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Desmontando algunas argumentaciones abortistas
Hay ciertamente dos argumentos típicos y recurrentes en la doctrina abortista: que el nasciturus no es persona humana o bien que tan sólo es una vida “in fieri” o en desarrollo


Por: Pedro Bengoechea Garín | Fuente: Catholic.net



Hay ciertamente dos argumentos típicos y recurrentes en la doctrina abortista: que el nasciturus no es persona humana o bien que tan sólo es una vida “in fieri” o en desarrollo. Ha sido y continúa siéndolo una discusión biológica y filosófica fundamental que trata de disociar la vida humana y la persona. Uno de los personajes más destacados en abanderar tales tesis fue la doctora Judiht Jarvis Thomson, nacida en 1929 y profesora de Filosofía en el Massachusetts Institute of Technology. Entre sus diversos escritos, el artículo de mayor relieve divulgador, fue el que supuso una verdadera apología del aborto. En ese artículo Thomson discute que el feto pueda ser considerado una persona desde el momento de la concepción.

Afirma sin argumentar que “un óvulo recién fecundado es un montón de células; no es una persona más de la que una bellota es una encina”. Para empezar, constituye una evidencia científica que el cigoto está formado por una célula, la primera, y no por un montón de células, afirmación no científica. Tampoco nadie define una bellota como un montón de células. La bellota no es una encina pero la bellota y la encina pertenecen al mismo ser biológico: “Quercus alba”=roble blanco. Ambos tienen el mismo ADN. A lo largo de su ontogenia, como cualquier otro organismo, puede recibir diversos nombres, pero sigue siendo la misma sustancia: la de la bellota.

Lo mismo ocurre con la persona humana, recibe diferentes nombres: embrión, feto, niño, joven, adulto.., a lo largo de los diferentes estadios de su vida, pero sigue siendo el mismo ser humano. Existe una continuidad en el desarrollo, que no admite saltos cualitativos o mutaciones sustanciales en el ser humano. Las leyes biológicas son fijas. Estamos hablando de un proceso coordinado, contínuo y gradual de crecimiento y desarrollo. Constituyen, sin duda, características irrefutables de evidencia científica. Igualmente la ciencia afirma que la fusión de los gametos masculino y femenino (fecundación) origina un organismo nuevo, único, irrepetible; un organismo humano perteneciente a la especie biológica humana; un organismo programado, con la programación genética inscrita en los 46 cromosomas de su ADN.

A la biología se añade la otra explicación filosófica y antropológica: el individuo humano no es un objeto, sino un sujeto personal, un ser racional, la racionalidad es su modo de ser. El ser que tiene la naturaleza humana racional, es persona. Ser persona pertenece al orden ontológico: la persona o es o no es. El estatuto personal no se adquiere o disminuye gradualmente. Es un acontecimiento instantáneo y una condición radical. No se es más o menos persona: no se es “prepersona”, “pospersona” o “subpersona”.

Tampoco la persona se reduce a sus manifestaciones, al ejercicio efectivo de funciones que es capaz de ejercer o no, lo que sería una limitación y una peligrosa discriminación, sino que se manifiesta así porque es persona. La persona se reconoce por su pertenencia por naturaleza a la especie humana racional. Consecuentemente, la vida biológica embrionaria es vida humana y vida personal desde principio. Los datos de la ciencia son claros. A lo observado por el biólogo, se añade la lógica del filósofo que elimina los saltos cualitativos o el paso de una esencia a otra.

Si la vida biológica se disociase de la vida humana o racional, no se lograría la identidad del sujeto. Si no es un individuo humano o persona desde el inicio, nunca llegará a serlo sucesivamente sin contradecir la identidad de la propia esencia. Es persona no en potencia sino en acto, si bien con potencialidades.

Cuestiones éstas algo difíciles de entender para mentes que escapan a la reflexión de cierto espesor, pero rigurosamente ciertas.
 





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