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Virtudes Cardinales
Reflexiones del Teólogo de la Casa Pontificia, Wojciech Giertych O.P., acerca de las Virtudes Cardinales.


Por: P. Wojciech Giertych, o.p. | Fuente: Http://www.humanitas.cl



VIRTUDES CARDINALES

AUTOR: P. Wojciech Giertych, o.p. Teólogo de la Casa Pontificia

PRUDENCIA

En el vocabulario común la prudencia se relaciona a menudo con la cautela. Pareciera sugerir la actitud temerosa de un observador lejano, que no participa directamente en una determinada acción, indicando que quizás deberíamos renunciar a aquello que se había proyectado. Si eso es lo que entendemos por prudencia, nos será muy difícil comprender porqué es considerada una de las virtudes que dirige la vida moral. Es más, nos preguntaremos cómo es posible que sea una virtud general, presente en todas las otras virtudes naturales, de la misma manera que la caridad, la virtud del amor divino, es una virtud general que otorga dimensión cristiana a toda la ética.

En el pensamiento clásico, la formación de la prudencia era tan importante como la formación de la conciencia. Esa, que es un acto de la razón, apunta a la acción (futura o pasada): está centrada en la verdad y con ella ilumina la acción. Pero en el comportamiento moral no está involucrada tan sólo la percepción de la verdad. Es posible ver claramente la verdad de una determinada cuestión y sin embargo no actuar acorde a esta verdad. No solamente la razón, sino también la voluntad y en cierto modo también las emociones cumplen su propio papel. Está involucrada toda la psique de un modo enteramente maduro, tal es así que cualquier cosa que hagamos, la haremos no solamente bien, sino también de manera creativa, responsable, velozmente si es necesario y con agrado.

La prudencia, que abarca tanto la razón como la voluntad, gobierna el desarrollo de una acción en cuatro fases. Primero la intención, la percepción general que algo merece la pena hacerlo. Luego la decisión. A veces, cuando la oportunidad de una acción es dudosa, es momento de proceder a un debate. Y, finalmente, la ejecución. En cada una de estas fases hay un estímulo racional y voluntario. Durante todo el desarrollo de este proceso, razón y voluntad interactúan para llegar finalmente a la ejecución, aún cuando este proceso pareciera casi automático. En la mayoría de los casos pasamos velozmente de la intención a la decisión y a la ejecución. No obstante, es bueno reflexionar y tomar conciencia del proceso. Los animales no están dotados de razón por lo que se comportan instintivamente; en cambio, los seres humanos podemos reflexionar. Podemos actuar con madurez, pero también experimentar resistencias ocultas, que nos impiden hacer aquello que querríamos, o a veces nos damos cuenta de estar haciendo cosas que no deseamos, acerca de las cuales hemos sido convencidos por otros. ¿Por qué?
En la fase de la intención, la cuestión de aquello que podría hacerse se combina con la concentración de la voluntad sobre la acción futura. Es bueno tener sueños, aspiraciones a cosas grandes, aún cuando no siempre podamos ponerlas en práctica. A nivel de decisión, existe una combinación del juicio racional y de la elección de la voluntad respecto a la acción futura. Una persona responsable tiene razones y por eso escoge una determinada acción en vez de otra. Si se presentan dudas debe procederse a la deliberación, y al consejo de un guía externo, o de una persona sabia o de la ley moral. Adoptando la sugerencia, la voluntad acepta el necesario consejo. Finalmente al proceder a la acción no sólo contamos con la ejecución material de la decisión, sino también la verificación de la razón que asegura que la acción se lleve a cabo bien y apropiadamente.

Algunas personas tienen dificultades con la primra fase. Deben ser instruidas sobre cómo hacerlo, porque no poseen aspiraciones propias. Otros tienen grandes ideas pero poca capacidad de decisión. No pueden llegar a una conclusión y deliberan sin fin. Otros son rápidos en tomar una decisión, pero no llegan a cumplir lo que habían decidido. Cuando existe un problema es bueno analizarlo a fondo para poder corregirlo. Además, también es bueno preguntarnos si podemos involucrar a Dios. Pasamos de la intención a la decisión y después a la ejecución, olvidándonos del Padre amoroso que podría ayudarnos con Su Gracia. La capacidad de actuar de forma clara, coherente y responsable se llama virtud de la prudencia.

