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Tomás, el incrédulo
Tomás, el incrédulo
Ciclo A. Domingo 2 de Pascua / Jn 20, 19-31 - En Santo Tomás, muchos nos vemos representados.


Por: Padre Nicolás Schwizer | Fuente: Homilías del Padre Nicolás Schwizer



Juan 20, 19-31
Al atardecer de aquel día, el primero de la semana, estando cerradas, por miedo a los judíos, las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos, se presentó Jesús en medio de ellos y les dijo: «La paz con vosotros». Dicho esto, les mostró las manos y el costado. Los discípulos se alegraron de ver al Señor. Jesús les dijo otra vez: «La paz con vosotros. Como el Padre me envió, también yo os envío». Dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos». Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Los otros discípulos le decían: «Hemos visto al Señor». Pero él les contestó: «Si no veo en sus manos la señal de los clavos y no meto mi dedo en el agujero de los clavos y no meto mi mano en su costado, no creeré». Ocho días después, estaban otra vez sus discípulos dentro y Tomás con ellos. Se presentó Jesús en medio estando las puertas cerradas, y dijo: «La paz con vosotros». Luego dice a Tomás: «Acerca aquí tu dedo y mira mis manos; trae tu mano y métela en mi costado, y no seas incrédulo sino creyente». Tomás le contestó: «Señor mío y Dios mío». Dícele Jesús: «Porque me has visto has creído. Dichosos los que no han visto y han creído». Jesús realizó en presencia de los discípulos otras muchas señales que no están escritas en este libro. Estas han sido escritas para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo tengáis vida en su nombre.

Reflexión
Todos los apóstoles se han mostrado reticentes. Pero Tomás va mucho más allá, hasta cerrarse a la luz. No le ha convencido la tumba vacía. No le han impresionado las meditaciones sobre las Escrituras que le han narrado los dos discípulos de Emaús. No se rinde ante el testimonio unánime de todos sus hermanos. Él quiere ver. Se encierra en su incredulidad. Y cuando todos le aseguran que ellos han visto, quiere ir más allá: no sólo tocar, sino sondear la identidad del crucificado metiendo sus dedos, sus manos en las mismas llagas.

¿Es que Tomás no amaba a su Maestro?
Sí evidentemente. Pero era testarudo, obstinado, duro de corazón. No sólo quería pruebas, sino que las exigía a la medida de su capricho.

Jesús va a prestarse, con admirable condescendencia, a todas las absurdas exigencias del discípulo. Pero dejará pasar ocho días como para dar un plazo a esa incredulidad. Y entonces Jesús se somete a sus condiciones con una mezcla de ironía y realismo.

Esta vez los apóstoles se han reunido para rezar en común. Tomás se siente incómodo en medio de la fe de todos, pero el paso de los días parece haber robustecido su incredulidad. Mas no por ello piensa en separarse de sus hermanos. Hay una fe, más honda que sus dudas, que sigue uniéndole a ellos. Ésta fue su salvación: seguir con los suyos a pesar de la oscuridad.

Y Jesús ahora se aparece sólo para él. Están todos, pero el Maestro se dirige directamente a Tomás: Ven, Tomás, “trae tu dedo y mételo en las llagas de mis manos; trae tu mano y métela en mi costado”. Ahora queda completamente desconcertado. En realidad nunca había podido imaginarse que su deseo pudiera ser escuchado. Su desafío no había sido más que un pedir cosas imposibles, un modo de encerrarse en su duda.

Eso creía Él, al menos. Porque cuando vio a Jesús, cuando oyó su voz dulce, Tomás se dio cuenta de que, allá en el fondo, siempre había creído en la resurrección, que la deseaba con todo el corazón. Se dio cuenta de que se negaba a ella por miedo a ser engañado en algo que deseaba tanto; que se había estado muriendo de deseo y de miedo de creer al mismo tiempo.

Jesús le trajo a Tomás a la sencillez alegre de creer sin sueños y sin miedos. En el fondo Tomás se dio cuenta de que si se negaba a creer era por la rabia de no haber estado allá cuando Jesús vino. ¿Los demás iban a verle y él tendría que creer sólo por la palabra de los otros? Con su negativa estaba provocando a Jesús a aparecerse de nuevo. También él necesitaba mimos, cariño, ternura. No era, en el fondo otra cosa, que un niño rabioso.

Por eso temblaba cuando Jesús le mando tocar. No quería hacerlo. Sentía ahora una infinita vergüenza de sus palabras de ocho días antes. Si tocó no lo hizo ya por necesidad de pruebas, sino como una penitencia por su dureza. Deslumbrado, aplastado, cayó de rodillas y dijo: “Señor mío y Dios mío”.

Así la humillación le llevaba a una de las más bellas oraciones de todo el Evangelio. Ahora iba en su fe hasta donde nunca había llegado ningún apóstol. Nadie le había dicho antes a Jesús: Dios mío.

De aquel pobre Tomás, Jesús ha sacado este acto de fe tan hermoso que conocemos. Jesús lo ha amado tanto, lo ha amado con tanto esmero, que de esta falta, de esta amargura, de esta humillación ha hecho un recuerdo maravilloso. Dios sabe perdonar así los pecados. Dios es el único que sabe hacer de nuestras faltas, unas faltas benditas, unas faltas que no nos recordarán más que la maravillosa ternura que se ha revelado con ocasión de las mismas.

A la exclamación de Tomás responderá Jesús con una frase misteriosa: “Tomás, porque has visto, has creído. Dichosos los que crean sin haber visto”. Antes que Jesús lo dijese, Tomás ya estaba seguro de ello. Había conocido y había envidiado la alegría que encontró en los rostros de sus compañeros. Ahora se daba cuenta de que aquello que él había despreciado como una ingenuidad, aquello que él había juzgado irónicamente un sueño, era una verdadera alegría, con raíces bien hondas en la fe.

Su orgullo de antes se había trocado en vergüenza. Y con vergüenza adelantó su mano. Estaba iniciando una peregrinación hacia la humildad. No necesitaba ya asegurarse de nada. Su mano en el costado no buscaba ya pruebas, certezas; no trataba de asegurarse. Aquella necesidad de seguridad se le había vuelto absurda. Incluso había comenzado a descubrir que las certezas de la razón eran infinitamente más débiles que las adivinaciones de la fe.

Comprendía que el ver y el tocar no aclara realmente nada y de que era mucho más sólido su amor que sus manos. Entendía que sus manos no aportaron nada que no hubieran descubierto mucho antes y mucho más profundamente su fe y su corazón.

Queridos hermanos, que el Señor resucitado nos regale a todos nosotros esa fe y ese amor pascuales.

¡Qué así sea!
En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
Amén.

Padre Nicolás Schwizer
Instituto de los Padres de Schoenstatt

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