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El Padre misericordioso (Hijo pródigo)
El Padre misericordioso (Hijo pródigo)
Ciclo C - Domingo 4 de Cuaresma / Lucas 15, 1-3. 11-32: “Este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido”


Por: Padre Nicolás Schwizer | Fuente: Homilías del Padre Nicolás Schwizer



En aquel tiempo, se acercaban a Jesús todos los publicanos y los pecadores para oírle. Y los fariseos y los escribas murmuraban, diciendo: Este acoge a los pecadores y come con ellos. Jesús les dijo esta parábola: Un hombre tenía dos hijos; y el menor de ellos dijo al padre: “Padre, dame la parte de la hacienda que me corresponde.” Y él les repartió la hacienda. Pocos días después el hijo menor lo reunió todo y se marchó a un país lejano donde malgastó su hacienda viviendo como un libertino. «Cuando hubo gastado todo, sobrevino un hambre extrema en aquel país, y comenzó a pasar necesidad. Entonces, fue y se ajustó con uno de los ciudadanos de aquel país, que le envió a sus fincas a apacentar puercos. Y deseaba llenar su vientre con las algarrobas que comían los puercos, pero nadie se las daba. Y entrando en sí mismo, dijo: “¡Cuántos jornaleros de mi padre tienen pan en abundancia, mientras que yo aquí me muero de hambre! Me levantaré, iré a mi padre y le diré: Padre, pequé contra el cielo y ante ti. Ya no merezco ser llamado hijo tuyo, trátame como a uno de tus jornaleros.” Y, levantándose, partió hacia su padre. «Estando él todavía lejos, le vio su padre y, conmovido, corrió, se echó a su cuello y le besó efusivamente. El hijo le dijo: “Padre, pequé contra el cielo y ante ti; ya no merezco ser llamado hijo tuyo.” Pero el padre dijo a sus siervos: “Traed aprisa el mejor vestido y vestidle, ponedle un anillo en su mano y unas sandalias en los pies. Traed el novillo cebado, matadlo, y comamos y celebremos una fiesta, porque este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida; estaba perdido y ha sido hallado”. Y comenzaron la fiesta. Su hijo mayor estaba en el campo y, al volver, cuando se acercó a la casa, oyó la música y las danzas; y llamando a uno de los criados, le preguntó qué era aquello. Él le dijo: “Ha vuelto tu hermano y tu padre ha matado el novillo cebado, porque le ha recobrado sano.” El se irritó y no quería entrar. Salió su padre, y le suplicaba. Pero él replicó a su padre: “Hace tantos años que te sirvo, y jamás dejé de cumplir una orden tuya, pero nunca me has dado un cabrito para tener una fiesta con mis amigos; ¡ahora que ha venido ese hijo tuyo, que ha devorado tu hacienda con prostitutas, has matado para él el novillo cebado!” Pero él le dijo: “Hijo, tú siempre estás conmigo, y todo lo mío es tuyo; pero convenía celebrar una fiesta y alegrarse, porque este hermano tuyo estaba muerto, y ha vuelto a la vida; estaba perdido, y ha sido hallado.”

Reflexión

El Evangelio del Hijo pródigo que acabamos de escuchar nos da un testimonio maravilloso de la misericordia de Dios-Padre.

La primera parte de la parábola muestra la conducta pecadora y penitente de hijo menor. Hay que ver que fuertes fueron sus pecados contra el Padre.

Por la pretensión de recibir su parte de la fortuna paternal, rompe sus relaciones filiales con el padre. Porque según las leyes judías esta pretensión era imposible e insolente. Al hijo pródigo le falta así totalmente el amor y la obediencia a su padre.

Y después emigra con su parte de la fortuna paterna y la malgasta hasta el último centavo.

Bajo el peso de esta culpa, hay que ver la actitud del padre: El padre no deja que el hijo haga todo el camino, sino que sale a su encuentro. Tampoco le deja terminar su acusación, ni le reprocha nada.

Sino lo besa como signo de perdón. Le da sandalias, que distinguen al libre del criado. Hace vestirlo con el mejor traje, como honor extraordinario. Y le regala, incluso, un anillo - expresión del poder que le confiere. Así le sigue considerando como hijo y celebra con una fiesta su vuelta a la casa.

En el padre de esta parábola, Cristo quiere mostramos la imagen de Dios Padre. Y esta actitud del Padre celestial se puede comprender sólo desde su amor paternal. Porque sabemos que todo el actuar de Dios es motivado y conducido por amor y mediante amor.

Pero nosotros, quizás, confiamos demasiado en el amor justiciero de Dios: que Él nos ama en razón de nuestros esfuerzos y méritos propios. Contamos con nuestro ser bueno, para recibir el amor de Dios, para recibir nuestra recompensa bien merecida.

Pero cuando somos sinceros, debemos declaramos como “siervos inútiles” (Mt 25, 30). Así debemos reconocer siempre de nuevo que somos pecadores, que quedamos con nuestras limitaciones y debilidades, que no logramos superarlas a pesar de todos nuestros esfuerzos. Entonces comprendemos que tenemos que vincular nuestra miseria personal con la misericordia de Dios.

Porque lo más profundo del amor paternal de Dios es su misericordia. Él ama a sus hijos no tanto por sus méritos, sino porque es Padre. Él no quiere más que amar a sus hijos sin límites.

Un verdadero padre no abandona, cuando uno de los suyos está en la miseria. Al contrario, entonces lo ama con preferencia, porque sabe que necesita del padre, sobre todo en esa situación difícil. Así lo hace el padre en la parábola con su hijo perdido. Así lo hace el Padre celestial con nosotros, sus hijos.

No quiere decir que nosotros mismos no debamos esforzarnos - pero no tengamos por demasiado importante nuestra propia obra. En el fondo sólo es importante el amor de Dios, su misericordia y su perdón paternal. Por eso, también la parábola del hijo pródigo debiera llamarse mejor “parábola del Padre misericordioso”.

Para que Dios pueda actuar, Él exige de nosotros una condición, tal como lo hizo el hijo en la parábola: Que conozcamos y reconozcamos en humildad nuestra culpa; que nos arrepintamos de nuestros pecados y faltas; que confiemos en la misericordia de Dios; que volvamos a la casa del Padre. Es la misma actitud que el sacramento de la confesión pide de nosotros.

Así entendemos que la parábola del hijo pródigo y del padre misericordioso es la parábola e historia de la vida humana, la parábola e historia de nuestra propia vida: de nuestra miseria y de la misericordia de Dios para con nosotros.

Tenemos un Padre tan bueno en el cielo quien nos ama a pesar de toda nuestra debilidad, más aún: quien nos ama a causa de nuestra debilidad.
Volvamos, por eso, filialmente hacia ese Padre tan bueno, entreguémonos sin reservas a Él, pongamos nuestras vidas en sus manos misericordiosas. Entonces Él nos acogerá de nuevo como sus hijos predilectos y nos hará experimentar su fidelidad, su amor y su generosidad sin límites.

Queridos hermanos, ese sabernos y sentirnos hijos de Dios Padre es un regalo, una gracia de Dios. Es una gracia que sólo el Espíritu Santo puede darnos. Él es el Espíritu de la filiación. Él nos regala un amor profundo, sencillo y humilde al Padre.

¡Qué así sea!
En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
Amén.

Padre Nicolás Schwizer
Instituto de los Padres de Schoenstatt



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