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Parábola de las diez jóvenes
Parábola de las diez jóvenes
Ciclo A Domingo 32 / Mt 25, 1-13 - Cada uno ha de cuidar su propia lámpara.


Por: Padre Nicolás Schwizer | Fuente: Homilías del Padre Nicolás Schwizer



Mateo 25, 1-13
En aquel tiempo, dijo Jesús: «Entonces el Reino de los Cielos será semejante a diez vírgenes, que, con su lámpara en la mano, salieron al encuentro del novio. Cinco de ellas eran necias, y cinco prudentes. Las necias, en efecto, al tomar sus lámparas, no se proveyeron de aceite; las prudentes, en cambio, junto con sus lámparas tomaron aceite en las alcuzas. Como el novio tardara, se adormilaron todas y se durmieron. Mas a media noche se oyó un grito: "¡Ya está aquí el novio! ¡Salid a su encuentro!" Entonces todas aquellas vírgenes se levantaron y arreglaron sus lámparas. Y las necias dijeron a las prudentes: "Dadnos de vuestro aceite, que nuestras lámparas se apagan." Pero las prudentes replicaron: "No, no sea que no alcance para nosotras y para vosotras; es mejor que vayáis donde los vendedores y os lo compréis." Mientras iban a comprarlo, llegó el novio, y las que estaban preparadas entraron con él al banquete de boda, y se cerró la puerta. Más tarde llegaron las otras vírgenes diciendo: "¡Señor, señor, ábrenos!" Pero él respondió: "En verdad os digo que no os conozco."Velad, pues, porque no sabéis ni el día ni la hora".


Prepararnos para la última venida del Señor.
Nos acercamos el final del año litúrgico. Dentro de tres semanas ya empieza el tiempo de Adviento. Por eso, la Iglesia nos presenta en estos últimos domingos, distintos aspectos del fin del mundo y del juicio final de Dios. En este sentido, las lecturas bíblicas de hoy nos invitan a tomar en serio y a prepararnos para la última venida del Señor.

En la primera lectura, la sabiduría de Dios se presenta personificada por una joven hermosa que se deja encontrar. Pero se deja encontrar sólo por aquellos que la buscan con un corazón abierto y ansioso.

En la segunda lectura, San Pablo nos habla de la resurrección de todos los hombres al fin de los tiempos. Cuando vuelva el Señor, todos los muertos resucitarán. Pero también los que estarán vivos en aquel momento serán llevados por él al encuentro con el Padre.

Nadie puede vigilar por otro.
En el Evangelio de Mateo, Jesús nos presenta la parábola de las diez jóvenes, amigas de la novia, que esperan la llegada del novio. En la celebración de una boda revestía especial solemnidad el cortejo que se formaba cuando el novio conducía a la novia a su casa. Las diez doncellas representan en esta parábola a los fieles que esperan la venida del Señor, al final del mundo. Porque el novio es Jesucristo mismo.

Ahora, cuando llegue el momento decisivo de recibir al novio y entrar con él en la fiesta, las jóvenes prudentes no ayudan a sus compañeras necias. Pero no se trata de una falta de caridad, justamente cuando ésta parece más necesaria. Cristo quiere decirnos que nadie puede vigilar por otro, que nadie puede asumir la responsabilidad de los demás en los momentos cruciales. Cada uno ha de cuidar su propia lámpara.

Cuando llegue la hora del juicio, no será posible el intercambio de los bienes espirituales. Cada uno será juzgado según sus propias obras. Solo aquellos que permanezcan vigilantes, entrarán en el banquete celestial en el Reino de los cielos.

El mensaje de la parábola es entonces el siguiente: Debemos cuidar de no llegar tarde a la última cita, a la cita decisiva. Porque cuando llegue la hora, sólo se salvarán los que estén preparados. Y ya que no conocemos “ni el día ni la hora”, será necesario velar, vigilar constantemente. El cristiano debe ser, por eso, un hombre despierto, precavido, vigilante, un hombre que está pronto a recibir al Señor cuando llega.

Allí está justamente la diferencia entre los dos grupos de jóvenes. Las prudentes se encuentran con aceite suficiente, están preparadas y alertas, no se dejan sorprender por la llegada repentina del novio. Esta previsión contrasta con el descuido de las doncellas necias que se quedan sin reservas de aceite.

La espera vigilante que el señor nos pide se traduce en acogida del momento presente, de cada hora y cada día que estamos viviendo. Sin perder de vista el futuro, es necesario estar presentes aquí y ahora. El mejor modo para esperar es vivir en plenitud cada instante. No debemos desentendernos de nada, no dejar pasar ningún acontecimiento sin prestarle atención y asumirlo responsablemente.

La hora de Cristo.
La hora de la llegada del esposo, no es una hora especial, distinta de las otras. Es una hora como ésta. No podemos improvisar esa hora, ni aplazarla, ni pasarla de unas manos a otras. La preparamos dando valor y significado a todas las demás horas. No podemos pretender ser reconocidos por Él, si no nos preocupamos de que su mensaje y su voz nos sean familiares, si no nos comprometemos a traducir su palabra en vida.

Vigilancia, además es necesaria para no caer en tentaciones. En Getsemaní Jesús exhorta a sus discípulos: “Velad y orad, para que no caigáis en tentación” (Mt 26,41). Pero se dirige no sólo a sus discípulos, sino también a cada cristiano. Esto ya insinúa en el último ruego del Padrenuestro: Pide ayuda divina en la lucha de la vida diaria. Y San Pedro indica en su primera carta claramente, por qué la vigilancia siempre es necesaria: “¡Estad en guardia! Vuestro enemigo, el diablo, como león rugiente da vueltas y busca a quien devorar” (1 Pe 5,8). Satán y sus ayudantes, sin cesar, tratan de inducirnos a tentaciones y de desviarnos del camino de la luz.

Queridos hermanos. Pidamos a Jesús, que en esta celebración nos dé la gracia de la vigilancia.

¡Qué así sea!
En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
Amén.

Padre Nicolás Schwizer
Instituto de los Padres de Schoenstatt


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