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Santa Cecilia
Santa Cecilia
Lirio del Cielo


Por: Jesús Martí Ballester | Fuente: www.jmarti.ciberia.es



I. UNA CASA PATRICIA DE LA ROMA IMPERIAL

En un ángulo del campo de Marte, cerca del mausoleo de Augusto y tan próxima al Estadio, que en los grandes días se oyen los gritos de la multitud, se yergue una casa patricia de la roma imperial. Desde allí se ve el Tíber. Detrás, se alza la fachada del Panteón, a la derecha el jardín, y en el interior un patio alegre, poblado de estatuas, pertenecientes a la nobilísima gens de los Cecilios. Pero los mármoles rodaron y las y el recuerdo se ha olvidado. Aquel palacio aristocrático de la Roma de los Antoninos, es hoy la iglesia de Santa Cecilia, espejo de la nueva Roma, restaurada por Cristo, la abeja industriosa de los panales del Señor, como la llama el pontífice Urbano. Una abeja libadora de flores de virtudes, que atesora en silencio y en oración. En una habitación, en un cofre de plata, se guarda el Evangelio que la joven lee todos los días.

II. LA BODA DE CECILIA

El palacio de los Cecilios se viste de fiesta. Esclavos y esclavas entran y salen, llevando joyas brillantes, telas preciosas y cestillos de flores. Están preparando la fiesta nupcial de la boda de Cecilia. Una noche, en las catacumbas, el pontífice había puesto sobre su cabeza el velo de las vírgenes; era la esposa de Cristo, pero no ha podido vencer la voluntad de su padre; y ahora se pone confiada en las manos del Señor.

Avanza el cortejo. Van delante un niño adornado con verbenas y una niña coronada de rosas. Describiendo ligeros ritmos de danza, siguen cuatro adolescentes que acaban de vestir la toga pretexta. Cecilia lleva el vestido prescrito por el ritual: túnica blanca de lana con ceñidor también blanco y un manto color de fuego, símbolos de inocencia y amor. Cuando empezaba a brillar el lucero de la tarde, la nueva esposa es conducida a la morada del esposo.


III. EL CORTEJO HACIA LA MANSION DE VALERIANO

Situada al otro lado del Tíber estaba la casa de Valeriano, donde hoy está la iglesia de Santa Cecilia. Aunque Cecilia sonríe, una angustia infinita le acongoja el corazón. Pronto estamos frente a la casa de Valeriano, adornada de blancas colgaduras y guirnaldas de hiedra, donde aguarda el esposo feliz y esperanzado.

--¿Quién eres tú?, preguntó Valeriano.

Y respondió Cecilia:

--Donde tú Cayo, yo Caya.

Cecilia atraviesa el umbral. Una esclava le presenta en un cáliz de plata el agua, que figura la limpieza; otra le entrega una llave, símbolo de la administración que se le confía; y otra le ofrece un puñado de lana para recordarle las tareas del hogar. Entran en el triclinio, donde se servirá el banquete nupcial. Brillan los candelabros, los lirios de Aecio y de Tívoli derraman sus perfumes, caen el chipre y el falerno en las copas de oro, escanciadas por jóvenes efebos, resuena la melodía de las arpas y los címbalos y los comensales aplauden al poeta que canta el epitalamio.

IV. EN EL BANQUETE DE BODA

Cecilia parece enajenada; su corazón está suspendido por una música celeste. "Durante el banquete de bodas, mientras la música sonaba, ella entonaba oraciones en la soledad de su corazón, pidiendo que su cuerpo quedara inmaculado", rezan las Actas de santa Cecilia, del año 500: "Que mi corazón y mi carne permanezcan puros". Cecilia iba a dar el último paso hacia el peligro. Dos matronas guiaron sus pasos temblorosos hacia la cámara nupcial. Arden los candelabros, brillan los tapices y fulguran las joyas.


V. EN LA CAMARA NUPCIAL

Radiante llega Valeriano. Nervioso, se acerca a su esposa de dicha; pero ella le detiene con estas palabras:

-Joven y dulce amigo, tengo un secreto que confiarte; júrame que lo sabrás respetar.

Valeriano lo jura sin dificultad, y la virgen añade:

-Cecilia es tu hermana, es la esposa de Cristo. Hay un ángel que me defiende, y que cortaría en un instante tu juventud si intentases cualquier violencia.

