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Testimonio de Juan el Bautista
Testimonio de Juan el Bautista
Ciclo A. Domingo 2 del año / Jn 1,29 34 - El Bautismo del Señor es, la preparación e introducción en su vida pública.


Por: Padre Nicolás Schwizer | Fuente: Homilías del Padre Nicolás Schwizer



Juan 1, 29-34
En aquel tiempo, al ver Juan a Jesús venir hacia él exclamó: «He ahí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. Este es por quien yo dije: Detrás de mí viene un hombre, que se ha puesto delante de mí, porque existía antes que yo. Y yo no le conocía, pero he venido a bautizar en agua para que él sea manifestado a Israel». Y Juan dio testimonio diciendo: «He visto al Espíritu que bajaba como una paloma del cielo y se quedaba sobre él. Y yo no le conocía pero el que me envió a bautizar con agua, me dijo: "Aquel sobre quien veas que baja el Espíritu y se queda sobre Él, ése es el que bautiza con Espíritu Santo." Y yo le he visto y doy testimonio de que éste es el Elegido de Dios».

Reflexión

El Evangelio que acabamos de escuchar, nos presenta un hermoso testimonio de Juan Bautista sobre Jesús. Y es muy conveniente este testimonio del precursor. Porque ahora Jesús termina su vida retirada de Nazaret. Ha vivido allí como cualquiera de sus contemporáneos, ignorado por el mundo. Nada llama la atención. Es un hombre más de los muchos que ahora se acercan para ser bautizados por Juan. Es imposible reconocerlo a Dios en Él.

Por eso interviene el Bautista con un solemne testimonio. De este modo va presentando al mundo el origen divino de Jesús. Y el Bautismo del Señor es, como sabemos, la preparación e introducción en su vida pública.

El triple testimonio.
Ahora, ¿en qué consiste el testimonio de Juan? Podemos decir que es un triple testimonio:

• Primero presenta a Jesús como el Cordero de Dios, que quita todo el pecado del mundo. Con eso revela su gran misión: Él es el verdadero Cordero pascual que se sacrificaría por su pueblo. Él es el Mesías esperado, el Salvador de los hombres que los reconciliará con Dios Padre.

• En segundo lugar, Jesús es aquel sobre quien Juan vio bajar el Espíritu de Dios como una paloma. Al comenzar su misión, el Espíritu Divino lo colma con su fuerza y sus dones. Por eso, de ahora en adelante Cristo se manifestará como hombre lleno del Espíritu en sumo grado, como portador del Espíritu Santo por excelencia. En su fuerza comenzará a predicar la Buena Nueva, curará a los enfermos y tratará de ganar a su pueblo para el Reino del Padre. Por todo su ser y actuar manifestará la presencia singular del Espíritu de Dios.

• Finalmente, Juan asegura que Jesús es el Hijo de Dios. Porque al bautizar a Jesús, Juan escuchó la voz del Padre que decía: “Este es mi hijo amado, mi hijo predilecto”. Y Cristo es el hijo preferido del Padre, por su actitud ante Él. Todo lo que dice y hace para cumplir su misión mesiánica, lo hace por encargo del Padre, en obediencia y amor a Él. Se pone incondicionalmente a disposición de la voluntad del Padre. Nada le puede apartar de su camino: queda fiel a su Padre hasta la muerte en la cruz.

Pero, ¿qué significa este triple testimonio de Juan, el Precursor, para nosotros? ¿Qué quiere decirnos el Señor a través de este Evangelio de hoy? Me parece que Cristo quiere recordarnos que también nosotros, el día de nuestro Bautismo, nos convertimos en testigos de Dios.

Y nos invita de nuevo a ser sus testigos fieles, a dar un triple testimonio de vida:

• En el Bautismo nos hemos convertido todos en hermanos de Jesús y, sobre todo, en discípulos del Señor. Y como tales hemos de dar, permanentemente, testimonio de su amor y misericordia, de su paz, justicia y verdad en medio de este mundo y ante nuestros hermanos.

• Además, a partir del Bautismo y de la Confirmación, todos nosotros somos portadores del Espíritu Santo. Mi alma y toda mi persona es consagrada al Espíritu y habitada por Él. “¿No sabéis que sois templo de Dios y que el Espíritu de Dios habita en vosotros?”, nos explica San Pablo. Y si es así, debemos dar testimonio de que Él vive y actúa en cada uno de nosotros. Los demás deben sentir la presencia del Espíritu Divino en cada cristiano.

• En el Bautismo nos transformamos también en hijos de Dios Padre. Con su muerte en la cruz, Cristo nos regaló la gracia de ser, como Él, auténticos hijos. Fruto y testimonio de esta infancia espiritual ha de ser nuestra actitud filial, es decir, nuestra obediencia, disponibilidad y amor de hijos ante el Padre celestial.

Queridos hermanos, sabemos que nuestra vida es un caminar, un peregrinar hacia el Padre, hacia el corazón de Dios. ¡Ojalá podamos reencontrarnos todos, algún día, en la Casa del Padre!

¡Qué así sea!
En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
Amén.

Padre Nicolás Schwizer
Instituto de los Padres de Schoenstatt


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