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Homilia del DOMINGO XXX - Tiempo Ordinario
Homilia del DOMINGO XXX - Tiempo Ordinario
Muchos intentarán silenciarnos ( un cristiano bien plantado molesta [y un sacerdote que dice la verdad, también...]).






“Demostró una gra fe y vió”

(Domingo XXX - Ciclo "B" )



Para mejor comprender este Evangelio, debemos recordar cómo era el mundo de los enfermos y enfermedades en tiempos de Cristo.

La ciencia de entonces contaba con pocos medios, y por ende había muchos enfermos, no pocos de ellos incurables, y no había ni institutos de caridad que se ocupasen de ellos (que hoy se cuentan por miles en la Iglesia), ni tampoco instituciones sociales que pudiesen hacer algo por ellos.

Al contrario, las “soluciones” de entonces eran tan drásticas como crueles:
* los enfermos contagiosos eran expulsados de las comunidades para siempre (vg. leprosos)
* los no contagiosos, se veían obligados a transformarse en mendigos.

Así encontramos hoy a Bartimeo, mendicante en la puerta de la ciudad de Jericó.
En la puerta, (como hacen nuestros pobres también hoy), porque era paso obligado, y se podían pedir más limosnas, y además estar enterado de todo. Así se enteró de los milagros y prédicas de Jesús... y seguramente habría deseado encontrarse con Cristo, para librarse de su enfermedad y llevar una vida mas normal...

Y ese día llegó!, y con el la oportunidad de su vida...
* Y Bartimeo comenzó a gritar con todas sus fuerzas, para que Jesús lo oyera.
- Y lo llama “Hijo de David”: reconoce a Jesús como Mesías y Salvador.
- Y le pide algo que sólo a Dios se le puede pedir: “¡Ten misericordia de mí!”

Esos gritos molestan a algunos, que se acercan para exigirle silencio. Pero Bartimeo estaba totalmente decidido frente a Cristo, y entonces comienza a gritar más seguido y más fuerte... Y Jesús lo oye y lo llama
“¡Ánimo! Levántate, que te llama...”

La reacción de Bartimeo nos muestra el colmo de su alegría: “tirando su capa y dando un salto, fue hasta donde estaba Jesús”. Es un detalle más que anecdótico: la capa es todo para un pobre: abrigo, casa cama, equipaje... los que pedían extendían su capa en el suelo para que los que pasan dejen sobre ellas sus limosnas... seguramente ya habría sobre ella unas cuantas monedas, depositadas allí por algunos de la multitud que seguía a Jesús). Pero al oír que Jesús quería verlo, Bartimeo tiró la capa con todo lo que ella tenía y significaba.

Frente a Jesús no quiere perder un instante...

El diálogo fue breve y sencillo: Bartimeo llamó respetuosamente a Cristo “Rabbuní” (título que lo reconoce como maestro ilustre), y le pidió su deseo; y Cristo se lo concedió inmediatamente.

Bartimeo ha demostrado una gran fe: creyó con todas sus fuerzas en Cristo (“Rabbuní”; Mesías Rey; Hijo de David; lo invocó como Hijo de Dios). Y todo esto a pesar de la multitud que lo quería hacer callar. Éste era un ciego muy especial: no veía con los ojos de su cuerpo, pero su fe captaba mucho mas que todos los presentes allí.

El Señor, al poner en él el don de la fe, lo había curado de una ceguera mucho más terrible: la espiritual. Por eso le dice: “Vete tu fe te ha salvado!”

Y Bartimeo comenzó a ver otra vez. Sus ojos se llenaron de luz, y pudo contemplar con alegría las personas, el paisaje, y a este Jesús al que acababa de reconocer como Maestro, Salvador, e Hijo de Dios. Despreocupado de su capa y de las limosnas recibidas, comenzó a seguir a Jesús... es decir, comienza a ser discípulo, este hombre que hasta hace un momento era un pobre pordiosero olvidado de todos.

Sin duda, este ciego es como un símbolo: es el hombre que por su fe pasa de un estado al otro: de la oscuridad (y los “tropiezos” que la misma implica), ha pasado a la luz de la fe, apoyado en la Roca Firme, Cristo.

En este capítulo 10 de su Evangelio, San Marcos nos narra este episodio después de haber mostrado la falta de fe de los discípulos. Jesús les ha dicho a ellos: “¿Ustedes tienen ojos y no ven? ¿Tienen oídos y no oyen?”...

La ceguera es como una figura de la falta de la fe, que sólo Jesús puede curar. Jesús instruye pacientemente a sus discípulos, que tropiezan constantemente por su falta de fe y su dificultad para entender. Como Bartimeo, ellos terminarán siendo curados de su ceguera... y, como Bartimeo, seguirán a Jesús por el Camino (que es el del Calvario y la Resurrección) [El siguiente episodio, en el Evangelio de Marcos, es el Domingo de Ramos].

Cada uno de nosotros puede ser un Bartimeo. Nos cuesta ver o quizás no vemos nada. Nos pasan cosas que no comprendemos, tropezamos, caemos, y a veces nos puede parecer que estamos en un pozo oscuro, sin salida porque no vemos nada. Intentamos algo, pero chocamos contra todo, tropezamos y caemos, no acertamos, y todos los demás nos dicen “¡Callate!” (Ev.), “no busques, no llames, no tiene sentido...” “Confórmate con estas monedas..” (Ev.): consumo, placer, libertinaje, desenfreno, “zafar”, etc. ...

El Evangelio nos describe a todos nosotros con la figura del ciego que está pidiendo al costado del camino: también nosotros oímos decir que a nuestro lado está Jesús, el Maestro y Salvador: comencemos a llamarlo con todas nuestras fuerzas para que nos oiga y nos devuelva la vista: que podamos ver la vida con otros ojos, que comprendamos porqué estamos en este mundo, porqué trabajamos, porqué sufrimos, porqué vivimos, porqué morimos... Que Él nos haga ver par que podamos seguirlo por el camino, y a través de la Cruz lleguemos junto con Él a la Pascua de la Resurrección.

Muchos intentarán silenciarnos ( un cristiano bien plantado molesta [y un sacerdote que dice la verdad, también...]). No importa; imitemos la insistencia de Bartimeo: Jesús nunca pasará de largo si lo llamamos: nos llamará, nos curará y podremos seguirlo, por la Cruz a la Luz.

Amén.
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