El joven palidece, se irrita, grita desesperado; pero poco a poco la gracia le domina, y con la gracia la dulzura infinita de Cecilia.

-Cecilia -dice al fin-, hazme ver ese ángel, si quieres que crea en tus palabras. -Para ver ese ángel de Dios se necesita antes creer, hacerse discípulo de Cristo, bautizarse.

-Pues bien -responde Valeriano -; ahora mismo, esta misma noche; mañana será tarde.: "Muéstramelo. Si es realmente un ángel de Dios, haré lo que me pides." Cecilia le dijo: "Si crees en el Dios vivo y verdadero y recibes el agua del bautismo verás al ángel".

BAUTISMO DE VALERIANO

Valeriano accedió y con el ímpetu de la juventud y la duda en el alma, deja en la habitación a su esposa y camina en busca del pontífice Urbano. Poco a poco, una fuerza desconocida va serenando su alma. Empieza a comprender. Urbano le acogió con gran gozo. Un anciano con un documento que dice: "Un solo Señor, un solo bautismo, un solo Dios y Padre de todos, que está por encima de todo y en nuestros corazones." Urbano preguntó a Valeriano: "¿Crees esto?". Valeriano respondió que sí y Urbano le confirió el bautismo. Cuando Valeriano llegó donde estaba Cecilia, vio a un ángel de pie junto a ella. El ángel colocó sobre la cabeza de ambos una guirnalda de rosas y lirios. Después llegó Tiburcio, hermano de Valeriano y los jóvenes esposos le ofrecieron una corona inmortal si renunciaba a los falsos dioses. Tiburcio se mostró incrédulo al principio y preguntó: " ¿Quién ha vuelto de la tumba a hablarnos de esa otra vida?" Cecilia le habló de Jesús. Tiburcio recibió el bautismo.

VI. DOS CORONAS DE ROSAS Y LIRIOS

Unas horas más tarde volvía vestido con la túnica blanca de los neófitos. Prosternada en tierra, Cecilia está absorta en oración; una luz deslumbrante la rodea y un ángel de inefable belleza flota sobre ella, sosteniendo dos coronas de rosas y de lirios, con que adorna las sienes de los dos esposos. Al bautismo de Valeriano siguió el de su hermano Tiburcio y poco después, los dos esposos daban su sangre por la fe. Reinaba entonces en Roma el emperador Aurelio, hombre honrado, corazón bueno y compasivo, que se rebela contra los juegos sangrientos del anfiteatro; pero cruel con los cristianos. En su persecución sufrieron Tiburcio y después, la virgen Cecilia.


LOS DOS HERMANOS ANTE EL PREFECTO

Y los dos hermanos se consagraron a la práctica de las virtudes cristianas. Uno y otro fueron arrestados por haber sepultado los cuerpos de los mártires. El prefecto Almaquio, ante el cual comparecieron, empezó a interrogarlos. Las respuestas de Tiburcio le parecieron, desvaríos de loco. Y dirigiéndose a Valeriano, le dijo que esperaba que le respondería con más sensatez. Valeriano replicó que tanto él como su hermano estaban creían en Jesucristo, el Hijo de Dios. Y comparó los gozos del cielo con los de la tierra; pero Almaquio le ordenó que no dijera más sandeces y dijese si estaba dispuesto a sacrificar a los dioses para que lo soltara. Tiburcio y Valeriano replicaron: "No, no sacrificaremos a los dioses sino al único Dios, al que diariamente ofrecemos sacrificio." El prefecto les preguntó si su Dios se llamaba Júpiter. Valeriano respondió: "No. Júpiter era un libertino, un criminal y un asesino, como lo confiesan vuestros propios escritores."

CASTIGADOS Y CONDENADOS A MUERTE

Valeriano se regocijó al ver que el prefecto mandaba que los azotaran y ellos se ddirigieron a los cristianos presentes: "¡Cristianos romanos, no permitáis que mis sufrimientos os aparten de la verdad! ¡Permaneced fieles al Dios único, y pisotead los ídolos de madera y de piedra que Almaquio adora!" Almaquio pretendía dejarles reflexionar; pero Valeriano le dijo que querrían distribuir sus posesiones entre los pobres, para impedir que el Estado las confiscase. Fueron condenados a muerte. La ejecución se llevó a cabo en Pagus Triopius, a seis kilómetros de Roma. Con ellos murió un cortesano llamado Máximo, quien, viendo la fortaleza de los mártires, se declaró cristiano.

