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Un padre por la vida del nonato
Pasando sobre el principio jurídico de la correspondencia entre derechos y obligaciones, una ley absurda no le permite exigir el respeto a la vida de su hijo, en tanto no haya nacido


Por: Salvador I. Reding Vidaña | Fuente: Catholic.net



Mucho se habla y se legisla o busca legislar, para que el hombre que haya embarazado a una mujer soltera, cumpla su obligación alimentaria. Que no sea irresponsable, que mantenga a su hijo al menos, y que sea padre verdadero si es posible, en tanto esa criatura necesite de ello.

Qué bien, muy bien, nadie se opone a estas acciones a favor de la paternidad responsable. Pero hay otros casos al revés, cuando el padre de un nonato, defiende esta vida ante una madre gravemente irresponsable, tan irresponsable de su maternidad, que decide matar al hijo que lleva en su vientre.

El Dr. Xavier Dor, quien dirige un grupo pro-vida en Paris: SOS Tout-petits (Pequeñitos), desde hace más de 26 años, nos cuenta el problema que acabo de señalar: un padre pide por la vida del hijo que la madre quiere matar.

Hace referencia el Dr. Dor a una “Marcha por la Vida”, realizada en Roma el 14 de mayo pasado, y nos cuenta lo siguiente (que traduzco del francés): “Al inicio de la marcha, al pie del Coliseo, se pronunciaron muchos discursos. Tuve el honor de hablar en primer lugar. Relaté la historia de un hombre el cual, desde [la ciudad francesa de] Metz, me telefoneaba para preguntar si él podía, como padre, oponerse legalmente a la muerte de su hijo, su compañera, de 32 años, estando encinta pero habiendo sobrepasado el tiempo [para ‘interrumpir voluntariamente el embarazo’ en Francia], quería abortar en Bélgica o en Holanda.

“Yo le respondí -continúa el Dr. Dor-, que sobre una cuestión tan grave, debía yo primero consultar con nuestro abogado. Éste me hizo saber que: ‘aún siendo legítimo padre, no puede oponerse a la muerte de su hijo’. Consternado, le comuniqué la respuesta al hombre que llamó, consternado él también”.

“De esta forma, nos dice el Dr. Dor, el padre no tiene ningún derecho sobre su hijo; el hijo no tiene ningún derecho sobre su propia suerte, sólo la madre tiene todos los derechos de vida o muerte. Satán, en el Génisis, dijo a Eva: ‘Vosotros seréis como Dios’.”

Así opera semejante legislación inhumana, producto de una fanática cultura de la muerte, que concede ese derecho a una mujer encinta a matar al hijo, bajo el eufemismo de “interrupción voluntaria del embarazo”, sin que nadie pueda oponerse ni alegar derecho alguno.

Volvemos al principio: a un padre se le impone y exige por ley que cumpla todas sus obligaciones para el hijo que nacerá, engendrado por él con una mujer. Sin embargo, pasando sobre el principio jurídico de la correspondencia entre derechos y obligaciones, una ley absurda no le permite exigir el respeto a la vida de su hijo, en tanto no haya nacido. Una vez dado a luz, ¡ya podrá ejercerlo ante quien sea!

En dos ocasiones distintas, jóvenes a quienes conozco, que habían embarazado a sus novias, manifestaban, cada uno por su lado, el mismo reclamo: ¡ella mató a mi hijo! No solamente se reconocían como “el padre de la criatura”, sino que estaban dispuestos a amarla, protegerla y cumplir todas sus obligaciones paternas.

Esta doble moral, que torcidamente se incorpora en las leyes anti-vida, es inaceptable. Así como una mujer puede oponerse legalmente a que se le practique un aborto, que puede ser impuesto por terceras personas, como sus padres, su compañero o algún miembro del poder judicial o aún del ejecutivo, el padre del mismo bebé nonato no puede reclamar nada a nombre de su paternidad.

Quienes quieran creer que todo hombre que, tras “pasarla bien” una o más veces con una mujer, si ésta resulta embarazada, se desentenderá del asunto, dejando a la mujer y al bebé recién concebido a su suerte, están muy equivocados.

Creo que de alguna forma, todos conocemos de casos de parejas no casadas (o aún casadas) en las que el padre biológico, enfrenta, acepta, por presión, conciencia o por amor, las responsabilidades de su flamante paternidad. Se casan con la chica, o sin hacerlo cuidan meticulosamente el cumplir sus obligaciones para con el hijo que nacerá o haya ya nacido, para que esté protegido.

El varón que gustosamente recibe la noticia del embarazo de su pareja, debe tener como ella el mismo derecho ¡y obligación! a velar por la vida y salud del bebé de ambos, y ninguno de los dos, ninguno, el derecho de matarlo.

Si la mujer, por la razón o excusa que sea, quiere matar al hijo por medio del aborto, y se le da por leyes inhumanas el poder para decidir matarlo, el padre debe tener también el derecho de proteger esa vida, en la misma forma que lo tiene una vez nacido el hijo.

¿Cómo puede negársele a un padre ese derecho, cuando su hijo aún se encuentra en el seno materno? Este es uno de los absurdos de la cultura de la muerte, de un falso feminismo y una supuesta protección de un derecho inaceptable de la mujer al aborto voluntario.

Si un bebé nonato es incapaz, textualmente, de luchar por su vida, la voz de su padre, una “voz del que no tiene voz”, debe ser escuchada por obligación legal, protegiendo así el derecho del bebé a la vida.





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