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Derechos sexuales de la adolescencia
Derechos sexuales de la adolescencia
No puede dejarse responsablemente de lado el aspecto de los valores morales y religiosos que encierra la sexualidad


Por: Salvador I. Reding Vidaña | Fuente: catholic.net



De cuando en cuando, quienes abogan por el reconocimiento de que los adolescentes llevan vidas sexuales activas, insisten en que se les eduque en sus derechos sexuales. La idea no es mala, sólo que va por otro lado, y no por donde se pide de darles libertad para hacer lo que quieran, pero cuidándose del sida, otras enfermedades y embarazos no deseados.

En general, se exigen derechos sexuales del adolescente como la libertad para usar su sexualidad sin interferencia de ninguna figura de autoridad o del Estado. Pero para llegar a los derechos sexuales de adolescentes y niños, debemos partir de sus derechos básicos, reconocidos en la “Declaración Universal de los Derechos del Niño” firmada a raíz de una Convención de Naciones Unidas, con entrada en vigor el 2 de septiembre de 1990. En la misma, se define “niño” al menor de 18 años que legalmente no tenga mayoría de edad (Art. 1 de la “Declaración”), que podemos equiparar al término “menores”.

Desde todo punto de vista, incluido el sexual, el niño tiene derecho a cuidados especiales, y sus padres también el derecho de educarlos. Conforme al Artículo 3, fracción segunda: “los Estados Partes se comprometen a asegurar al niño la protección y el cuidado que sean necesarios para su bienestar, teniendo en cuenta los derechos y deberes de sus padres, tutores u otras personas responsables de él ante la ley”.

El Art. 5 dice también que “Los Estados Partes respetarán las responsabilidades, los derechos y los deberes de los padres o, en su caso, de los miembros de la familia ampliada o de la comunidad, según establezca la costumbre local, de los tutores u otras personas encargadas legalmente del niño de impartirle, en consonancia con la evolución de sus facultades, dirección y orientación apropiadas para que el niño ejerza los derechos reconocidos en la presente Convención”. Esto es muy importante frente a quienes niegan o reducen el derecho paterno a orientar a sus hijos en materia de sexo.

Quienes desean “liberar” la sexualidad de las molestas conciencia, religión y adhesión a principios, la Declaración exige también (Art. 14) el respeto del “derecho del niño a la libertad de pensamiento, de conciencia y de religión”, y que “los Estados Partes respetarán los derechos y deberes de los padres y, en su caso, de los representantes legales, de guiar al niño en el ejercicio de su derecho de modo conforme a la evolución de sus facultades”.

Quienes defienden el derecho del menor a ser informado sobre las consecuencias de la sexualidad, pero exigiendo en la práctica que se dejen de lado los aspectos morales (las “moralinas”, dirían) en realidad defienden intencionalmente un derecho incompleto. La Convención sobre Derechos del Niño exige algo más (Art. 17): “acceso a información y material procedentes de diversas fuentes nacionales e internacionales, en especial la información y el material que tengan por finalidad promover su bienestar social, espiritual y moral y su salud física y mental”.

En los Estados en donde el aborto es despenalizado, y existe el derecho a abortar, se enseña a las chicas que esto es así, que pueden exigir ese derecho, pero de nuevo olvidan que la misma Declaración menciona que el niño tiene derecho a la “debida protección legal, tanto antes como después del nacimiento", así como el derecho a “asegurar atención sanitaria prenatal […] a las madres”, para proteger la vida y salud de su hijo nonato (Art. 24-2-c).

Uno de los derechos esenciales, inalienables de niños y adolescentes, es el derecho a la educación, y por allí hay que empezar (Arts. 28, 29). Este derecho considera que deben ser educados en la función humana de la sexualidad, de las implicaciones psicológicas y anímicas de la misma, que sobrepasan totalmente la sexualidad meramente reproductiva de los animales.

Tienen los menores derecho a saber que una relación sexual, del tipo que sea, involucra la parte afectiva sobre la mera mecánica corporal de disfrutar del sexo, y que por tanto sus relaciones tienen que ver con sus sentimientos, en especial con el amor y el respeto a sí mismo y a los demás, particularmente una pareja sexual también menor de edad.

En el artículo 29 de la Declaración, se establece la obligación de: “c) Inculcar al niño el respeto de sus padres, de su propia identidad cultural, de su idioma y sus valores, de los valores nacionales del país en que vive, del país de que sea originario y de las civilizaciones distintas de la suya”. La importancia de los valores morales está clarísima como derecho en la educación del menor.

El mismo artículo 29, fracción (d) exige: “Preparar al niño para asumir una vida responsable […]”. Esta preparación tiene especial importancia en su actividad sexual, que debe estar sujeta a principios y a las funciones no solamente físicas sino afectivas, que son inseparables si no que quiere caer en una sexualidad meramente mecánica y animal.

El joven tiene derecho a saber que para que la vida sexual sea no sólo placentera sino satisfactoria emocionalmente, debe ser un acto de amor y no sólo de placer físico. No es así de simple enseñarle la prevención de enfermedades sexualmente trasmisibles y de embarazos no deseados, sino el rol que la sexualidad tiene en el todo de la vida humana, que va mucho más allá en una visión responsable de vivir la sexualidad para sus fines humanos y sociales, y no como parque de diversiones. Eludir el tema de que el amor está sobre el disfrute físico, es una causa del alto índice de divorcios entre la juventud.

Por último, y conforme a la Declaración de los Derechos del Niño, no puede dejarse responsablemente de lado el aspecto de los valores morales y religiosos que encierra la sexualidad, y de paso, el derecho de padres y tutores a educarlos en moral y religión, y los deberes que ello les implica.

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