JUSTICIA

La voluntad humana, por nace por naturaleza, está orientada hacia el bien. Se podría afirmar pues que no tiene necesidad de formarse para ser ejercida, por contraposición a la razón, que tiene necesidad de ser educada para adherirse a la verdad. Cuando las emociones se aplacan, a través de las virtudes de la fortaleza y la templanza, la voluntad, libre de obstáculos, desea el bien. Aún así esta interpretación no es del todo correcta; de hecho la voluntad tiene necesidad de formación en su movimiento "fuera de ella", hacia el bien de los demás. La voluntad necesita de la caridad para establecer una relación de amistad con Dios y con los amigos de Dios, y necesita de la virtud de la justicia para habituarse a ello, lo que resulta fundamental para respetar los derechos de los demás.

Desde pequeños, aprendemos lo que es la justicia: los padres enseñan a sus hijos a ser justos y a pensar en los derechos y necesidades del prójimo. Por eso la justicia está tan arraigada en la persona, tanto que sería posible movilizar masas en defensa de la justicia social. Sin embargo, cada vez menos personas están dispuestas a luchar unidas por la templanza social y la castidad. En el caso de las otras virtudes morales, es el "agente" mismo el que halla la forma de controlar las emociones. Sin embargo en el caso de la justicia, el medio es objetivo, lo dicta la misma realidad. Por ejemplo: si quiero controlar mi alimentación, soy yo quien debe decidir cuánto comer, si es mucho o poco. Pero si tuviera que pagar una deuda no podría decidir la cantidad que debo pagar, porque según mi justicia debo restituir la cantidad debida. El medio está "fuera de mi" y mi voluntad debe adecuarse a esa medida para poder ser justo en las relaciones con los demás.
Tradicionalmente la justicia se divide en tres partes. La justicia general o legal, que concierne al orden social. La comunidad humana organizada en forma de sociedad o de estado no es consecuencia del pecado original, ni de la dominación de los hombres, ni de robos o pactos sociales, sino que es algo natural. Como en el caso de las hormigas o las abejas, que tienen su propio orden social, también los hombres por naturaleza tienen necesidad de organizarse siguiendo un modelo social que tiene algunas desigualdades o diferencias. A lo largo de la historia la forma de organización de la polis ha ido cambiando, pero las estructuras sociales han seguido siendo necesarias y por tanto sostenidas y mantenidas por la sociedad. La justicia general o social se dirige a la sociedad y a sus necesidades naturales. Este tipo de justicia, cultivada por la voluntad de los individuos, sostiene desde dentro el funcionamiento de estas estructuras sociales y las defiende contra el abuso, cuidando de que estas estructuras respeten el principio de subsidiariedad y no se atribuyan un rol excesivo, casi salvador.

La justicia particular está dividida en dos clases específicas: la justicia distributiva y la justicia conmutativa. La primera se refiere a la equidad en la distribución de bienes y deberes. La segunda regula las relaciones entre individuos o personas morales, relaciones que pueden ser de carácter comercial o hacer referencia a la satisfacción de una deuda o mal causado. En la justicia distributiva, la equidad es de naturaleza geométrica, y por ello debe establecer las proporciones. La justicia conmutativa es de naturaleza aritmética; por ejemplo, en la compra de una mercancía exigiría que se pagara el justo precio. En la distribución de deberes – como los impuestos o el servicio militar o bienes – como la financiación de museos, hospitales o escuelas- se deben tener presentes las condiciones del beneficiario. Calcular los detalles de manera que los derechos del individuo y su dignidad humana sean respetados no es fácil, sobre todo en relaciones sociales complejas. La justicia requiere no sólo el respeto de la ley, la transparencia, el respeto de los procedimientos establecidos y el mantenimiento del consenso sino también el respeto de la naturaleza humana, inmutable fundamento de la humanidad y de sus relaciones sociales, aún más en una sociedad que cambia continuamente. Claramente un simple elenco de "derechos" no es suficiente para lograr una buena vida social, porque lo que es necesario es que las personas cultiven las virtudes, incluída la justicia, además que surjan reacciones creativas y justas que puedan impactar profundamente la vida privada, pública, profesional, comercial y política.

