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Las Grutas Vaticanas
Roma, Italia

A uno y otro lado de la tumba de San Pedro, junto al Altar de la Confesión, se suceden los nichos de más de un centenar de papas


Por: Pedro Ontoso | Fuente: www.hoy.es



El baldaquino de Bernini se alza imponente bajo la cúpula de Miguel Ángel. El bronce dorado lanza destellos como un faro sobre el suelo de la nave central de la basílica, bajo el que se extienden las Grutas Vaticanas, recurso muy a mano para ambientar historias de intrigas papales. A la cripta funeraria, incluida en muchos de los itinerarios propuestos a los visitantes de Roma, se accede por unas escalinatas que convergen en una estancia con forma de herradura donde, muy lejos del luto riguroso, el blanco es el color dominante.

En la vertical del tabernáculo se encuentra la tumba de San Pedro, primer príncipe de la Iglesia y morador de la gran sepultura de la cristiandad, después del Santo Sepulcro de Jerusalén. ´Sepulcrum Sancti Petri Apostoli´, reza la leyenda del pergamino pétreo colocado sobre dos ángeles en una puerta custodiada por dos fieras con aspecto de leones. La tradición situaba en ese punto, una ladera de la Colina Vaticana, la tumba del apóstol y excavaciones posteriores han ratificado las huellas dejadas por la veneración popular a lo largo de los siglos.

Fue en tiempos de Pío XII, en 1939, cuando al realizar una excavación para enterrar a su predecesor aparecieron restos de una necrópolis. El hallazgo propició nuevos trabajos arqueológicos y la aparición de la tumba de alguien «importante», con protección de muros para evitar filtraciones de agua, y centenares de monedas (romano imperiales y medievales) de peregrinos de toda Europa. Estaría situada bajo la basílica levantada por el emperador Constantino, convertido al cristianismo.

Los investigadores se la adjudican a San Pedro y Pío XII lo anunció así en su mensaje de Navidad de 1950. Posteriormente fueron descifrados los grafitos de uno de los muros de la tumba con inscripciones que se identifican con el pescador santo y se localizan unos huesos bajo una leyenda que dice ´Pedro está aquí´. En 1978, Pablo VI proclama: «Hemos encontrado los huesos de San Pedro».


Siempre con flores

A uno y otro lado de la tumba de San Pedro, junto al Altar de la Confesión, se suceden los nichos de más de un centenar de papas, continuadores de la misión de Simón de Galilea. En el lateral izquierdo, entre otras, la tumba de Pío XII (Eugenio Pacelli). A la derecha, las de Bonifacio VIII, el pontífice que reafirmó el poder del papado frente a Felipe el Hermoso; Pablo VI (Giovanni Battista Montini) y Juan Pablo I (Álbino Luciani).

Pero la que más llama la atención, la que van buscando los fieles es la de Juan XXIII, el ´Papa bueno´. Sarcófago de mármol, corona de plata, pero, sobre todo, flores frescas que sus muchos seguidores han depositado en el suelo. Roncalli siempre tiene flores. Los visitantes caminan, se detienen ante alguno de los sarcófagos y muchos recitan alguna oración antes de proseguir con la jornada vaticana para maravillarse con la Pietá de Miguel Angel o perderse en los museos.

El nicho de Juan XXIII, el Papa que convocó el Concilio Vaticano II, se encuentra ahora vacío. Una año después de que Karol Wojtyla le beatificara -en septiembre de 2000-, treinta y ocho desde su muerte, el cuerpo de Roncalli fue sacado de las grutas vaticanas y venerado por miles de fieles en la plaza de San Pedro. El cadáver incorrupto del pontífice, transportado en una urna de bronce y cristales antibala, salió de la basílica por la Puerta de las Plegarias y atravesó el Arco de las Campanas. Al final de la ceremonia, los restos mortales fueron depositados bajo el altar de San Jerónimo -uno de los padres de la Iglesia-, su morada definitiva.

Desde aquella beatificación conjunta -compartió proceso con Pío IX, a quien el propio Juan XXIII ya quiso glorificar- el sepulcro se ha mantenido abierto, a la espera de un nuevo morador.


Peso de la tradición

Fue el propio pontífice polaco quien promovió la santificación del patriarca de Venecia, del que era un gran admirador. Por esa razón no era de extrañar que quisiera reposar en el mismo sitio donde estuvo el ´Papa bueno´, de quien tomo el primer nombre para dirigir a la Iglesia. Algunos sostenían que Wojtyla había compartido su deseo de ser sepultado bajo el crucifijo de la beata Edvige, ubicado en el lateral derecho de la catedral de Cracovia. Otros, que Juan Pablo II aspiraba a que su cuerpo descansara en la cripta de San Leonardo del mismo templo, donde el pontífice celebró su primera Eucaristía el 2 de noviembre de 1946.

Ahora se confirma el peso de la tradición. Los restos mortales de Karol Wojtyla descansan cerca de la capilla de San Longinos, en la parte derecha de las Grutas Vaticanas, a muy pocos metros de la tumba del apóstol Pedro. Los papas casi siempre son enterrados en la Ciudad Eterna, capital de la cristiandad.

 





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