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El respeto entre padres e hijos
El respeto entre padres e hijos
¡Los hijos ya no respetan!, solemos escuchar. Pero, ¿sabemos en qué consiste el respeto de los padres hacia los hijos?


Por: Padre Nicolás Schwizer | Fuente: Retiros y homilías del Padre Nicolás Schwizer



Cuando un hijo nace, lo amamos porque es nuestro hijo. Pero en realidad amamos un pequeño gran misterio. No sabemos cómo es, qué características tiene, cuál será su vocación. No sabemos, en definitiva, cuál es el querer de Dios para él. La verdad es que no sabemos nada. De esta realidad surge como una expresión de nuestro amor el respeto.

¿Qué es el respeto de los padres? Es una actitud de consideración expectante y benevolente por lo que el hijo es, por lo que puede ser, por lo que debe ser, según el querer de Dios. Y en la medida en que el misterio de esa vida se va revelando y los papás lo van descubriendo, lo acogerán y empezarán a orientarlo con amor respetuoso. Esto les exige una actitud de meditación y de diálogo sobre la realidad del hijo, para ir descubriendo la voluntad de Dios que hay en él.

¿Qué han de respetar entonces en el hijo? Lo primero es el respeto a su dignidad de hijo de Dios y a su dignidad de persona. Porque cada hijo es creatura nacida por el amor de Dios y habitada por Él. Y nuestro respeto en lo más profundo se dirige a Dios y su presencia en el hijo. Y Dios lo quiere tal como es: con esa realidad física, con esas cualidades humanas, esas inquietudes y anhelos y también esas imperfecciones. Y nosotros hemos de aceptarlo y respetarlo tal como es.
Y eso incluye también, en segundo lugar, respeto al proceso de su crecimiento y desarrollo. Es un respeto activo que implica estimular, apoyar, motivar y comprender ese desarrollo. Es un respeto que sabe que todo el proceso es una búsqueda y una realización de ese ser personal, único, original y libre que ha de llegar a ser nuestro hijo, según el querer de Dios.

El Padre Kentenich, fundador del Movimiento Apostólico de Schoenstatt, exhorta al respecto: “Tenemos que cuidarnos ante el enemigo mortal del auténtico respeto: el molde. ¡Por favor, no introduzcan moldes en la educación!”
Pero también a los hijos les corresponde tener la misma actitud de respeto frente a sus papás, según el mandamiento divino de “honrar padre y madre”.

Y el mejor camino para conseguir este respeto de ellos, nos indica San Mateo en su evangelio (7,12): “Todo lo que quieras que los demás hagan contigo hazlo tú con ellos”.
Creo que es difícil inventar un principio más sabio y rotundo que éste. Aplicado a nuestro caso: ¿Quieres ser respetado? ¡Respeta! O como afirma el Padre Kentenich: “respeto al ser regalado por el educador, recibe como un eco, el respeto del educando”.

Cuando existe respeto, esa consideración mutua -a pesar y a través de todas las fallas- entonces la convivencia familiar es llevadera, es agradable, es maravillosa. Este respeto tiene que acompañar a todo amor, porque no hay auténtico amor sin respeto. Y según el Padre Kentenich, el respeto es hoy en día más necesario aún que el amor. Porque la carencia de respeto ante todo lo vital, es una enfermedad de nuestra época.

Los padres humanos. Si queremos previvir el Reino de Dios acá en la tierra, los padres humanos deben ser verdaderas autoridades paternales, reflejos de Dios. Lo que se busca, son padres llenos de amor, padres generosos, comprensivos, misericordiosos, tal como el Padre celestial lo es para con nosotros. Y la pregunta es si nosotros estamos a la altura de esa paternidad. ¿Qué hacemos nosotros si un hijo nuestro va por un mal camino? ¿Qué hago p.ej. si un hijo me roba dinero o falsifica un cheque de mi chequera? ¿Le rompo la cabeza? ¿O qué hago si una hija mía, soltera, está esperando familia? ¿La echo de la casa? ¿Cuál es mi reacción a situaciones de este tipo? ¿Es una reacción de justicia, violencia, amor? ¿Soy capaz de actuar como el padre del hijo pródigo, es decir, con esa generosidad increíble, esa comprensión incomprensible, ese amor misericordioso?

Son necesarios más padres de esta clase, de esta grandeza. Que desarrollen una nueva paternidad, paternidad, humana y divina a la vez.

Preguntas para la reflexión

1. ¿Cómo es la relación con mis hijos?
2. ¿Respeto a mis hijos o sólo exijo respeto?
3. ¿Consulto con mi cónyuge las decisiones?


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