FORTALEZA


Por naturaleza, el ser humano posee las facultades espirituales de la inteligencia y de la voluntad (comunes a hombres y ángeles) y las facultades sensitivas del conocimiento sensible y del apetito sensible (comunes a hombres y animales). Los sentidos externos cognitivos (vista, olfato, oído, tacto y gusto) y los internos (memoria, imaginación, sentido central unificador -también llamado sentido común- y juicio práctico) estimulan el "apetito -sensible" de las emociones. Denominamos a tales movimientos "emociones" o "pasiones" porque las experimentamos o, literalmente, las "sufrimos". Existen dos tipo de emociones: aquellas que tienen por objeto una forma de placer o su ausencia (amor, odio, deseo, aversión, alegría y tristeza) y aquellas que tienen por objeto algún obstáculo (ambición, audacia, desesperación, miedo y rabia), cuya superación permite alcanzar el objeto primero de las emociones.

El flujo de las emociones afecta al cuerpo. Así como la tristeza provoca lágrimas y la alegría una sonrisa, la audacia tiene su influencia en los músculos faciales. El miedo puede causar palidez, y la rabia puede hacer que la persona grite. El dominio de estas pasiones siempre ha presentado un dilema moral. En los hombres, las emociones no son egocéntricas como en los animales. Pueden ser educadas, a través del esfuerzo moral, para colaborar con la razón y la voluntad, procurando así un componente corporal y humano a la adhesión a los valores. De este modo las emociones, pierden su carácter egocéntrico y se subordinan a los valores universales que la razón percibe. Algunas comentes psicológicas subyacentes .a las tradiciones ascéticas han creado desconfianza en la esfera emotiva, afirmando que esta debe ser controlada tan sólo por el intelecto y la voluntad. Según esta visión las virtudes de la templanza y de la fortaleza que custodian los dos tipos de emociones, se hallan en la esfera de la voluntad. Esta es una visión que atribuye una presión excesiva a la mera fuerza de voluntad. Puede conducir a desórdenes psíquicos.

La visión equilibrada de santo Tomás de Aquino ve que en las emociones humanas mismas hay una, necesidad intrínseca de aceptar la luz de la razón y la guía de la voluntad. Desde esta perspectiva, las virtudes de la templanza y la fortaleza se colocan en el interior de las emociones La cooperación respetuosa de las partes espiritual y sensible del hombre no sólo es posible, sino necesaria, si bien las dificultades de esta colaboración prueban que hay necesidad también de la asistencia de la gracia sobrenatural. La persona madura no debe reprimir las emociones. Se debe aprender de la experiencia de experimentarlas, para usarlas en la elección del bien verdadero. La gloria de Dios es el hombre vivo que usa todos los recursos naturales, bien sean espirituales o corporales. El dominio de la esfera emotiva, por tanto, no debe ser despótico, sino "político", aceptando su valor y los sentimientos que ofrece, incluso cuando deban ser guiados por la razón y por la voluntad.

La formación de la virtud de la fortaleza, fruto dé la prudencia, y desde, una perspectiva cristiana también de la caridad, permite la superación de los obstáculos interiores y exteriores. Cuando no se pueden superar, la virtud proporciona capacidad de resistencia para soportar las dificultades. Las emociones asertivas de esperanza, ambición, audacia y rabia proporcionan la fuerza que debemos integrar en la acción responsable. La rabia es necesaria frente al mal porque da fuerza para reaccionar, para hacer algo. Mientras que el "dejarlo pasar" moral típica del mundo occidental, si no está controlado por la virtud de la templanza, lleva a la debilidad moral; el bloqueo de las emociones asertivas en las culturas marcadas por el totalitarismo lleva en cambio a la pasividad social. Si las emociones de miedo y desesperación no se corrigen por la virtud de la fortaleza pueden paralizar la acción e impedir la fidelidad al Evangelio. Sólo aquellos que con la disciplina personal cultivan la virtud de la fortaleza son capaces de dar testimonio supremo de la verdad del Evangelio, incluso cuando esta exige el martirio: "No tengáis miedo".