CECILIA SEPULTÓ LOS TRES CADÁVERES.

Cecilia fue llamada para que abjurase de la fe. En vez de abjurar, convirtió a los que la inducían a ofrecer sacrificios. El Papa Urbano la visitó en su casa y bautizó a 400 personas, entre las cuales se contaba Gordiano, un patricio, que estableció después en la casa de Cecilia una iglesia que Urbano consagró a la santa. El prefecto Almaquio discutió con Cecilia. La actitud de la santa le enfureció, porque le atrapó con sus propios argumentos. Almaquio la condenó a morir sofocada en el baño de su casa. Pero, por más que los guardias pusieron en el horno una cantidad mayor de leña,en atención a su alcurnia Cecilia pasó en el baño un día y una noche sin morir. Los cristianos acudieron a visitarla en gran número. La santa legó su casa a Urbano y le confió el cuidado de sus servidores.

VII. EL MARTIRIO CRUEL

Tras los intentos de ahogarle en el hipocausto, el líctor blandió la espada y la dejó caer tres veces sobre el cuello de Cecilia, con tan mala suerte, que quedó envuelta en su propia sangre luchando agónica con la muerte. Tres días después iba a recibir el galardón de su heroísmo. Los cristianos recogieron el cuerpo de la mártir y respetuosamente lo encerraron en un arca de ciprés, sin cambiar la actitud que tenía al morir. Así se encontró catorce siglos más tarde, en 1599, sepultada junto a la cripta pontificia, en la catacumba de San Calixto, según el testimonio del mismo Cardenal Baronio.


VIII. TESTIMONIO DE CARDENAL BARONIO

"Yo vi el arca, que se encerró en el sarcófago de mármol -dice el cardenal Baronio- y dentro, el cuerpo venerable de Cecilia. A sus pies estaban los paños empapados en sangre, y aún podía distinguirse el color verde del vestido, tejido en seda y oro, a pesar de los destrozos que el tiempo había hecho en él. Podía verse, con admiración, que este cuerpo no estaba extendido como los de los muertos en sus tumbas. Estaba la castísima virgen recostada sobre el lado derecho, unidas sus rodillas con modestia, ofreciendo el aspecto de alguien que duerme, e inspirando tal respeto, que nadie se atrevió a levantar la túnica que cubría el cuerpo virginal. Sus brazos estaban extendidos en la dirección del cuerpo, y el rostro un poco inclinado hacia la tierra, como si quisiese guardar el secreto del último suspiro. Sentíamonos todos poseídos de una veneración inefable, y nos parecía como si el esposo vigilase el sueño de su esposa, repitiendo las palabras del Cantar: “No despertéis a la amada hasta que ella quiera". Aunque la relación parece fruto de la fantasía, los mártires Valeriano y Tiburcio, sepultados en las catacumbas de Pretextato, son históricamente ciertos. Después del proceso, referido por el autor de la Passio, Cecilia, condenada a ser decapitada, recibió tres poderosos tajos del verdugo, sin que su cabeza cayese cortada: Había pedido y obtenido la gracia de volver a ver al papa Urbano antes de morir. En la espera de esta visita ella continuó durante tres días profesando la fe. No pudiendo hablar, expresó con los dedos el credo en Dios uno y trino. Y con este gesto la esculpió Maderno en su célebre, bellísima e impresionante imagen de mármol.

IX. PATRONA DE LA MÚSICA

Cecilia, virgen clarísima, Lirio del cielo llega escoltada por la gloria divina con música y cantos, al banquete nupcial, en palabras de la narración de la Passio: Cantantibus organis, Caecilia, in corde suo, soli Domino decantabat, dicens:

Fiat cor et corpus meum immaculatum ut non confundar -, "Mientras tocaba el órgano, Cecilia cantaba salmos al Señor". A su Señor, a su Esposo: "Que mi corazón y mi cuerpo permanezcan inmaculados, para ue no quede confundida". Sus oraciones fueron escuchadas y fue martirizada. Este relato escrito de las Actas de la mártir se grabó en mosaicos, y se decoró en frescos y miniaturas.

