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Homilia DOMINGO II - Cuaresma
Homilia DOMINGO II - Cuaresma
“Se oyó la voz del Padre Eterno en la nube: Éste es mi Hijo, el amado: escuchadlo...”






"Domingo II de Cuaresma”

(Domingo II - Ciclo "C" )

Contemplamos la Transfiguración en medio de la Cuaresma para recordar una vez más que lo definitivo para el cristiano no es el dolor, ni la penitencia, ni el esfuerzo para convertirse, sino la Pascua, la Gloria eterna de Dios en nosotros.

La Transfiguración es un gesto de amor de Jesús, para contrarrestar el escándalo de la cruz en el alma de los discípulos... Ellos nunca más olvidaron esta experiencia (como lo narra San Pedro en su segunda carta...)

Siempre hace así Jesús con los suyos. En medio de los mayores padecimientos, da el consuelo para seguir adelante.

Pedro exclama: “¡Qué bien estamos aquí! Hagamos tres carpas...” Lo importante es estar con Jesús... en la prosperidad, en la adversidad, en el gozo o en el dolor...

Los tres apóstoles, junto a Cristo, pudieron gozar anticipadamente, durante un tiempo muy corto, de la felicidad que en el Cielo será eterna, para siempre... y así tener ánimo en las dificultades venideras... También nosotros debemos pensar muchas veces con alegría en el Cielo, nuestra patria definitiva, donde están nuestros nombres: el lugar donde todo es reposo, alegría, regocijo, serenidad, calma, paz, resplandor y luz... donde no hay más oscuridad, ni dolor ni tristeza alguna, sino gozo eterno con Cristo, sus ángeles y santos... y entre ellos, nosotros, con los nuestros.

¿Cómo describir lo que es le Cielo?
“Ni el ojo vió, ni el oído oyó...”
¿Cómo explicar a un ciego lo que son los colores...?
¿O a un sordo lo que es la música...?
Supera totalmente la capacidad humana el poder imaginar aquella hermosura infinita, aquel amor eterno saciando totalmente nuestros corazones... Toda belleza, toda bondad, y la maravilla infinita de Dios llenando nuestras almas...

El pensamiento del Cielo, lejos de ser un escapismo, es un estímulo en nuestra lucha diaria... “Tan grande es el bien que espero, que todo mal me es pasajero”, decía San Francisco.

“Se oyó la voz del Padre Eterno en la nube: Éste es mi Hijo, el amado: escuchadlo...”
Pero al alzar nuevamente sus ojos no vieron a nadie sino sólo a Jesús... no ya transfigurado de gloria, sino al Jesús de todos los días, que en ocasiones pasa hambre, se esfuerza para ser comprendido, se cansa, tiene sed, e incluso llora... Lo normal de los apóstoles fue ver al Señor así, y lo excepcional fue verlo transfigurado... También nosotros: debemos aprender a encontrar a Jesús en la vida ordinaria, en medio del trabajo, en la calle, en quienes nos rodean, en la oración, en el sacerdote que perdona nuestros pecados, y sobre todo en la Sagrada Eucaristía, presencia privilegiada...

Normalmente el Señor se nos mostrará allí, y allí debemos encontrarlo, huyendo de la tentación de desear siempre lo extraordinario.

Cuaresma: tiempo de preparación, conversión, para la vida eterna...
También a nosotros (como a los apóstoles) se nos ofrece, como en una “chispa”, un anticipo (eso es la transfiguración) de la hoguera ardiente de la felicidad que es el Cielo, no para evadirnos, sino para obedecer la voz del Padre Celestial: “Este es mi Hijo: ¡Escuchadlo!”.

Actualicemos más frecuentemente la conciencia de la Presencia divina en lo habitual de cada día, procurando vivir con los pies en la tierra, las manos en nuestros trabajos, pero el corazón levantado hacia el cielo, nuestro hogar definitivo para el cual nos preparamos...

María es invocada como “Puerta del Cielo...”
A ella nos confiamos...

Amén.

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