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Espíritu Santo, espíritu de amor y solidaridad
Espíritu Santo, espíritu de amor y solidaridad
Pentecostés - Juan 20, 19-23


Por: Padre Nicolás Schwizer | Fuente: Homilías del Padre Nicolás Schwizer



Al atardecer de aquel día, el primero de la semana, estando cerradas, por miedo a los judíos, las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos, se presentó Jesús en medio de ellos y les dijo: «La paz con vosotros». Dicho esto, les mostró las manos y el costado. Los discípulos se alegraron de ver al Señor. Jesús les dijo otra vez: «La paz con vosotros. Como el Padre me envió, también yo os envío». Dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos».

Reflexión
El Espíritu Santo es el Espíritu de amor. Porque sabemos que el Dios Trino, en su vida íntima y esencial, “es amor” (1 Jn 4, 8). Dios no tiene ni fe ni esperanza, sólo amor. Por eso desaparecerán fe y esperanza en el cielo, sólo “el amor no pasará nunca” (1 Cor 13,8).

Y el Espíritu Santo es la expresión personal de este ser-amor de Dios. Porque Él es el amor entre Padre a Hijo hecho persona. Porque el amor entre Padre a Hijo es tan profundo a intenso que se convirtió en persona. El Espíritu es, por eso, en la Trinidad el vínculo de amor entre Padre a Hijo.

Pero también frente a los hombres se le atribuye a Él especialmente las obras de amor. No podemos realizar ningún gesto, ningún afecto de amor sin que el Espíritu nos guíe o estimule.

Entonces, lo que aumenta el amor en nosotros no es tanto el ejercicio ascético, sino la acción del Espíritu en nuestro interior. Por eso, tenemos que dejar que el amor que llevamos dentro, por la presencia del Espíritu, se abra paso en nuestra vida. El amor no puede forzarse. Nace, despierta, surge. Es el aleteo del Espíritu en lo más profundo de nuestro ser. Y el arte de amar está en reconocerlo, aceptarlo y seguirlo. Si no amamos bien, es porque no reconocemos la presencia del Espíritu Divino en nosotros, no cedemos a sus impulsos, no abrimos las puertas a su actuar.

San Pablo confirma, en su carta a los gálatas (5,22) que el primer fruto del Espíritu Santo es el amor. Es Él quien despierta y enciende el amor sobrenatural en nosotros. Por eso nos recuerda la carta a los romanos: “El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado” (5,5).

El amor es la ley fundamental del Reino de Dios. Es la ley por la cual se nos va a juzgar a cada uno al final de los tiempos: “Tuve hambre y me alimentaron, tuve sed y me dieron de beber.” (Mt 25, 35).

Se nos va a juzgar a partir del amor, de un amor muy real y concreto. Es un amor al Dios que se identifica plenamente con el hermano necesitado. Es el Dios a nuestro alcance, el Dios presente en el corazón de los demás. Y el Espíritu, que está dentro de mí, hace de puente para llegar a los hermanos. En Él los encuentro, en Él los entiendo y en Él los amo.

El auténtico amor se manifiesta y realiza cuando es capaz de traducirse en solidaridad. Porque el amor es una fuerza de unión, una tendencia a considerar al otro como parte de mi propio ser, como mi verdadero hermano en Cristo.

Por eso, amar es compartir: sentir mías las alegrías, las esperanzas, las angustias y las necesidades del otro. Y hacerle sentir que también lo mío - mi corazón, mi tiempo, mi pan - está a su disposición. En esto consiste la solidaridad. Y en este tiempo difícil que está viviendo nuestro pueblo, es necesario que todos seamos solidarios con los hermanos necesitados. Además, es el único signo por el cual los hombres podrán reconocernos como discípulos de Cristo e instrumentos del Espíritu Divino.

Queridos hermanos, el amor es el primer fruto del Espíritu. Y es el mismo Espíritu presente y activo en nosotros, que es amor y que es solidaridad. Esta manera de entender el amor humano como fruto de la presencia y actividad del Espíritu Santo en nosotros, es lo que le da su dignidad, su profundidad y su divinidad. Y a nosotros nos hace despertar con gratitud y gozo al reconocer que llevamos y administramos en nosotros el amor de Dios.

Por eso: “Ven, Espíritu Santo, llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos el fuego de lo amor”.

¡Qué así sea!
En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
Amén.

Padre Nicolás Schwizer
Instituto de los Padres de Schoenstatt


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