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Palabra de Dios y nuestra respuesta
Palabra de Dios y nuestra respuesta
Ciclo A Domingo 15 / Mt 13,1-23 - ¿Cuál es el terreno en que la palabra de Dios da fruto?


Por: Padre Nicolás Schwizer | Fuente: Homilías del Padre Nicolás Schwizer



Mateo 13, 1-23
"Aquel día, salió Jesús de casa y se sentó junto al lago. Acudió tanta gente, que tuvo que subirse a una barca; se sentó y la gente se quedó de pie en la orilla. Les habló mucho rato en parábolas: Salió el sembrador a sembrar. Al sembrar, un poco cayó al borde del camino; vinieron los pájaros y se lo comieron. Otro poco cayó en terreno pedregoso, donde apenas tenía tierra; como la tierra no era profunda, brotó en seguida; pero en cuanto salió el sol, se abrasó, y por falta de raíz se secó. Otro poco cayó entre zarzas, que crecieron y lo ahogaron. El resto cayó en tierra buena y dio grano: unos, ciento: otros, sesenta: otros, treinta. El que tenga oídos, que oiga. Se acercaron a Jesús los discípulos y le preguntaron: -¿Por qué les hablas en parábolas? Él les contestó: -A vosotros se os ha concedido conocer los secretos del Reino de los Cielos y a ellos no. Porque al que tiene se le dará de sobra, y al que no tiene, se le quitará hasta lo que tiene. Por eso les hablo en parábolas, porque miran sin ver y escuchan sin oír ni entender. Así se cumplirá en ellos la profecía de Isaías: "Oiréis con los oídos sin entender; miraréis con los ojos sin ver; porque está embotado el corazón de este pueblo, son duros de oído, han cerrado los ojos; para no ver con los ojos, ni oír con los oídos, ni entender con el corazón, ni convertirse para que yo los cure”. Dichosos vuestros ojos porque ven y vuestros oídos porque oyen. Os aseguro que muchos profetas y justos desearon ver lo que veis vosotros y no lo vieron, y oír lo que oís y no lo oyeron". Vosotros, pues, escuchad la parábola del sembrador. Sucede a todo el que oye la Palabra del Reino y no la comprende, que viene el Maligno y arrebata lo sembrado en su corazón: éste es el que fue sembrado a lo largo del camino. El que fue sembrado en pedregal, es el que oye la Palabra, y al punto la recibe con alegría; pero no tiene raíz en sí mismo, sino que es inconstante y, cuando se presenta una tribulación o persecución por causa de la Palabra, sucumba enseguida. El que fue sembrado entre los abrojos, es el que oye la Palabra, pero los preocupaciones del mundo y la seducción de las riquezas ahogan la Palabra, y queda sin fruto. Pero el que fue sembrado en tierra buena, es el que oye la Palabra y la comprende: éste sí que da fruto y produce, uno ciento, otro sesenta, otro treinta.

Reflexiones
El gran reproche, la gran tragedia de los incrédulos modernos es el silencio de Dios. Levantan los ojos al cielo, pero no reciben un signo ni una respuesta de Él. Igualmente muchos de los creyentes, tal vez también nosotros, sentimos que Dios está en la oscuridad y se calla.

Si nos quejamos del silencio de Dios es porque no prestamos oído al Evangelio.
En él Dios nos habla constantemente. Pero lo raro es que a muchos no les interesa la Palabra de Dios, el mensaje que Dios les dirige, su “Buena Nueva”. Hay un libro que muchos cristianos no poseen, y si lo poseen no lo leen: el Evangelio.

El Evangelio, la palabra de Dios, es siempre actual, está dicha en este momento, nos repite continuamente, es nuevo cada día, nuevo para cada ser humano.
Cuando comulgamos, no comulgamos con un Cristo que vivió hace más de 2000 años, sino con un Cristo que está vivo hoy y que nos está amando hoy. Y con el Evangelio pasa lo mismo: no escuchamos al Cristo que habla a los que vivieron hace más de 2000 años: oímos al Cristo que nos habla ahora, en este momento.

