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Revoluciones y continuidades
Esta idea triunfa desde un hecho que es difícil de negar: en la historia humana se producen cambios consistentes


Por: P. Fernando Pascual | Fuente: Catholic.net



No sólo ocurre en nuestro tiempo: en otras épocas y lugares, ha logrado una gran aceptación la idea de que el mundo humano da saltos, de que hay revoluciones y progresos que provocan modos nuevos de pensar y de vivir.

Por eso resulta frecuente hablar de revoluciones: revolución científica, revolución industrial, revolución tecnológica, revolución informática, revolución médica, revolución cultural, revolución política, revolución artística, y un largo etcétera de revoluciones.

Esta idea triunfa desde un hecho que es difícil de negar: en la historia humana se producen cambios consistentes. No es lo mismo vivir en un poblado donde hay que ir a tomar el agua potable que está en un pozo, que vivir en una ciudad donde el agua llega cómodamente a casa a través de un sistema complejo de tuberías. No es lo mismo afrontar una enfermedad con algunas hierbas que, se espera, tienen propiedades curativas, que afrontarla en un hospital lleno de aparatos y con una amplia gama de estrategias de intervención.

Sin embargo, fijarse demasiado en las revoluciones y en los cambios implica el riesgo de dejar de lado elementos de continuidad que atraviesan todas las épocas y todos los lugares. Porque el hombre del mundo cibernético tiene miedos y ansiedades, como también tenía miedos y ansiedades el hombre del Neolítico.

Alguno dirá que hace 200 años morían millones de niños porque no había llegado la revolución sanitaria. Es cierto. Pero una mayor permanencia en el tiempo de tantos hombres y mujeres que en el pasado morían de modo precoz no elimina lo que es constante en la naturaleza humana; por ejemplo, tener deseos y buscar la realización de planes a corto o a largo plazo.

En cada ser humano existe una serie de elementos constantes, que valen para quien vive en un rascacielos como para quien se escondía en una caverna. ¿Cuáles son algunos de esos elementos? Somos libres y somos parte de un grupo. Somos impulsivos y podemos pensar con mayor ponderación ciertos asuntos. Somos enamoradizos y tenemos una capacidad de odio que puede ser destructora. Somos frágiles ante los elementos y capaces de usar la fuerza del viento o del átomo para canalizarla en beneficio propio o de otros.

Hay revoluciones y hay continuidades. Sobre todo hay una continuidad que no podemos apagar ni con lecturas, ni con fiestas, ni con la entrega apasionada al trabajo (realizado en el campo o ante una computadora): la que surge desde el deseo de inmortalidad.

Es cierto que nacemos sin que nadie nos hubiera pedido permiso, como ha sido observado tantas veces. Pero mucho de lo que escogemos cada día depende de nosotros. En la amplia gama de elecciones que hay a nuestra disposición, intuimos más o menos vagamente que está en juego, en primer lugar, nuestra felicidad temporal y la de quienes viven más o menos cerca de nosotros. Además, de un modo más profundo, somos conscientes de que lo que se dé tras la muerte también depende de lo que ahora hacemos o dejamos de hacer.

Por eso, tanto el hombre que salía de una choza para ir de cacería, como el hombre que sale de su casa para ir a una oficina altamente sofisticada, sabían y saben que un día llegará el momento de decir adiós a este mundo incierto para introducirnos en el mundo misterioso de lo eterno, en el horizonte donde Dios lo es todo y donde sólo vale haber vivido según la justicia, el amor y la verdad. Tres palabras que ninguna revolución ha podido dejar atrás, porque están inscritas de modo indeleble en el corazón de cada ser humano.





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