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Los llamados y los escogidos
Los llamados y los escogidos

Ciclo A Domingo 28 / Mt 22, 1-14 - Muchos buscamos y encontramos una excusa cuando se trata de Dios.


Por: Padre Nicolás Schwizer | Fuente: Homilías del Padre Nicolás Schwizer



Mateo 22, 1-14
Tomando Jesús de nuevo la palabra les habló en parábolas, diciendo: «El Reino de los Cielos es semejante a un rey que celebró el banquete de bodas de su hijo. Envió sus siervos a llamar a los invitados a la boda, pero no quisieron venir. Envió todavía otros siervos, con este encargo: Decid a los invitados: "Mirad, mi banquete está preparado, se han matado ya mis novillos y animales cebados, y todo está a punto; venid a la boda." Pero ellos, sin hacer caso, se fueron el uno a su campo, el otro a su negocio; y los demás agarraron a los siervos, los escarnecieron y los mataron. Se airó el rey y, enviando sus tropas, dio muerte a aquellos homicidas y prendió fuego a su ciudad. Entonces dice a sus siervos: "La boda está preparada, pero los invitados no eran dignos. Id, pues, a los cruces de los caminos y, a cuantos encontréis, invitadlos a la boda." Los siervos salieron a los caminos, reunieron a todos los que encontraron, malos y buenos, y la sala de bodas se llenó de comensales. «Entró el rey a ver a los comensales, y al notar que había allí uno que no tenía traje de boda, le dice: "Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin traje de boda?" Él se quedó callado. Entonces el rey dijo a los sirvientes: "Atadle de pies y manos, y echadle a las tinieblas de fuera; allí será el llanto y el rechinar de dientes." Porque muchos son llamados, mas pocos escogidos».

Reflexión
Muchos hombres dicen que Dios es silencioso, que está lejos, que no lo pueden encontrar. Sin embargo Dios, a través de toda la revelación, nos asegura que Él habla, que llama, que estimula a los hombres, pero que muy pocas veces ha sido escuchado.

Padre de todos los hombres.
Dios dice que Él es, esencialmente, Padre de todos los hombres. Pero parece que los hombres no tienen más que una sola ambición: liberarse, prescindir de Dios. Nos dice también Dios que el hambre que nosotros podemos tener de Dios no es nada en comparación con el hambre que Él tiene de nosotros. Los hombres pueden estar sin Dios, pero Dios no puede, no quiere estar sin los hombres

Como lo dice San Pablo: “Dios quiere que todos los hombres se salven”. Es lo que los teólogos llaman la voluntad salvífica universal de Dios. Su amor de Padre no conoce límites ni pone barreras. Su mayor deseo es que todos los seres humanos, salidos de su mano creadora, puedan participar un día con Él en el banquete celestial. Por eso invita a su mesa incluso a los pecadores y a los paganos, si sus propios hijos se niegan a venir.

Excusas... pretextos.
Muchos buscamos y encontramos excusas o pretextos cuando se trata de Dios. Fácilmente nos encerramos en nuestros propios asuntos: en algún negocio o trabajo que estimamos más urgentes, en una fiesta que debemos participar o en un viaje que tenemos que hacer. Creemos que nuestro caso es legítimo, que nuestros motivos son perfectamente válidos. Y así ponemos mil y un pretextos para no acudir a la cita.

Algunos pensarán: “ya se sobreentiende que soy cristiano, ya basta, que me dejen en paz”. Otros dirán: “soy cristiano a mi manera, no necesito estas manifestaciones externas, que no me molesten”. Son cristianos de nombre, sin coherencia entre su vida y lo que dicen creer.
También existen aquellos que dejamos para más tarde el tiempo de ocuparnos de Dios: después de casarme, cuando haya construido mi casa o mi fortuna, cuando no tenga que trabajar, cuando me dejen en paz mis hijos o mi marido o mi profesión. Entonces será cuando podremos preocuparnos de Dios.

Pero esto significa que echamos a Dios de nuestra vida real, que lo arrinconamos en los templos, que nos negamos a santificar nuestro estado, que juzgamos incompatibles el servicio de Dios y la vida cotidiana que llevamos.

Pero Dios es un Dios de la vida.
El Señor no se desalienta y se dirige de nuevo a nosotros renovando su llamada. Se vale de sus enviados, sus apóstoles, su Hijo Jesucristo, su Iglesia. Por medio de la voz de sus ministros, recuerda a nuestras conciencias dormidas y olvidadizas el destino eterno que nos tiene reservado.

“El que te creó sin ti no te salvará sin ti”, dice San Agustín. Dios quiere nuestra libre aceptación y colaboración. De otro modo no tendría mérito el amor ni el acceso al banquete celestial.

Sin embargo, el tiempo de la paciencia y de la espera de Dios tiene su límite. Por eso tenemos que hacer caso HOY a su palabra, su llamada, su paso en medio de nosotros. Tenemos que darle la respuesta personal de nuestra entrega y compromiso, acudir a su banquete.

Y el Señor nos pide llevar el distintivo de los verdaderos cristianos - el traje de fiesta del que habla la parábola. No pensemos que el invitado sorprendido sin traje de fiesta era algún pobre: en ese tiempo se solía proporcionar a los invitados las túnicas que usarían en la fiesta.

¿Qué significa, entonces, el traje de fiesta?
¿Cuál es el distintivo de los escogidos? No puede ser otro sino el amor al hermano. Pero no un amor cualquiera, sino un amor práctico, que se traduce en obras. Un amor, que se expresa en la justicia, en la solidaridad y en la construcción de una verdadera fraternidad.

Queridos hermanos, si endurecemos nuestro corazón, si no hacemos caso de su invitación, si le damos, la espalda a su llamada, entonces ya quedamos “afuera en las tinieblas”. Lo que pasa es, concluye el Señor al final de la parábola, “que muchos son los llamados, pero pocos los escogidos”.

Pidamos por eso, a Dios, que nos incluya entre los escogidos y que nos permita, participar de su banquete celestial y pertenecer para siempre a su Reino del Cielo. Que María, en estos días de fiesta, interceda por nosotros.

¡Qué así sea!
En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
Amén.

Padre Nicolás Schwizer
Instituto de los Padres de Schoenstatt


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