El Evangelio es como un espejo.
¿Qué hay que hacer con un espejo? Hay que mirarse en él. Cada uno de nosotros puede verse en este espejo, reflejarse, denunciarse, revelarse. Pero, muchas veces, en este espejo no vemos más que a los otros: nos indignamos por la maldad y la ceguera de los demás.

Pero la palabra de Dios exige de mí, exige de cada uno de nosotros una respuesta. En nuestras relaciones humano divinas no puede haber un monólogo divino. El diálogo se nos impone. Y este diálogo producirá fruto de acuerdo a nuestra participación humana. Si la palabra de Dios no da fruto, no es por culpa de la semilla, ni siquiera por culpa del sembrador, sino por el terreno donde cae.

¡Cuántos sermones hemos oído, cuántas lecciones de catecismo, cuántas exhortaciones en el confesionario! Nunca jamás la palabra de Dios ha sido tan difundida como ahora. Sin embargo, ¿cómo es posible que sea tan poco fecunda en nuestras almas?

Todo depende de la disposición con que la escuchamos, de la apertura con que la recibimos. Jesús, en el Evangelio de hoy, caracteriza cuatro clases de cristianos, cuatro clases de oyentes de la palabra divina:

1) La primera clase es como el camino: duro, impenetrable, cerrado por la costumbre. La semilla cae sobre ellos sin poder penetrar en sus almas. Han oído una infinidad de sermones, pero ninguno de ellos los ha hecho cambiar.
Mientras se les anuncia la palabra de Dios, se ponen a pensar en sus preocupaciones habituales, en sus sueños favoritos. Sería terrible si se revelasen los pensamientos que ellos tienen, mientras Dios les está hablando.

2) La segunda clase de oyentes es la de los superficiales. La de las almas sensibles y entusiastas, pero que carecen de perseverancia y profundidad. Se exaltan fácilmente y se creen convertidos por el mero hecho de sentirse conmovidos. Todo lo que se les dice, les toca el alma, pera nada de ello logra cambiarlos.

3) La tercera clase es la tierra fecunda y profunda en que la semilla podría germinar. Son los que tienen buenas cualidades para hacer algo por Dios y por su Reino. Pero no tienen tiempo en medio de sus preocupaciones y agitaciones terrenales, y así ahogan la semilla.
Se interesan en demasiadas cosas para poder ocuparse además de Dios. Siempre encuentran alguna idea para discutir, algún defecto para lamentar, alguna excusa para no pensar en la palabra de Dios.

4) ¿Cuál es, entonces, el terreno en que la palabra de Dios da fruto? Son aquellos que reciben la palabra de Dios como una revelación, los que se dejan vaciar, desenmascarar y transformar. Son los que se reconocen en el espejo de la palabra, diciéndose: Ese soy yo. Es a mí a quien se dirige. Soy yo el que tiene que cambiar. En ellos la palabra de Dios va penetrando, madurando, germinando, dando frutos maravillosos.

Testigo de esto son los Santos de todos los tiempos. Y el molde ejemplar de esta actitud lo encontramos como siempre en la Sma. Virgen María. Ella respondió a su vocación por Dios de una manera significativa: “He aquí lo esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra”. Y en dos lugares distintos, el Evangelio dice de ella: “María guardaba todas estas palabras, meditándolas en su corazón”.

Queridos hermanos, por último nos queda el examen de conciencia:

• ¿A qué clase de oyentes pertenecemos nosotros?
• ¿Con qué apertura y disponibilidad aceptamos la palabra de Dios?
• ¿Con qué docilidad y perseverancia la realizamos?

Meditemos en un momento de silencio sobre ello.

¡Qué así sea!
En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
Amén.

Padre Nicolás Schwizer
Instituto de los Padres de Schoenstatt


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