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El Rosario
El Rosario
Virgen del Rosario - 7 de octubre / Lucas 1, 26-38. Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo


Por: Padre Nicolás Schwizer | Fuente: Homilías del Padre Nicolás Schwizer



Al sexto mes fue enviado por Dios el ángel Gabriel a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la casa de David; el nombre de la virgen era María. Y entrando, le dijo: «Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo». Ella se conturbó por estas palabras, y discurría qué significaría aquel saludo. El ángel le dijo: «No temas, María, porque has hallado gracia delante de Dios; vas a concebir en el seno y vas a dar a luz un hijo, a quien pondrás por nombre Jesús. El será grande y será llamado Hijo del Altísimo, y el Señor Dios le dará el trono de David, su padre; reinará sobre la casa de Jacob por los siglos y su reino no tendrá fin». María respondió al ángel: «¿Cómo será esto, puesto que no conozco varón?» El ángel le respondió: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el que ha de nacer será santo y será llamado Hijo de Dios. Mira, también Isabel, tu pariente, ha concebido un hijo en su vejez, y este es ya el sexto mes de aquella que llamaban estéril, porque ninguna cosa es imposible para Dios». Dijo María: «He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra». Y el ángel dejándola se fue.

Reflexión
1. Celebramos hoy con toda la Iglesia, la fiesta de la Virgen del Rosario. Es el aniversario de la victoria obtenida por los cristianos en la batalla naval de Lepanto, en 1571. Esta victoria se atribuye a la Sma. Virgen, invocada especialmente por la oración del Rosario.

Me parece que esta fiesta y este mes del Rosario quisieran animarnos a rezar más frecuentemente el Rosario. Nosotros como hijos predilectos de María, seguramente seremos amigos también de esta oración tan eficaz y experimentada durante los siglos. Y tal vez no haya una oración que da más alegría a nuestra Madre celestial que la del Rosario.

Cuando pertenecemos al ejercito de los que rezan el Rosario, estamos entre buena gente. Evocando el pasado podemos juntar una multitud inmensa de grandes hombres y mujeres que fueron ejemplares en esto. O pensando en este tiempo moderno, podríamos recordar p.ej. lo que profesó el Papa Juan XXIII: desde su infancia había rezado el Rosario cada día y nunca lo había dejado.

Por todo eso, vamos a reflexionar un poco, ahora, sobre el Rosario, su sentido y su riqueza para nuestra vida cristiana.

2. Cuando contemplamos los misterios del Rosario, vemos que en ellos van unidos los hitos de nuestra historia de salvación. Se dice que Santo Domingo inventó el Rosario. Quiso dar al pueblo un compendio de todo el Evangelio, un medio para meditar los misterios centrales de nuestra salvación.
Estos misterios nos muestran a María como Compañera y Ayudante de Cristo a lo largo de su vida.

En la hora de la Anunciación, María da su asentimiento para la encarnación de Jesucristo, y así queda unida con Él para siempre. Le acompaña y cuida durante toda su infancia y su vida oculta. Es lo que contemplamos en los misterios gozosos del Rosario.

Pero María es también su compañera en los tres años de su vida pública, aunque se mantenga más escondida. Finalmente lo acompaña hasta el pie de la cruz, sufriendo junto con Él. Lo meditamos en los misterios dolorosos del Rosario.

Por su gran fidelidad, María permanece también compañera de Jesús en su Resurrección, Ascensión y Glorificación en el cielo. Participa en el Reino de Cristo y de la Sma. Trinidad siendo la más poderosa abogada del cielo. Lo vemos en los misterios gloriosos del Rosario.

Esta profunda unidad entre Jesús y María resuena, cuando contemplamos los misterios del Rosario. Y rezándolo nos sentimos también enredados en esta vinculación perfecta entre Madre e Hijo. Y sabemos que es el gran anhelo de nuestra Madre celestial, conducirnos y llevarnos de la mano hacia su Hijo Jesucristo y el Dios Trino.

3. Rezar el Rosario así, es signo de nuestro amor a María, signo de nuestra vinculación con Ella y, por medio de Ella, con su Hijo Jesús. Meditando el Rosario, unimos los hechos agradables y tristes de nuestra propia vida con los misterios gozosos y dolorosos de la vida de Jesús y María.

Miguel Angel, el famoso artista, pintó un cuadro famoso, llamado “el juicio final”. Allí los bienaventurados son llevados hacia el cielo por medio de un Rosario. Mediante este símbolo, el pintor quiere decirnos que un amor fiel a la Sma. Virgen, tal como se manifiesta en el rezo del Rosario, nos garantiza la salvación eterna. En la vinculación profunda con Ella estamos siempre en camino hacia la Casa del Padre.

4. Rezar el Rosario no solo es signo de nuestro amor a María, sino también manifestación de nuestra confianza en Ella. Es la confianza de los hijos en su Madre. Conocemos el lema de San Bernardo inscrito en los Santuarios de Schoenstatt: “Un hijo de María no puede perderse nunca”.

Meditando los misterios dolorosos del Rosario, nos acordamos de nuestro sufrimiento y cruz personal y familiar. Y porque nosotros mismos no encontramos solución a nuestros problemas, los ponemos en manos de María y pedimos su ayuda poderosa. Y Ella, como Madre nuestra, no puede negarse a nuestros ruegos insistentes.

5. Rezar el Rosario quiere ser, por último, expresión de nuestra gratitud. En general estamos mucho más prontos para pedir que para agradecer. Porque somos egoístas también en nuestro orar.
Meditar el Rosario nos inspira a dar las gracias por estos misterios de salvación, por nuestra vocación cristiana, por todos los regalos que Dios y María nos hacen en nuestra vida, día tras día.

Queridos hermanos, me parece que la Virgen nos invita a todos a rezar más frecuentemente, esta oración tan rica y profunda que es el Santo Rosario - expresión y signo de nuestro amor, nuestra confianza y nuestra gratitud, frente a la Sma. Virgen y a Dios.

¡Qué así sea!
En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
Amén.

Padre Nicolás Schwizer
Instituto de los Padres de Schoenstatt

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