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Filialidad
Filialidad

Ciclo A Domingo 26 / Mt 21,28-32 - Si soy un hombre filial, no me preocupo innecesariamente. Dios ha preparado y previsto el plan de mi vida, y ya lo está realizando.


Por: Padre Nicolás Schwizer | Fuente: Homilías del Padre Nicolás Schwizer



Mateo 21, 28-32
«Pero ¿qué os parece? Un hombre tenía dos hijos. Llegándose al primero, le dijo: ´Hijo, vete hoy a trabajar en la viña.´Y él respondió: ´No quiero´, pero después se arrepintió y fue. Llegándose al segundo, le dijo lo mismo. Y él respondió: ´Voy, Señor´, y no fue. ¿Cuál de los dos hizo la voluntad del padre?» - «El primero» - le dicen. Díceles Jesús: «En verdad os digo que los publicanos y las rameras llegan antes que vosotros al Reino de Dios. Porque vino Juan a vosotros por camino de justicia, y no creísteis en Él, mientras que los publicanos y las rameras creyeron en Él. Y vosotros, ni viéndolo, os arrepentisteis después, para creer en Él.

Reflexión
Jesucristo “se rebajó hasta someterse incluso a la muerte, y una muerte de cruz”. Este pasaje de la segunda lectura de hoy, nos revela cuál es el gran ideal y misterio de la vida y fecundidad del Señor: cumplir siempre y en todo la voluntad del Padre. Cada impulso de su corazón, de su voluntad y de su cuerpo, no está determinado por los deseos de la naturaleza. No, solamente la voluntad amorosa del Padre lo decide todo.

Seguramente, en ciertas oportunidades clama su naturaleza: “Padre, si es posible, que pase de mí este cáliz”, dice Jesús en Getsemaní. Pero esta súplica resulta sobrepasada por las solemnes palabras: “Mas hágase tu voluntad y no la mía”. (Mt 26,39)

Que no sólo digamos que sí...
En el Evangelio de hoy, en la parábola de los dos hijos, Jesús exige esta actitud suya también de nosotros: que no sólo digamos que sí sino que - sobre todo - hagamos la voluntad del Padre. La verdadera grandeza del hombre está en entregarse, en cada momento, como Cristo a la voluntad del Padre.

Es la actitud característica del niño ante el Padre. Nuestra verdadera santidad consiste, por eso, en entregamos filialmente a Dios-Padre, tal como lo hizo Jesús. Seremos tanto más perfectos y grandes, cuanto más imitemos ese saberse y sentirse niño de Cristo (hijo, de Jesús).

Y lo mismo si miramos a dos grandes santos de todos los tiempos: Santa Teresita y San Francisco de Asís. Y si nos preguntamos, por qué son santos tan grandes y tan amables, la respuesta no es muy difícil: Es porque eran perfectamente niños ante Dios. Los dos vivían, en su tiempo, ejemplarmente la actitud de la filialidad, sencillez, espontaneidad en su relación con Dios-Padre. Y así nos muestran también a nosotros el camino más rápido y más eficaz para conseguir nuestra perfección cristiana.

Pero el hombre moderno está enfermo: Él no quiere ser hijo de Dios, más bien quiere sacar a Dios de su trono para ocuparlo él. Uno de los grandes educadores suizos, Enrique Pestalozzi opina que la calamidad más grande de la humanidad actual es la pérdida del sentido filial. Porque Dios puede desplegar su paternidad sólo cuando el hombre es niño, cuando se abre filialmente ante Él.

Lo que nos fascina en el niño es, especialmente, su simplicidad y su sencillez.
También nuestra filialidad es perfecta sencillez. Significa ser grande y fuerte en la vida exterior, pero en la vida espiritual ser ingenuo, franco, espontáneo. Significa ser auténticos hombres y mujeres en el mundo, para ser niños ante Dios. Cuando el hombre vuelve a ser niño ante Dios, cae todo lo superfluo, todo lo accesorio, todo lo artificial.
La filialidad da una idea de la simplicidad y sencillez de Dios. Por¬que Dios es la persona más simple, más sencilla que existe. Entonces, cuanto más lleguemos a ser como los niños, tanto más lograremos asemejarnos a Dios.

El Padre José Kentenich, Fundador del Movimiento Apostólico de Schoenstatt, quien ha vivido ejemplarmente la filialidad ante Dios y la paternidad ante muchos, nos dice: Si soy un hombre filial, no me preocupo innecesariamente. Dios ha preparado y previsto el plan de mi vida, y ya lo está realizando. Lo que me toca en cada momento, está determinado o permitido por Él. Yo sé, por eso, que lo que el Padre me manda, es siempre lo mejor para mí. Y esto me basta.

Como niño vivo para el momento, y en cada momento escucho del Padre lo que debo hacer. Debo decir sí a su plan, y dejarme conducir por Él. Porque como hombre filial sé que mi obra es grande sólo en la medida en que corresponda al deseo del Padre. Y en este filial y alegre sí a mi camino, tengo la solución de todos los enigmas de la vida. Y voy cumpliendo, además, la condición para la entrada en el cielo: “Si no cambiáis y os hacéis como los niños, no entrareis en el Reino de los cielos.” (Mt 18,3)

Queridos hermanos, pidámosle, por eso, a Cristo y María que nos regalen algo de esa actitud de niño tal como tuvieron ellos de un modo tan ejemplar.

¡Qué así sea!
En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
Amén.


Padre Nicolás Schwizer
Instituto de los Padres de Schoenstatt

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