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Pon color a la vida
Al quitarle la componente de fe a la vida, la convertimos, sin remedio, en una vida gris


Por: Ignacio Buisán | Fuente: arcol



Hace unos años se hizo un estudio en la ciudad de Nueva York. Le pidieron colaboración a uno de los mejores violinistas del mundo para hacer un experimento por el que le iban a pagar. Él tocaba con un Stradibarius, y acababa de dar un concierto espectacular en la ciudad, con más de mil personas abarrotando la sala y aplaudiendo a rabiar porque era un virtuoso del violín.

Le dijeron que se fuera al Metro de la ciudad, que se vistiera con harapos y que allí tocase lo mismo que había tocado en aquella sala. Después de toda una mañana tocando varias veces las mismas piezas y repitiendo, literalmente, el concierto con el mismo violín, contabilizó que le habían tirado al suelo sólo treinta dólares y que únicamente dos personas se habían detenido para escucharlo unos minutos; todos los demás bajaban del “metro” y se iban.

Finalmente no quiso cobrar por sus interpretaciones en el Metro de Nueva York, y contó que había quedado impresionado, porque la experiencia le había dado una gran lección: Lo más bello, lo más extraordinario puede estar pasando a nuestro lado y no lo vemos; nos falta capacidad para verlo.

De una u otra forma, todos los hombres somos ciegos de nacimiento; tenemos una venda, que nos impide ver, nos impide abrir los ojos y ver más allá del horizonte de nuestra limitada visión humano. La fe es lo que nos permite quitarnos esa venda invisible para ver más y ver mejor.

Paradójicamente, hoy, se ve con buenos ojos al que no tiene fe; al que prescinde de la fe en sus comentarios e intervenciones. Y, por el contrario, se ve con sospecha al que habla o mete a Dios en su vida y en sus comentarios. Dios es, y parece que debe ser, el innombrable en el escenario público; es pecado político confesar públicamente la fe, especialmente la católica; y si quieres avanzar en el mundo económico y financiero, en el mundo político, en el mundo artístico o en el mundo empresarial, mejor prescinde de tu fe, o resérvala como un asunto privado, un asunto que nada o poco tiene que ver con la vida y con los asuntos oficiales y laborales.

Sin embargo, de lo que muchos no se dan cuenta es que, al quitarle la componente de fe a la vida, la convertimos, sin remedio, en una vida gris, en una vida en blanco y negro, sin luz, y a menudo demasiado oscura.

Los que nacimos por los años sesenta, todavía recordamos la llegada a nuestros hogares de los primeros televisores; aparatos de bulbos que necesitaban tiempo para calentarse y para apagarse, y además, todo se veía en blanco y negro. Nadie, en esa época imaginaba, ni podía imaginar lo que visualizamos en las pantallas de los televisores del tercer milenio. Sin embargo hoy, muchas personas siguen tristemente empeñadas en ver la vida en blanco y negro, siguen cerradas en su ciego encerramiento. Se creen muy inteligentes porque saben algo, pero les falta el ingrediente que hace posible saberlo todo.





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