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Criterios humanos y divinos
Criterios humanos y divinos

Ciclo A. Domingo 22 / Mt 16,21 27 - El hombre moderno, cuando reflexiona, se inquieta y hasta se angustia frente al mundo. Aunque cada vez lo comprenda y domine más, sigue siendo incapaz de darle un sentido.


Por: Padre Nicolás Schwizer | Fuente: Homilías del Padre Nicolás Schwizer



Mateo 16, 21-27
Desde entonces comenzó Jesús a manifestar a sus discípulos que él debía ir a Jerusalén y sufrir mucho de parte de los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, y ser matado y resucitar al tercer día. Tomándole aparte Pedro, se puso a reprenderle diciendo: «¡Lejos de ti, Señor! ¡De ningún modo te sucederá eso!» Pero él, volviéndose, dijo a Pedro: «¡Quítate de mi vista, Satanás! ¡Escándalo eres para mí, porque tus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres! Entonces dijo Jesús a sus discípulos: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame. Porque quien quiera salvar su vida, la perderá, pero quien pierda su vida por mí, la encontrará. Pues ¿de qué le servirá al hombre ganar el mundo entero, si arruina su vida? O ¿qué puede dar el hombre a cambio de su vida? «Porque el Hijo del hombre ha de venir en la gloria de su Padre, con sus ángeles, y entonces pagará a cada uno según su conducta.

Reflexión
En el texto que acabamos de escuchar, el apóstol Pedro recibe la más áspera reprensión de todo el Evangelio: “Quítate de mi vista, Satanás, que me haces tropezar, tú piensas como los hombres, no como Dios”.
La palabra del Señor es singularmente dura. Muestra que el asunto es muy importante para Él. Su camino lo va a conducir al Gólgota, según la voluntad del Padre. Y si Pedro se lo quiere impedir, Jesús tiene que rechazarlo, porque Pedro no piensa con criterios sobrenaturales, sino con criterios meramente naturales.

La inquietud nuestra del día a día.
El hombre moderno, cuando reflexiona, se inquieta y hasta se angustia frente al mundo. Aunque cada vez lo comprenda y domine más, sigue siendo incapaz de darle un sentido.
Sólo el cristiano, con la fe, penetra el misterio del mundo. Desde la Encarnación, cada cosa, cada acontecimiento, cada persona tiene un doble aspecto: uno terrestre y otro celestial. Sólo el cristiano puede contemplar el universo y la humanidad en toda su verdad. Sólo él posee la fe, esta doble visión que le permite penetrar el mundo en su totalidad. Por la fe cambiamos nuestra miopía por la mirada misma de Dios.

Si supiéramos contemplar la vida con los ojos de Dios, veríamos que en el mundo no hay nada profano, sino que todo tiene su sentido y su misión en la construcción del Reino de Dios. Entonces comprenderíamos que todo no es más que una gran marcha de los hombres y de todo el universo, hacia Dios.
Si hubiéramos purificado suficientemente nuestra mirada, el mundo dejaría de ser un obstáculo para nosotros. Sería, por el contrario, una exigencia continua de trabajar para el Padre, a fin de que su reino se realice en la tierra.

Pero, ¿para cuántos la fe es esta luz que ilumina toda la vida y la orienta hasta en sus más pequeños detalles? A decir verdad, todos nosotros estamos, permanentemente, en peligro de ver el mundo, los acontecimientos, la vida, sólo con nuestros miopes ojos naturales.

Nos parece que Dios no habla el mismo lenguaje que nosotros.
Por eso nos resulta tan difícil comprenderlo. Dios no tiene las mismas ideas, ni la misma mentalidad, ni los mismos criterios que nosotros.

Por eso, resignémonos a ser transformados en nuestra manera de ver las cosas. Si queremos perfeccionarnos y perfeccionar nuestra vida, no estemos contentos con la miopía del hombre. Encontremos a Cristo, unámonos con Él: y procuremos pensar como Él, ver como Él, vivir como Él. Él nos dará su mirada y así conoceremos mejor el verdadero sentido del mundo, de la vida, de los acontecimientos.

Esto es precisamente lo que nos exhorta San Pablo en la segunda lectura de hoy: “No os ajustéis a este mundo, sino transformaos por la renovación de la mente, para que sepáis discernir lo que es la voluntad de Dios, lo bueno, lo que agrada, lo perfecto”.

Pero, a pesar de todos nuestros esfuerzos, seguiremos en esta tensión permanente entre la esperanza humana y divina, entre el pensar natural y sobrenatural. La misma tensión la sufre, con toda su carga, el profeta Jeremías, como nos lo manifiesta la primera lectura de hoy: Él tiene que predicar el mensaje, los designios, la voluntad de Dios. Pero el pueblo no lo comprende, ni lo quiere escuchar, sino que se burla de él, se ríe de él.

Luchar contra la corriente.
Así sucede con todos los que no quieren establecerse definitivamente en este mundo, ni adaptarse a la voluntad de la mayoría. Así va a suceder también con nosotros, si resistimos al conformismo de nuestro tiempo, si vamos contra la corriente de la propaganda y de la opinión pública.
Y así sucederá, sobre todo, si nos decidimos plenamente por Cristo y le seguimos fielmente en su camino. Porque no existe imitación de Cristo sin cruz. El Evangelio de hoy nos lo recuerda: “El que quiera venirse conmigo que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga”.

Pero, al mismo tiempo, Jesús nos promete también una recompensa infinita: “El Hijo del hombre vendrá entre sus ángeles, con la gloria de su Padre, y entonces pagará a cada uno según su conducta”.

¡Qué así sea!
En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
Amén.


Padre Nicolás Schwizer
Instituto de los Padres de Schoenstatt


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