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¿Somos libres para vivir éticamente?
Teorías que niegan la libertad las han existido desde tiempos remotos


Por: P. Fernando Pascual | Fuente: Catholic.net



Teorías que niegan la libertad las han existido desde tiempos remotos. Unos hablan de un destino superior, de dioses o estrellas que determinan férreamente nuestros actos. Otros aluden a la fuerte presión social, que nos encadena hasta el punto de que hacemos sólo aquello que aprendimos en la educación o bajo la presión de la familia o del grupo. Otros simplemente defienden que todo depende de la materia o del ADN: nada de lo que “escogemos” escapa al control de leyes de la química y de la biología.

En realidad, ¿podemos reconocer que somos realmente libres? Kant (1724-1804) proponía dos ejemplos relacionados entre sí que pueden servir como ayuda para encontrar una respuesta.

Primer ejemplo: un hombre dice que su inclinación hacia ciertos placeres es invencible, siempre que se le presente una situación favorable y una persona disponible. Le preguntamos qué pasaría si, frente a la casa que normalmente visita para gozar, pusieran una horca en la que le ahorcarían cuando terminase de satisfacer sus instintos. La respuesta parece obvia: en tal caso, esa persona sería capaz de vencer sus propios deseos de placer, motivado por el miedo al castigo.

Segundo ejemplo: a esa misma persona le preguntan qué haría si un príncipe (o un gobernante) despótico le pidiera que levantase un falso testimonio contra otra persona, con el fin de llevarla a los jueces y arruinarla. La petición del príncipe está acompañada con una fuerte amenaza: si se niega a obedecer, será ahorcado.

Esa persona reconocería en su interior que puede decirle no al príncipe. El que luego tenga el valor necesario para ello es otro cantar, pero que perciba una fuerza íntima para levantar su voz ante el tirano y para defender a un inocente, es algo natural. Lo siente él y lo sienten miles de corazones humanos, lo cual demuestra que somos capaces de actuar según principios éticos, por encima del miedo a los castigos.

Dejemos de lado el uso que hacía Kant de estos ejemplos para defender su teoría ética. En sí mismos tienen un especial brillo, pues nos muestran algo tan sencillo como esto: somos capaces de mucho más de lo que nos imaginamos, a pesar de que muchas veces decimos y pensamos que no podemos dejar de hacer esto o lo otro.

El primer ejemplo, ciertamente, tiene un punto débil: la persona que normalmente cede a cualquier placer propicio resistiría sólo ante una horca (o ante otras amenazas); es decir, sólo por miedo a un castigo. Nos damos cuenta de que tal miedo no es suficiente para vivir con un auténtico sentido ético. Pero el ejemplo evidencia un punto importante: lo que suponíamos que nunca podríamos dejar de hacer, en realidad sí podemos dejar de hacerlo, aunque sólo sea ante una amenaza especialmente intensa.

El segundo ejemplo ofrece otra perspectiva mucho más interesante. El miedo a un castigo está presente, y puede ser tan fuerte que uno se doblegue ante el tirano y al final acuse a un inocente. Pero por encima del miedo que surge ante una amenaza grave, muchos somos capaces de percibir que podemos llegar a un gesto de valor, que podemos decir no a la orden injusta, y que existe en el propio corazón un deseo sincero por evitar la condena de un inocente, aunque ello signifique nuestra propia muerte.
 





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