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Santos Judas y Simón, apóstoles
Santos Judas y Simón, apóstoles

Santos Judas y Simón, apóstoles - 28 de octubre / Lucas 6, 12-19: Escogió a doce de ellos y los nombró apóstoles


Por: Padre Nicolás Schwizer | Fuente: Homilías del Padre Nicolás Schwizer



Por aquellos días subió Jesús al monte a orar, y se pasó la noche en la oración de Dios. Cuando se hizo de día, llamó a sus discípulos, y eligió doce de entre ellos, a los que llamó también apóstoles. A Simón, a quien llamó Pedro, y a su hermano Andrés; a Santiago y Juan, a Felipe y Bartolomé, a Mateo y Tomás, a Santiago de Alfeo y Simón, llamado Zelotes; a Judas de Santiago, y a Judas Iscariote, que llegó a ser un traidor. Bajando con ellos se detuvo en un paraje llano; había una gran multitud de discípulos suyos y gran muchedumbre del pueblo, de toda Judea, de Jerusalén y de la región costera de Tiro y Sidón, que habían venido para oírle y ser curados de sus enfermedades. Y los que eran molestados por espíritus inmundos quedaban curados. Toda la gente procuraba tocarle, porque salía de él una fuerza que sanaba a todos.

Reflexión
Con toda la Iglesia celebramos hoy la fiesta de dos grandes santos: los apóstoles Judas y Simón. Como todos los santos, ellos son nuestros intercesores ante el trono de Dios. Pero también y ante todo, ellos son los grandes modelos para nuestra propia vida. Quieren ser nuestros guías en el camino hacia el Padre.

Ahora, ¿de dónde sacaron estos dos santos la fuerza para vivir esta vida ejemplar? ¿Cuál es el misterio de su vida?

El misterio de su vida se llama Jesucristo. El misterio de su vida es: seguirle a Cristo por todos sus caminos. Desde que fueron llamados por el Señor - tal como escuchamos en el Evangelio de hoy - le siguieron generosa y fielmente, cumpliendo su misión de apóstol. Incluso se fueron a países lejanos y desconocidos para anunciar el mensaje de su Maestro.

Seguirle a Cristo es y debe ser el misterio de vida de cada cristiano, también de cada uno de nosotros. Porque toda la predicación de Jesús es invitación para seguirle, y está dirigida - como sabemos - a cada ser humano.

También nosotros, en nuestro Bautismo, fuimos llamados, por primera vez, a la imitación de Cristo. Y desde entonces, Dios repitió y renovó esta invitación muchas veces y de muchas maneras. También hoy Dios vuelve a llamarnos, en la fiesta de estos grandes apóstoles.

Los seguidores y los admiradores de Cristo
Podemos distinguir dos clases de cristianos: los seguidores y los admiradores de Cristo. El admirador no compromete su persona: admira, mira desde afuera y no se esfuerza en ser como lo que admira. El seguidor, en cambio, es o procura ser lo que admira.

Jesús mismo insiste siempre en que es necesario seguirle. Jamas dice que busca admiradores. Deja bien en claro que los suyos deben seguirle en su vida y no sólo aceptar su doctrina. Porque una fe que no se traduce en vida, no vale nada y no consigue preservar de la perdición eterna.

Entonces, ¿cómo podemos seguirle a Jesús? La condición fundamental para la imitación del Señor es el encuentro personal con Él. Para poder y querer seguirle a Cristo tenemos que conocerlo a Él, mirando su vida, escuchando sus enseñanzas. Si no lo conocemos, si no sabemos nada de su generosidad, ni de su entrega desinteresada, ni de su amor desbordante hacia nosotros - nunca vamos a tener ganas de seguirle verdaderamente.

No tenemos la suerte de San Judas y San Simón, de haber nacido en tiempos de Jesús. Sin embargo existen muchos caminos, muchos lugares de encuentro con Cristo, si lo buscamos sinceramente.

Allí está por ejemplo en esta Eucaristía que estamos celebrando juntos. En el Evangelio, Jesús nos habla personalmente a cada uno de nosotros. Y en la comunión, Él mismo nos invita a comer su Cuerpo y tomar su Sangre entrando así en la más profunda comunión con Él.

El camino de la cruz
Seguir a Cristo es penetrar en el camino del amor. Pero quien comienza a amar, comienza a sufrir. Y Jesús nunca ocultó que seguirle es duro. No ofrece seguridad sino riesgo. No nos ofrece caminos de triunfo, sino el fracaso de la cruz. Porque el que le sigue, acepta también la suerte de su Maestro: el sufrimiento y la cruz.

En la vida de nuestros santos apóstoles tampoco faltó dolor y sufrimiento. Lo aceptaron por amor a Cristo. Y siguieron a su Maestro hasta la última entrega: coronaron su vida por el martirio.

Queridos hermanos, seguir a Cristo incluye sufrimiento y cruz, pero también nos colma de una alegría profunda y una paz permanente. Y al fin del camino nos espera, en comunión con todos los santos, la felicidad de Cristo para siempre.

¡Qué así sea!
En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
Amén.

Padre Nicolás Schwizer
Instituto de los Padres de Schoenstatt


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