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San Gerardo Mayela

San Gerardo Mayela
La vida de un redentorista apasionado por la Eucaristía, es la imagen viva de un cristiano.


Por: Pedro García, misionero claretiano |



Cuando presentamos un Santo o una Santa en nuestros mensajes nos vamos dando cuenta de que son unos hombres de carne y hueso como nosotros. Los que esperan grandes milagros y casos prodigiosos se llevan un desengaño al comprobar que no hay dada de eso, sino que todo discurre por la vía de la normalidad.

Sin embargo, Dios hace a veces alguna excepción y suscita un santo de esos milagreros, que nos desconciertan a la vez que nos fascinan y encantan. Tal sucede con el querido San Gerardo Mayela, que hacía los milagros más simpáticos que nos podemos imaginar.

Nace en el siglo dieciocho cerca de Nápoles, cuando los Padres Redentoristas, fundados por
San Alfonso María de Ligorio, recorrían Italia en plan misionero. Pierde a su padre cuando sólo tiene doce años, y su madre y las tres hermanas han de trabajar fuerte para poder vivir.

Pero a estas horas, Gerardo hace ya milagros por demás curiosos. Con sólo seis años se escapaba a la iglesia, se ponía delante de la imagen de la Virgen y le pedía le dejase el Niño. La imagen se removía, el Niño Jesús bajaba y se ponían los dos a jugar al escondite. Al final, Jesús le daba a su amiguito un pan muy blanco que se llevaba a casa para comer. La mamá y las hermanas le siguieron la pista y comprobaron el pasmoso milagro, repetido muchos días.

Gerardo será famoso por su devoción a la Eucaristía.

De niño quiere comulgar y se pone sin más en la fila. Lo ve el sacerdote, pasa de largo, y Gerardo llora amargamente. Por la noche, y en su cuarto, se le acerca el Arcángel San Miguel y le da la Sagrada Forma.

Siendo ya muchachito crecido, se gana al guardián de la catedral, le pide las llaves al atardecer, y se pasa noches enteras ante el Sagrario. En una de ellas, oye a Jesús que le dice: Oye, Gerardo, ¿no estás un poquito loco?
Y Gerardo, avispado, le responde:
¿Yo loco? Más loco estás Tú, Jesús, que te has quedado aquí encerrado por mi amor.
Pero no vayamos a pensar que la vida de Gerardo era fácil.

Se dedicó a hacer penitencias que nos sobrecogen. Por ejemplo, se empeñó muchas veces en reproducir la pasión de Jesús, y les decía a los amigos que le azotaran bien fuerte, porque no sentía los golpes. Los otros, crédulos, le azotaban sin compasión.

Y cuando representaban la pasión un entretenimiento muy de muchachos Gerardo se ofrecía para hacer de Jesús. Se dejaba colgar de la cruz, y allí permanecía sufriendo dolores muy intensos, sin que nadie lo sospechara.

Hubo un Obispo muy bueno, pero inaguantable, al que ningún ayudante le duraba más de dos meses. Gerardo estuvo con él tres años, gastando una paciencia más que de santo. Estaba allí contentísimo porque, como el Obispo tenía su capilla privada, Gerardo se podía pasar horas y más horas ante el Sagrario con Jesús Sacramentado. ¿Qué más quería, y qué le importaba el mal genio del Obispo?...

Pero un día se llevó un susto terrible. Tiene que ir a sacar agua del poco y se le cae dentro la llave del palacio. ¡La regañada que le espera del Obispo!... Con todo, Gerardo se las ingenia y no pierde la paz. Se va a buscar la imagen del Niño Jesús, lo ata a la punta de la soga, lo echa al fondo del pozo, y el Niño Jesús, muy obediente a su amigo Gerardo, que sale del agua con la llave en la mano...

Por lo delicado de sus salud no lo querían recibir en el convento. Cómo quieres que te recibamos si no vas a valer para nada. Ustedes me reciben, y si no valgo me iré...

Como no valían razones, en un gesto de audacia, se saltó por la ventana de su casa donde le habían encerrado, se unió a los misioneros, y la Congregación de los Redentoristas se vio como obligada casi a no desecharlo. Oye, pero tú no vales para sacerdote, pues no tienes estudios.
Ya lo sé. Pero valgo para Hermano y me podré ocupar en los oficios de la casa y en ayudar a ustedes los Sacerdotes que se dedican a la predicación.

Efectivamente, no estudió para sacerdote, sino que se quedó como Hermano lego. Pero su celo por salvar almas le llevó a ir por las parroquias a hablar con la gente; convirtió la portería del convento en una cátedra del Evangelio con predicación continua, y practicó la caridad con los pobres de manera extraordinaria.

Y continuaron los milagros. Como aquel de Nápoles en el mar...

Sale la nave muy confiada, se levanta una tempestad terrible, las olas se llevan la embarcación, y todo se da por perdido. La barca dejaba de verse para siempre. Pero Gerardo se lanza al agua, vestido tal como estaba, se adentra en el mar hasta dar con los náufragos, agarra la barca con la mano y la lleva hasta la orilla como si fuese una creatura...

Con ser tan encantadores, los milagros de Gerardo son lo de menos en su vida. Lo importante es lo otro: su espíritu dado del todo a Dios a lo largo de su corta existencia en este mundo, pues murió a los veintinueve años. Devotísimo de la Pasión de Jesús, loco por la Eucaristía, amantísimo de la Virgen María, dado del todo a la oración, y cumplidor fidelísimo del deber en todos los trabajos... Gerardo Mayela es un modelo acabado de perfección cristiana..

 



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