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Sal de la tierra y luz del mundo
Sal de la tierra y luz del mundo

Silenciosas pero eficaces, las buenas obras por amor a Dios cambiarán al mundo.




Por: P. Jesús Martí Ballester | Fuente: Catholic.net



Domingo 5 del tiempo ordinario. Ciclo A.
6 de febrero de 2005



  • Vosotros sois la sal, la luz, la ciudad elevada equilibrar el déficit y corregir la inflación de cristianismo.

    1. La impresión que tantas veces experimentamos los creyentes ante el silencio de Dios, es pensar que Dios ni nos ve, ni se entera de lo que sufrimos, de lo que trabajamos, y oramos y de las luchas que sostenemos. Es un silencio aparente el de Dios, y la impresión de su ausencia es falsa.

    Nuestro ser sal, luz y ciudad a la vista, es la manifestación de la presencia de Dios en el mundo personificado en nuestras obras y actos y conductas. Pero a veces puede ocurrir que a los hombres les suceda lo que a los judíos llegados del destierro que ayunaban y sentían que Dios no les escuchaba. Y se quejaban a Dios: "¿Por qué vamos a ayunar si tú no lo ves, por qué mortificarnos, si tú no te enteras?" (Is 58,3) Y "Dios responde: El día de ayuno oprimís a todos vuestros jornaleros, ayunáis entre disputa y riña, golpeando con el puño" (Ib 4).

    Vuestro ayuno es formalista y egoísta: por eso no llega al cielo. "El ayuno que yo quiero es que desatéis las cadenas injustas, dejéis libres a los oprimidos, rompáis todos los yugos, partáis vuestro pan con el hambriento, hospedéis a los pobres sin techo, vistáis al desnudo y no os cerréis a los hermanos. Cuando hagas esto yo te diré: ¡Aquí estoy!. Cuando destierres de tí la opresión, el gesto amenazador y la maledicencia, y sacies el estómago del pobre, brillará tu luz en las tinieblas, tu oscuridad se volverá mediodía" Isaías 58,7.

    2. Ser la “luz de las naciones” es una imagen difundida después del Exilio por los discípulos de Isaías. A la vuelta de Babilonia, los dirigentes judíos creen que la única forma de conservar la identidad del pueblo, perdido en la inmensidad del imperio persa, consiste en encerrarse en el ámbito cultural y legal. Era una reducción de la misión de Israel.

    La lectura de Isaías contrariamente a esta opción, se abre a horizontes que abarcan un tipo nuevo de relación entre los miembros de toda la humanidad, pobres y débiles incluidos. El culto ha de ser un auténtico encuentro con Dios por medio de la realización de la justicia entre todos los hombres. Y en esa dirección continuará Jesús frente al judaísmo oficial.

    3. Santiago escribirá más tarde: “Pedís y no recibís, porque pedís mal, para obtener satisfacción de vuestras pasiones” (4,3). La raíz del silencio de Dios, está en la injusticia. La sensación que tienen los judíos es que es igual ayunar, que no ayunar; orar que no orar. Dios no les escucha porque en el fondo está el egoismo: la codicia, el homicidio, la envidia, la guerra.

    El egoísmo exige la satisfacción de las pasiones, y se reza incoherentemente. Unas veces se piden cosas que no convienen a la salvación, y que si Dios las concediera tendríamos un alma menos en el cielo, escribe Santa Teresa; y otras veces se pide en condiciones indebidas y tal vez, enemistados con Dios. ¿Quién se atreve humanamente a pedir un favor a alguien con quien está enemistado, o a quien acaba de ofender, sin reconciliarse con él de antemano?

    4. Se puede tener la idea de que a Dios se le puede engañar como se trata de engañar a los hombres. A los hombres se pretende engañarles con actitudes políticas y falsas, y se intenta hacer entrar a Dios en el mismo juego, y eso no vale.

    5. Cuando se realiza el programa marcado por el profeta, cuando hacemos el bien a los demás, y experimentamos que Dios nos oye y que nos responde por la paz que inunda nuestra conciencia, que es su voz, se cumple el anuncio de Isaías: ”Brillará tu luz en las tinieblas”, que coincide con el del salmista: "El justo brilla en las tinieblas como una luz" Salmo 111. Luz tanto más esplendorosa y visible y necesaria, cuanto más oscuras las tinieblas del mundo.

