuando ya el diablo había puesto en el corazón a Judas Iscariote, hijo de Simón, el propósito de entregarle, sabiendo que el Padre le había puesto todo en sus manos y que había salido de Dios y a Dios volvía, se levanta de la mesa, se quita sus vestidos y, tomando una toalla, se la ciñó. Luego echa agua en un lebrillo y se puso a lavar los pies de los discípulos y a secárselos con la toalla con que estaba ceñido. Llega a Simón Pedro; éste le dice: «Señor, ¿tú lavarme a mí los pies?»
Jesús le respondió: «Lo que yo hago, tú no lo entiendes ahora: lo comprenderás más tarde.» Le dice Pedro: «No me lavarás los pies jamás.» Jesús le respondió: «Si no te lavo, no tienes parte conmigo.» Le dice Simón Pedro: «Señor, no sólo los pies, sino hasta las manos y la cabeza.» Jesús le dice: «El que se ha bañado, no necesita lavarse; está del todo limpio. Y vosotros estáis limpios, aunque no todos.» Sabía quién le iba a entregar, y por eso dijo: «No estáis limpios todos.» Después que les lavó los pies, tomó sus vestidos, volvió a la mesa, y les dijo: «¿Comprendéis lo que he hecho con vosotros? Vosotros me llamáis ´el Maestro´ y ´el Señor´, y decís bien, porque lo soy. Pues si yo, el Señor y el Maestro, os he lavado los pies, vosotros también debéis lavaros los pies unos a otros. Porque os he dado ejemplo, para que también vosotros hagáis como yo he hecho con vosotros.

Reflexión
Estamos congregados para recordar y renovar la ÚLTIMA CENA del Señor. Como lo hacían todas las familias judías, también Jesús se reunió con sus discípulos para celebrar la pascua y compartir la cena pascual. Como nos indica la primera lectura de hoy (Éx 12, 1-8.11-14), se recordaba en esta celebración la liberación del pueblo hebreo de su cautiverio en Egipto.

En el curso de estos ritos, el jefe de la familia recordaba los hechos más importantes de la historia del Pueblo de Dios. Era como una solemne renovación de la Antigua Alianza entre Dios y su pueblo.

Es esta Pascua judía la que Jesús desea comer con sus discípulos. Pero ésta se va transformando esta noche, la víspera de la Pasión del Señor. El Cordero de Pascua de esta noche va a ser el mismo Jesús, que se ofrece a sus discípulos como alimento, y que pronto dará su vida en la cruz.

Con esto se inicia una Nueva Alianza: un nuevo Pueblo va a sellar una Alianza Nueva con Dios. Es lo que nos recuerda San Pablo en la segunda lectura de hoy (1Cor 11, 23-26): “Este cáliz es la nueva alianza sellada con mi sangre”.

Jueves Santo,el inicio de los sacramentos de la Nueva Alianza.
Con ello, el Jueves Santo es el inicio de los sacramentos de la Nueva Alianza. Durante la cena instituye Jesús la Eucaristía y el Sacerdocio. Pero hay algo más: por la mañana del Jueves Santo se celebra en la Catedral de cada diócesis la MISA CRISMAL. En ella el Obispo consagra los santos óleos, que servirán a lo largo del año para los diversos sacramentos: Bautismo, Confirmación, Ordenación sacerdotal y episcopal, Unción de los enfermos.

Pero el núcleo de toda la vida sacramental en la iglesia es la Eucaristía. En cada Misa se repiten los gestos y las palabras de Jesús cuando instituyó la Eucaristía, el Jueves Santo, víspera de su muerte. En cada Misa se celebra la Pascua de la Nueva y Eterna Alianza.

No hay más que una sola víctima, Cristo, que se ofrece sobre la cruz, aunque haya innumerables Misas. No hay más que un solo sacerdote, Jesucristo, aunque alrededor del altar haya hombres que son sacerdotes de la Iglesia.

Eucaristía, sacramento de unidad y de amor.
La Eucaristía es por excelencia, el Sacramento de la unidad, realizada por Cristo. Por eso, el Señor hoy nos pregunta: ¿cómo vivimos nosotros la unidad con nuestros hermanos? Si nuestro corazón es limpio, pero cerrado a los demás, ¿de qué sirve?

Nuestro corazón tiene que abrirse a los hermanos en la medida que entra el Pan de la unidad. Y la misma Eucaristía, una vez que hemos participado en el Cuerpo del Señor, nos compromete para hacer la unidad entre los hermanos: cuando salgo de la Misa, tengo que llevar esta unidad eucarística a mi casa, mi trabajo, mi barrio, mi parroquia, mi partido político, a todos mis hermanos.
Todo país necesita la unidad en Dios y en María: una unidad que surge de la fe cristiana, que surge de la fraternidad eucarística.

La Eucaristía es también el Sacramento del amor. Jesús mismo, en el Evangelio de hoy, nos muestra como Él entiende eso. En un gesto de humildad y amor servicial les lava los pies a los discípulos. Nos revela de ese modo que ser Dios es SERVIR: nos muestra a un Dios que, porque ama, sirve a quienes ama; porque ama, se entrega a todos los que lo buscan con un corazón sincero.

Con ello, Jesucristo quiere dar un ejemplo, no sólo a los sacerdotes, sino a todo su pueblo: “Si yo os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros los pies unos a otros. Os he dado ejemplo para que lo que yo he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis”.

Hoy más que nunca, todos los cristianos debemos entender nuestra vida como un gran servicio permanente al hermano: al hermano necesitado, al hermano que está cerca, al hermano que depende de nuestro amor. Y sabemos que servir generosa y desinteresadamente no es fácil, porque va a contramano con nuestro egoísmo, con nuestro afán de dominar, de servirnos de ellos.

La Sma. Virgen entendía así su vida. En la hora de la Anunciación se proclama la esclava del Señor. Es porque sabe que la vocación de ser la Madre de Dios le exige convertirse en la primera servidora de Dios y de los hombres.

Queridos hermanos, la Eucaristía, instituida el primer jueves Santo, es el sacramento de la unidad y del amor servicial. Pidámosle, por eso, al Señor que nos regale ese espíritu y que nos haga trasmitirlo a todos nuestros hermanos. Sólo así podremos construir juntos una nueva patria, más cristiana, más fraternal, más solidaria.

¡Qué así sea!
En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
Amén.

Padre Nicolás Schwizer
Instituto de los Padres de Schoenstatt



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