X. LOS PINTORES Y POETAS

En el siglo XVI y siguientes su posición como patrona de la música fue creciendo. Y los artistas la representaron tocando el órgano, o junto a él, en numerosas pinturas, destacando las de Rafael, Rubens y Pousin. Así la celebraron los pintores, los músicos y los poetas, Dryden, Pope, Purcell y Händel. El Movimiento Ceciliano alemán del siglo XIX la tomó como Patrona para la reforma de la música litúrgica, que culminó en el Motu Proprio de San Pío X, en 1903.

XI. CECILIA CANTA EN EL CIELO

Podemos imaginarnos a Cecilia cantando gozosa en el cielo, pidiendo al Señor que nosotros seamos dignos de cantar las alabanzas de Dios por las maravillas que obra en el mundo, unidos a su alma, limpia y enamorada. Dice santo Tomás en la 2a-2ae q. 91 a. 1 resp sobre el Canto Litúrgico, que tanto cuanto asciende el hombre a Dios por la divina alabanza, se aleja de lo que va contra Dios. El hombre asciende a Dios por medio de la divina alabanza, que le eleva alejándolo de lo que se opone a Dios, el egoísmo y la soberbia, y lo convierte en hombre interior. La alabanza exterior de la boca ayuda a motivar el amor interior del que alaba. La alabanza exterior de los labios contribuye a aumentar el amor del que alaba, como lo había experimentado muy bien San Agustín viviendo la experiencia de la Iglesia que canta. La melodía divina con su fuerza transformante, lo había conducido al camino de su conversión. Confiesa el Santo que cuando oía los himnos, de los salmos y de los cánticos en Milán, se sentía vivamente conmovido a la voz de tu Iglesia, que le impulsaba suavemente. Aquellas voces se mantenían en mis oídos y destilaban la verdad en mi corazón; encendían en mí sentimientos de piedad; entretanto derramaba lágrimas que me hacían bien (Conf. IX 6-14). En la Iglesia de Cristo, que es hogar de gozo, el canto es esperanza en acto porque es plegaria. Por lo tanto dedicarse a cantar a Dios y a escuchar la música sagrada es prepararse para orar con mayor esperanza y a vivir la vida de Dios en nuestro santuario interior que desborda en la sociedad como anuncio del Reino de Cristo.


XII. LAS IMAGENES DE LA PATRONA DE LA MUSICA

A partir del Siglo XVI, la iconografía la representa llena de alegría por la presencia del Señor tocando instrumentos musicales, la lira, la cítara, el órgano, el clavicordio, el arpa, el violín, el violoncelo, y rodeada de ángeles cantando. Así la representan en el Louvre, Domenichino, Guido Reni, Rubens y Pierre Mignard. Desde la Catedral de Palermo a la Pinacoteca de Dresde, la figura de la mártir romana, personifica el espíritu del canto y de la música sacra, y sale de los límites de la música italiana para inspirar la música y la pintura europeas y el arte internacional ya que el arte no tiene fronteras, como no lo tiene el bien, ni la verdad ni la belleza, que viven en Dios y son participados por los hombres, que habiendo saboreado un retazo de hermosura, se enamoran de la plenitud de la belleza de Cristo Pantocrator. Porque la belleza, la verdad y el bien convergen y conducen a los hombres a reencontrarse con Dios.

XIII. LA PEDAGOGIA DEL ARTE

En la Pinacoteca de Bolonia se puede admirar un cuadro de Rafael que representa a Cecilia, junto a instrumentos musicales, absorta en las armonías celestes. La Vida divina trinitaria, el Paraíso, la Comunión de los Santos son luz, armonía y color, santidad, que es belleza, magnificencia y esplendor. Ese es el ministerio de la liturgia y el magisterio del arte, ayudarnos a comprender mejor, a orar y a elevar nuestra mente a la armonía del Paraíso, al que estamos llamados. Los templos no son museos refinados, sino auxilios para afianzar nuestra fe y caminos de conversión interior. La música y el canto sagrado, las expresiones artísticas de la arquitectura, las pinturas, las imágenes, vienen a ser como sacramentales, para que los hombres, dotados de sentidos, se abran a su vocación de santidad, atraídos y fascinados por el aroma de los nardos de los santos, y por la blancura lilial de la Patrona de la Música CECILIA, Coeli-lilia, que en castellano significa Lirio del Cielo.

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