    6. La luz que resplandece en el justo es la misma luz del Señor, que vive en él y se trasluce, hasta el punto de convertirse en luz del mundo: "Vosotros sois la luz del mundo" (Jn 8,12). Una vidriera en la que reverbera el sol de mediodía queda transformada en el mismo sol, hasta llegar a parecer sol.

    Los cristianos, incorporados a Cristo son su mismo cuerpo y su misma luz, cuando viven lo que prometieron, viviendo como Cristo y así se convierten en luz del mundo cumpliendo sus deberes morales y humanos con el prójimo. El mismo Cristo que dijo a sus apóstoles en la noche de la Cena: “Ésto es mi Cuerpo”. “Éste es el cáliz de mi sangre”. Dijo también: “A mi me lo hicisteis. Tuve hambre y sed, estuve desnudo, triste y abandonado... y me socorristeis."

    Es decir, la Religión debe ser interior, en espíritu y verdad, y consecuente y desprendida. La sal, la luz, la ciudad en alto, son signos que hacen pensar en la creación primera del universo, y nos urgen a comenzar la nueva creación, abandonando el cristianismo burgués de mínimos, que muchos viven.

    7. La sal se usa para condimentar los alimentos. Los judíos "sazonaban con sal sus ofrendas", para que fueran agradables a Dios. Para que la alianza con Dios permaneciera, como permanecen los alimentados conservados en sal; como se pactaban los contratos y las alianzas con la sal que les garantizaba firmeza.

    Los cristianos, debemos ser sal en el mundo, escondidos en la tierra, para, invisibles y sin apariencia, dar sabor nuevo de Dios al mundo, quitándole la sosez y la vulgaridad de quien ha perdido los valores, alejándolo de la corrupción y para influir en él como fermento, ayudándole a descubrir el sentido de la vida, para que no quede atrapado por sus tendencias y aspiraciones rastreras.

    8. Para sazonar e impedir la corrupción, los discípulos de Cristo poseen la “sal de la sabiduría de la Palabra”. Con su difusión, sobre todo encarnada en la vida, dan sabor al mundo, y ayudan a que la corrupción vaya disminuyendo y el mundo se vaya purificando.

    Podríamos añadir que hemos de ser como antibióticos que van destruyendo el campo de las bacterias. Pero si nosotros estamos invadidos ¿cómo vamos a ser antibióticos? ”Si la sal se vuelve sosa, ¿con que la salarán?”. No hay sal para sazonar la sal. “Sólo sirve para tirarla fuera”. A la calle. ¿Fuera del Reino? Por lo menos “para ser despreciados por los hombres” (Lagrange).

    9. "Sois la luz". Dice Isaías: "los pueblos caminarán a tu luz" (Is 60,3). Es lo que dice también Simeón con el Niño Jesús en brazos (Lc 2,32). Por ello dirige Paul Claudel su repetido apóstrofe a los cristianos: "¿Qué habéis hecho de la luz?". Porque los cristianos no podemos ser cuerpos opacos, pero tampoco cuerpos con luz propia.

    Nuestra luz es la del Señor a quien, hechos nosotros sencillos y transparentes, traslucimos. Cuanto más limpio el cristal, mejor trasluce la luz de la verdad, del bien, de la belleza.

    10. Los que comienzan a conocer a Dios sienten deseos de comunicar lo que ellos empiezan a gustar. El deseo es normal y bueno, pero puede ser contraproducente. Lo que a los principiantes les nace es enseñar, más que aprender; corregir, mejor que corregirse, más que orar, hacer cosas.

    Por eso San Juan de la Cruz enseña que “más quiere Dios de tí el menor grado de pureza de conciencia, que cuantas obras puedas hacer”. Ahí encontraremos la raíz de por qué haciendo tantas cosas los cristianos, cunde la tibieza en unos, la frialdad en otros y, en general, el poco ímpetu de espíritu amoroso. Dispuestos a lanzar la red, sobre todo, en el puerto y ante fotógrafos y cámaras de televisión, mas remisos en conseguir limpieza de intenciones y de corazón.

