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La viña y los viñadores
El único pueblo que el Señor reconoce como suyo es “un pueblo que produzca frutos


Por: Padre Nicolás Schwizer | Fuente: Homilías del Padre Nicolás Schwizer



Mateo, 21, 33-43.45
En aquel tiempo, Jesús dijo a la multitud de los judíos y a los sumos sacerdotes esta parábola: Era un propietario que plantó una viña, la rodeó con una cerca, cavó en ella un lagar y edificó una torre; la arrendó a unos labradores y se ausentó. Cuando llegó el tiempo de los frutos, envió sus siervos a los labradores para recibir sus frutos. Pero los labradores agarraron a los siervos, y a uno le golpearon, a otro le mataron, a otro le apedrearon. De nuevo envió otros siervos en mayor número que los primeros; pero los trataron de la misma manera. Finalmente les envió a su hijo, diciendo: "A mi hijo le respetarán." Pero los labradores, al ver al hijo, se dijeron entre sí: "Este es el heredero. Vamos, matémosle y quedémonos con su herencia." Y agarrándole, le echaron fuera de la viña y le mataron. Cuando venga, pues, el dueño de la viña, ¿qué hará con aquellos labradores?
Le dicen: A esos miserables les dará una muerte miserable arrendará la viña a otros labradores, que le paguen los frutos a su tiempo. Y Jesús les dice: ¿No habéis leído nunca en las Escrituras: La piedra que los constructores desecharon, en piedra angular se ha convertido; fue el Señor quien hizo esto y es maravilloso a nuestros ojos? Por eso os digo: Se os quitará el Reino de Dios para dárselo a un pueblo que rinda sus frutos. Los sumos sacerdotes y los fariseos, al oír sus parábolas, comprendieron que estaba refiriéndose a ellos. Y trataban de detenerle, pero tuvieron miedo a la gente porque le tenían por profeta.


Reflexión
Al escuchar esta parábola de los viñadores asesinos, nos acordamos de las palabras de Jesús en San Juan: “Yo soy la vid y Uds. las ramas... Si alguna de las ramas no produce fruto, mi Padre la corta.” (Jn 15,1 ss)

Pero todos los oyentes de Jesús pensaron inevitablemente en otro texto de las Sagradas Escrituras: el cántico de la viña, del profeta Isaías, que hemos escuchado en la primera lectura de hoy (Isaías 5, 1-7).

Dios sigue un plan a través de la historia.
Pero no se trata de un designio que Él va ejecutando en contra de la oposición de los hombres. Sino que es un impulso que le brota del corazón, una invitación de amor y de paz que Él dirige a los hombres - a pesar de sus infidelidades y de sus culpas.

Dios sueña con una Alianza entre Él y su pueblo. Él quiere volcar sobre los hombres todo su cariño y su bondad de Padre. Y espera, entonces, que sus dones produzcan frutos dignos del donante: que esos hombres se amen como Él los ha amado.

De esta forma, el amor, la justicia y la misericordia irán invadiendo el mundo, progresivamente. Y algún día la presencia de Dios se hará visible y sensible entre los hombres reconciliados en su nombre. Entonces habrá llegado el Reino de Dios en su plenitud.

Por mucho tiempo, el pueblo Israel creyó que el mismo sería el germen de aquel Reino. Se sentía escogido, preparado por su ley, cultivado por los profetas. Israel se complacía en hacer de su elección una propiedad inalienable, una superioridad orgullosa, un privilegio hereditario.

Ya Juan el Bautista los había sacudido con fuerza al decirles que Dios era capaz de sacar hijos de Abraham de las mismas piedras.

Jesús sigue adelante y confirma esta amenaza anunciando que la viña se les quitaría para confiarla a otros viñadores mejores. Los judíos habían creído que eran ellos la viña. Pero Jesús les dice que eran sólo unos viñadores asesinos, y que la verdadera viña es el Reino de Dios. Y ese Reino se inicia y se hace presente en la persona de Jesús.

Jesús mismo es, en la parábola, el Hijo que viene el último y con quien se va a acabar la historia de Israel. Ya no les enviarán más profetas y el Reino pasará a otros.

¿Y a quién será confiado el Reino?
¿A los paganos? ¿A los cristianos? ¿A la Iglesia? Tengamos cuidado, no sea que nos portemos como Israel y que nos creamos propietarios de una Alianza, herederos de una amistad.
El único pueblo que el señor reconoce como suyo es “un pueblo que produzca frutos”.

Con esta definición nos vemos tan cuestionados como los interlocuto¬res de Jesús, que se indignaron como nosotros de semejante suposición.

¿Tratamos acaso nosotros mejor a los profetas? Y la segunda llegada del Señor, ¿nos encontrará más fieles, más vigilantes, más abiertos que al Israel de la primera venida? ¿Cuáles son los frutos que podremos entregarle al dueño de la viña?

Queridos hermanos, escuchemos esta parábola, no como la condenación de los otros, sino como un examen de nuestra conciencia.

Escuchemos a Jesús anunciar su muerte sin quejarse, preocupado únicamente de prevenir a sus oyentes de las consecuencias terribles que puede tener para ellos su obstinación.

¿Acaso podemos estar seguros de que no nos conciernen también a nosotros sus advertencias, y que no va a repetirse con nosotros la misma historia?

Hermanos, reflexionemos en un momento de silencio sobre ello.

¡Qué así sea!
En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
Amén.

Padre Nicolás Schwizer
Instituto de los Padres de Schoenstatt

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