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Perdón divino y humano
Perdón divino y humano

Ciclo A Domingo 24 / Mt 18,21-35 - La medida del perdón es la medida del amor.


Por: Padre Nicolás Schwizer | Fuente: Homilías del Padre Nicolás Schwizer



Mateo 18, 21-35
En aquel tiempo, acercándose Pedro a Jesús le preguntó: Señor, ¿cuántas veces tengo que perdonar las ofensas que me haga mi hermano? ¿Hasta siete veces? Jesús le dijo: No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete. Y les propuso esta parábola: el Reino de los Cielos es semejante a un rey que quiso ajustar cuentas con sus siervos. Al empezar a ajustarlas, le fue presentado uno que le debía 10.000 talentos. Como no tenía con qué pagar, ordenó el señor que fuese vendido él, su mujer y sus hijos y todo cuanto tenía, y que se le pagase. Entonces el siervo se echó a sus pies, y postrado le decía: "Ten paciencia conmigo, que todo te lo pagaré." Movido a compasión el señor de aquel siervo, le dejó en libertad y le perdonó la deuda. Al salir de allí aquel siervo se encontró con uno de sus compañeros, que le debía cien denarios; le agarró y, ahogándole, le decía: "Paga lo que debes." Su compañero, cayendo a sus pies, le suplicaba: "Ten paciencia conmigo, que ya te pagaré." Pero él no quiso, sino que fue y le echó en la cárcel, hasta que pagase lo que debía. Al ver sus compañeros lo ocurrido, se entristecieron mucho, y fueron a contar a su señor todo lo sucedido. Su señor entonces le mandó llamar y le dijo: "Siervo malvado, yo te perdoné a ti toda aquella deuda porque me lo suplicaste. ¿No debías tú también compadecerte de tu compañero, del mismo modo que yo me compadecí de ti?" Y encolerizado su señor, le entregó a los verdugos hasta que pagase todo lo que le debía. Esto mismo hará con vosotros mi Padre celestial, si no perdonáis de corazón cada uno a vuestro hermano.


Reflexión
“¿Cuántas veces tendré que perdonar a mi hermano las ofensas que me haga?”. Esta pregunta de Pedro es siempre actual para un cristiano: ¿Dónde está el límite de nuestro perdón? ¿Tenemos que perdonar las ofensas siempre de nuevo y sin medida?

La medida del perdón es la medida del amor.
Hoy Jesús nos da una respuesta muy clara: La medida del perdón es la medida del amor. Y nuestra obligación es amar sin límites y, en consecuencia, también tenemos que perdonar sin límites. De modo que no nos queda más remedio que perdonar siempre.

Y para ayudarnos a comprender el rigor de su mandamiento, Jesús relata la parábola del siervo malvado: “Un rey quiso ajustar las cuentas con sus empleados. Le presentaron uno que debía diez mil talentos.”
Se trata de una suma fabulosa, que probablemente no tiene ninguno de nosotros. Pero debemos entender la parábola en su sentido simbólico. Dios mismo es el rey de la parábola. La suma enorme significa nuestra gran deuda para con Dios.

El hombre es deudor de Dios.
Cualquier niño, al nacer, es millonario. Por ejemplo, nuestros ojos ¿Por cuánto venderíamos nuestros ojos? ¿O nuestros oídos, nuestras manos, nuestras piernas? Y otras cosas, que no parecen tener valor, que no nos cuestan: el aire, el sol, el agua – son dones gratuitos de Dios.

Sí, Dios nos ha llenado de millones, incluso al más pobre de nosotros. Pero nadie se da cuenta de ello; nadie se reconoce deudor de tan gran suma. Y nadie se preocupa de darle las gracias a Dios por todo eso.
Además, el hombre aumenta su deuda ante Dios. Nos servimos de estos dones para pecar malgastándolos.

El servidor de la parábola reconoce su falta, su culpa, su deuda. Humillándose se arroja a los pies del rey, diciéndole: “Ten paciencia conmigo y te lo pagaré todo”. Y en ese momento se produce un cambio de escena inesperado: el rey no sólo renuncia al castigo, sino que le perdona completamente su deuda.

Dios es así. Dios es Padre. Enseguida se siente conmovido ante sus hijos. Se complace en hacerles regalos, pero todavía más le gusta perdonarles. Para Dios es ésta la ocasión predilecta para mostrar a sus hijos todo su amor de Padre.

Ante esta prioridad del rey se destaca tanto más la maldad de su servidor: trata a su compañero, que le debe unos pocos pesos, de una manera violenta e inhumana. Y eso a pesar de que su compañero le suplica paciencia, repitiendo sus mismas palabras.
Tal vez nos indignamos ante este hecho. Pero, ¿no hacemos nosotros, a veces, lo mismo?

En resumen, la parábola nos dice lo siguiente: Para que Dios nos perdone nuestras innumerables faltas, tenemos que cumplir con dos condiciones:

1. La primera condición es reconocer ante Dios que somos pecadores, deudores.
La primera señal de la presencia del Espíritu Santo en un alma es que se reconozca culpable. Por eso, los santos se ven cubiertos de faltas. Pero la mayor parte de la gente, que tienen poco de santos, se creen personas buenas, sin pecados: no roban, ni matan, ni cometen adulterio. Por eso se aprovechan tan raramente del sacramento de la confesión, en el cual el hombre se reconoce pecador ante Dios.

2. La segunda condición para ser perdonados es, que también nosotros perdonemos a los demás.
Estamos rehusando el perdón de Dios si lo negamos a los demás. No existiría el infierno, si los hombres hubieran imitado la misericordia de Dios. Porque el infierno es el lugar donde no se perdona ni se quiere ser perdonado.

Queridos hermanos, la palabra que nos dice Jesús al final del Evangelio de hoy, es una palabra sumamente decisiva para nuestra salvación: “Lo mismo hará con vosotros mi Padre celestial, si cada cual no perdona de corazón a su hermano”.

¡Qué así sea!
En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
Amén.

Padre Nicolás Schwizer
Instituto de los Padres de Schoenstatt



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