    Cuando se hace poca oración y la poca que se hace es vocal y no se practica la mental, y menos se alcanza la “tercera agua” de río o de fuente, de que nos habla Santa Teresa, no podemos esperar que la acción de los cristianos brille, convenza, avasalle, convierta, transforme.

    No es la acción, sino el amor con que se hace, con limpieza y desprendimiento de intereses y de ganga de pasiones, pecados y defectos, lo que hace crecer el Reino de Dios, la gracia, la santidad que, a corto plazo, no se van a ver. Y por eso no se hace, porque no se va a ver, no te lo van a tener en cuenta, ni a catalogar en tu “curriculum”.

    ¿Quién se cree que el acto de recoger un papel del suelo por amor puro de Dios, puede obrar la conversión de un alma? Teresa del Niño Jesús se lo creía y lo alcanzaba. Mientras no consigamos formar esa conciencia en la Iglesia, viviremos sumergidos en el déficit y en la inflación. Muchas hojas, poco fruto. Como la higuera maldecida por Cristo (Mt 21,19).

    11. Elevando los ojos Jesús cuando predica el sermón de la Montaña, muy bien podía ver tres ciudades: Hippos, Safet Séfforis, que le pudieron inspirar la imagen de la frase: “No se puede ocultar una Ciudad puesta en lo alto de un monte”. "Jerusalén está construída como ciudad bien trazada" (Sal 121).

    Los discípulos de Jesús son la Jerusalén nueva. Descendamos: Un compañero y otro y otro...han visto tu ordenador y tu escáner y tu página en Internet y, sin comentar nada, al poco tiempo se lo han instalado y lo usan. Es el poder de la imitación, de la ejemplaridad.

    Una ciudad ordenada es un reclamo a la imitación. Le ocurrirá al mundo lo que a la reina de Saba cuando, atraida por la fama de Salomón, fue a visitarle, y comprobó que su sabiduría, puesta de manifiesto en su orden y en su gobierno, superaba lo que le habían dicho, y exclamó: “Felices tus gentes” (1 Rey 10,1)

    12. Tampoco se enciende la vela para ponerla bajo el celemín, sino sobre el candelero, para que ilumine a todos. En tiempos de Cristo se alumbraban con grasas encendidas: para apagar la luz, se tapaba con una especie de cubo, que extinguía el oxígeno y apagaba la luz, y se evitaba el humo y el hedor de la grasa quemada.

    13. La luz no debe apagarse. Debe iluminar siempre, con las buenas obras, realizadas para que glorifiquen a Dios, y no para la propia ostentación y vanidad. Pero no hay que dejar las obras ni por falsa humildad, ni por pereza, ni por cobardía. Mientras San Bernardo predicaba, le sugirió el diablo: -¡Qué bien lo haces! “Ni por ti lo comencé, ni por ti lo dejaré”, contestó el santo.

    14. La Carta a Diogneto dice de los cristianos del Siglo II: "No se distinguen de los paganos por su vestido, comidas y hábitos de vida. Cada uno tiene su patria, pero se juzga peregrino; todo les es común con los demás. Toda otra región es su patria, aunque en toda patria se encuentran peregrinos. Como todos, tienen sus mujeres, crían hijos, pero detestan los abortos. La mesa les es común, mas no el lecho. Son de la carne, pero no viven según la carne. Habitan en la tierra, pero su ciudad es el cielo. Lo que el alma es en el cuerpo, eso son los cristianos en el mundo... Tan noble es el puesto que Dios les ha asignado, que no les está permitido desertar de él".

    15. Así son -debemos ser- para todos los hombres, visibles, como la ciudad puesta en lo alto, y como la luz espléndida del mediodía, o invisibles, con acción callada, pero eficaz, como la sal. Como la Eucaristía que silenciosamente va transformando nuestras vidas y el mundo. Como una inmensa transfusión diaria de sangre salvadora y fecunda.



    Jesús Martí Ballester
    jmarti@ciberia.es

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