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Teresa del Niño Jesús, Santa
Teresa del Niño Jesús, Santa
¡Cómo me gustan las fiestas!


Por: Pedro García, Misionero Claretiano | Fuente:



Iniciamos la presentación de los Santos con Teresa de Lisieux, a la que el Papa Pío XI llamó La estrella de mi pontificado, y de la que dijo un Papa anterior, San Pío X, que era la mayor santa de los tiempos modernos.

Tan jovencita, siempre soñó en el mundo misionero, no hizo más que orar y sacrificarse por la salvación de las almas, y por eso el Papa la proclamó Patrona de las Misiones. Y sus enseñanzas son tales y de tal alcance, que el Papa Juan Pablo II la declaró Doctora de la Iglesia.

¿Quién es Teresa del Niño Jesús? Una muchacha que murió a los veinticuatro años, que se encerró en un convento de clausura carmelitana, que pasó desconocida del todo, y que escribió los recuerdos de su vida, los cuales han dado mil veces la vuelta al mundo, con el título de Historia de un alma. Prometió, con frase célebre: -Desde el Cielo, haré caer sobre la tierra una lluvia de rosas.

Y, realmente, sus pétalos han llenado de color y de perfume a la Iglesia de nuestros tiempos.

Son muy famosas algunas de sus frases, respecto de cosas muy pequeñas. Por ejemplo, éstas expresiones tan simples, al hablarnos de cuando era niña:
¡Cómo me gustaban las fiestas! Me gustaban, sobre todo, las procesiones del Santísimo. ¡Qué alegría arrojar flores al paso del Señor! ¡Qué dicha sembrar flores al paso de Dios Pero en vez de dejarlas caer, yo las lanzaba lo más alto que podía, y cuando veía que mis rosas deshojadas tocaban la sagrada custo-dia, mi felicidad llegaba al colmo...

Cada semana traía una fiesta muy entrañable para mí: el domingo. ¡Qué día el domingo! Era la fiesta de Dios. Con toda la familia iba a Misa. Escuchaba con mucha atención los sermones, aunque no entendía casi nada. El primero que entendí, y me impresionó muy profundamente, fue sobre la Pasión del Señor... Aquella dulce jornada pasaba con mucha rapidez, y suspiraba por el descanso eterno del Cielo, por el domingo sin ocaso.

Así aprendió en familia a santificar el día del Señor.

Teresa nos enseñó su Caminito de la infancia espiritual. Aquí está su doctrina peculiar, que la hace célebre. Esa doctrina podría resumirse en estas expresiones, resumen de todo su espíritu:
Se puede subir una escalera a pie y con esfuerzo, pero es más fácil utilizar el ascensor. ¡Y yo he encontrado mi ascensor! Son los brazos de Jesús, los de Dios mi Padre. Para ello, no hay que hacer otra cosa que mantenerse niños en su presencia. El niño tiene su fuerza en su propia pequeñez.

Hay que confiar en Dios, no hay que extrañarse de las propias faltas ni preocuparse por ellas, porque al niño se le perdona todo. Y nuestro esfuerzo para ser santos se reduce a cosas muy sencillas. A amar mucho. A ganarnos al Señor con caricias, con las flores de los pequeños sacrificios que nos trae la propia vida.

De aquí nació aquella confianza en la misericordia de Dios, como dice en un párrafo extraordinario:
Lo que le ofende a Jesús y le hiere el Corazón es la falta de confianza. Estoy segura de que, aunque tuviera la conciencia oprimida con todos los crímenes imaginables, no disminuiría un ápice mi confianza. Con el corazón destrozado de arrepentimiento, me echaría en los brazos de mi Salvador. No, nadie podrá atemorizarme, pues sé a qué atenerme respecto a su amor y misericordia. Sé que esa multitud de ofensas desaparecería en un abrir y cerrar de ojos, como gota de agua echada en ardiente hoguera.

Teresa era muy amante de la Virgen María y tiene sobre Ella expresiones encantadoras.

La Santísima Virgen no tiene una Virgen a quien amar; es menos feliz que nosotros. Y su último escrito es un billetito con estas palabras: -¡María! Si yo fuese la Reina del Cielo y tú fueses Teresa, quisiera ser yo Teresa para que tú fueses la Reina del Cielo.

Respecto de la Iglesia, decía con San Pablo que cada uno tiene su puesto en el Cuerpo Místico de Cristo. Teresa se pregunta: -¿Y cuál es mi puesto? ¿Qué miembro soy yo en la Iglesia? Yo quisiera ser apóstol, quisiera ser mártir, quisiera ser todo. Como no puedo ser todo, yo seré el corazón, que, al latir, llevará a todos los miembros la sangre, la sangre de mi amor, y así estaré en todos: en los apóstoles que predican, en los mártires que dan su vida, en todos estaré presente al ser el corazón, el amor de todos.

Su veneración a la Sagrada Escritura fue singular. Y al final, el Evangelio de Jesús fue el único alimento espiritual de su espíritu. El Evangelio no se le caía de la mano.

Su amor tan extraordinario a Jesús lo cifraba en este ideal: Amar a Jesús. Amarlo como no lo ha amado nadie. Amarlo hasta la locura.

Teresa fue el colofón de una familia de santos. Sus papás están los dos camino de los altares. Sus cuatro hermanas se consagraron a Dios. Y Teresa decía siempre:- ¡Yo amo mucho a mi familia!...

Teresita, como la llamamos tan cariñosamente, veinticuatro años nada más, no podía morir sino como morirían los ángeles, si los ángeles murieran. Clavando su mirada en el Crucifijo, pronunció sus últimas palabras: -¡Oh, sí, yo lo amo! ¡Dios mío, yo te amo!.

El mensaje de esta Santa tan inmensa resulta muy fácil de aprender: AMAR. Ella no soñó sino en amar. Amar mucho a Dios, a Jesucristo, a la Virgen, a la familia, a todos. Amar, y demostrar este amor, no con cosas grandes y de relumbrón, sino haciendo con amor las cosas más sencillas de cada día: el trabajo, el trato con los demás, la oración, los pequeños sacrificios que impone el propio deber.

Este es el caminito de infancia, el de las almas pequeñas, enseñado por Teresa. Aunque el Papa Pío XI decía, muy agudamente, que este caminito de la infancia no tiene de infancia más que el nombre, pues hace unos santos enormes....
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