TEMPLANZA

En lo profundo de nuestra naturaleza existen dos instintos fundamentales e innatos, el de supervivencia y el de procreación. No sólo los seres humanos, sino también los animales y las plantas, se sienten interiormente movidos a defender su ser y a transmitir la vida a la siguiente generación. La vida es buena, y la naturaleza nos impulsa a continuarla y transmitirla. Los árboles no tienen necesidad de aprender a dar vigor a sus frutos. Los animales no necesitan aprender a aparearse ni a cuidar a sus cachorros; los guía una potente fuerza natural, siempre presente.

La persona humana se mueve por los mismos instintos, pero en el hombre las dimensiones corpóreas y espirituales han de cooperar para alcanzar una superior plenitud humana. Los instintos innatos que tienen por objeto el alimento y la unión sexual, junto al deseo por los placeres del gusto y el tacto, producen mucho más que el mero placer cuando van unidos a la búsqueda espiritual del verdadero bien, no sólo para uno mismo, sino también para los demás. El gusto y el tacto dan lugar al placer de los sentidos, pero el placer por sí mismo, privado de orientación espiritual y de su verdadero significado, en su egoísmo hedonista, deja un sentido de vacío mental. La persona humana está orientada a la felicidad y los placeres por sí mismos no pueden proporcionarla. La felicidad profunda procede del vivir orientado al verdadero bien, percibido y acogido por la razón y por la voluntad, en unión con los dinamismos corpóreos. El actuar en cooperación equilibrada, que no en mera coexistencia, del deseo -por el placer del gusto y el tacto- y de la adhesión a la verdadera bondad reconocida por medio de las facultades espirituales, constituye la finalidad de la virtud de la templanza. Las necesidades biológicas y el deseo de bienes concretos han de ser regulados teniendo en cuenta metas más elevadas. El desorden nace cuando el ardor es excesivo, cuando se dirige a un objeto impro­pio o, como sucede a veces, cuando es insuficiente. La virtud está en el término medio. La subordinación de los deseos de los s p tidos a perspectivas espirituales no resta al placer su cualidad estática. Se produce una mayor y más profunda satisfacción cuando no ignoramos la humanidad. El hedonismo reduce a la persona humana a un nivel animal. La literatura romántica del siglo XIX, al describir las pasiones humanas, las vincula siempre a valores morales como amor responsable, patriotismo y servicio. Sin embargo, los anuncios publicitarios de nuestros días nos proponen experiencias centradas únicamente en pasiones, desligadas de cualquier valor fundamental. Ello causa el vacío psíquico. El respeto mutuo y virtuoso de los esposos en la castidad conyugal (cuando se siguen métodos naturales en la planificación de la familia) mejora la calidad de su amor. La responsabilidad eleva el amor. Comer con tranquilidad (relajadamente, por contraposición a fast-food) sin glotonería o ansiedad y sin excesos en el beber, son señal de humanidad. La capacidad de gozar de la música clásica produce una satisfacción mucho mayor que el ruido ensordecedor de músicas carentes de armonía. No sólo las emociones de placer han de ser bien gestionadas. También la emoción de la tristeza requiere de una dirección responsable. La tóxicodependencia y el alcoholismo no nacen normalmente de un deseo excesivo de placer, sino de la incapacidad de gestionar la tristeza, en ocasiones verdadera y legítima. Tradicionalmente se considera que la virtud de la templanza comprende dos elementos esenciales: la disposición a la vergüenza y el sentido del honor que rechaza lo que es indecente y malo. La vergüenza, que conduce a la modestia en el modo de vestir y en el comportamiento, nace del respeto a la dignidad humana y a la esfera sexual, que ha de ser protegida. Aliados de la virtud de la templanza son las virtudes de la modestia, la humildad, la clemencia que controla la cólera injustificada y las virtudes tradicionalmente llamadas del estudio, que regulan una curiosidad excesiva. Todas estas virtudes se caracterizan por una cierta limitación que es típica de la virtud cardinal de la templanza.


El crecimiento en la virtud, aunque posible de manera limitada con esfuerzos únicamente humanos, se realiza profundamente a nivel sobrenatural, cuando el hombre se dirige a Dios con fé y con amor, dando pequeños pasos de autocontrol con fé inquebrantable en la potencia de la gracia Divina.

 

 

 

 



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