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"Una vez fuí a un Santuario..."
"Una vez fuí a un Santuario..."

El Templo de Dios se construye con las piedras vivas de los fieles, no con las piedras de material y cemento.


Por: Gustavo Daniel D´Apice |




En cierta ocasión, en una época de mi vida, fui a un Santuario.
Se supone que el centro de todo templo cristiano es Jesús.
Estaba en una zona pobre. El Santuario anterior era pobre. La advocación había sido por una aparición a gente pobre.
Pero el Santuario tenía cierta suntuosidad.

Me decidí a entrar, a traspasar esos portones de madera linda y vidrio labrado.
Traté de buscar algo que me hiciera referencia directa a Jesús. No lo encontré.
Luces, mosaicos, techo de madera, hierros, piedras adornadas, imágenes que referían a un sinnúmero de santos y a la Virgen… entre ellos estaba Jesús. Sí en el centro, pero detrás de todo ello: Puertas, ventanas, esculturas, piedras hermosas, vitrós.
Imposible captarlo a primera vista.

El Sagrario no se veía.
Desde atrás veía una luz.
“Debe ser el Santísimo”, estimé. Luego pregunté a un feligrés y me dijo que no, que adornaba otra cosa. El Santísimo estaba en un cuartito contiguo, al que se pasaba a través de la Iglesia, lleno de gente. Parecía chico como para ser una Capilla del Santísimo en comparación con las dimensiones del Templo (no era de adoración perpetua, generalmente pequeños).
Definitivamente Jesús parecía relegado, ó la divinidad menoscabada a cambio de lo que se ve y se puede tocar y oír (aunque sea con mala sonoridad).

Me hacía acordar a las grandes orquestas que tocaban en las Misas los temas de Bach, Beethoven, Mozart. Nadie prestaba atención a la celebración.
Por ello se reemplazó por el llano canto gregoriano, que resalta la voz, los tiempos, eleva el alma, y un pequeño sonido puede dar la nota inicial y acompañar algunas partes.

Aquí todo deslumbraba externamente, pero la celebración, que debía tocar el alma, era opaca: las luces la opacaban; la falta de sonoridad y acústica de un templo hecho de finos materiales pero sin concepción de la trascendencia y de lo sagrado, la opacan. Las esculturas la opacaban. Las pinturas y vitrós la opacaban. Y no dejaban vislumbrar lo esencial.

Todo tendía a distraer de lo esencial, de lo trascendente.
Por ello Jesús está entre los pobres, en un pueblo pobre pero que lo reconoce como su Señor, que es solidario, que construye su Templo con Piedras Vivas, es decir, con los seguidores de Jesús, y no con piedras muertas que se compran juntando dinero y haciendo sorteos y rifas con aporte gubernamentales.
Pero todo sirve para el bien de los que aman a Dios, y, dicen, Dios escribe derecho con líneas torcidas.

Todo parece mal, hasta lo que los especialistas en arquitectura dirían que está bien, pero para acá, para “el más acá”, no para elevarnos al más allá, allí donde Jesús vive y reina.
Parecemos los fieles que mostraban a Jesús el Templo de Jerusalén y sus hermosas construcciones: La frase de Jesús fue lapidaria: “De todo esto, no quedará piedra sobre piedra”.

Y así será. Podremos guardar hermosos monumentos arquitectónicos, podremos viajar sin fronteras, hacer turismo y comprar haciendas, pero de todo esto nada quedará.
En el mundo resucitado el hombre glorificado y el universo transfigurado no necesitan nada de ello, y, es más, lo verán todo con su nuevo ojo, el ojo del Espíritu, porque “si tu ojo está en tinieblas, cuanta oscuridad tendrás” (Jesús en Mateo 6, 22-23).

Gocemos de los bienes pasajeros como si no existieran (San Pablo todo lo consideraba “basura”), sabiendo que nos espera “un inmenso tesoro de Gloria”, y demos a cada cosa el lugar que le corresponde y a cada uno lo que la Ley moral, no sólo la legal, indica que se le debe, porque muchas veces lo legal no es moral, y lo moral supera lo legal.

En cierta ocasión, en una época de mi vida, fui a un Santuario.
Una vez fui en un determinado tiempo a un Santuario.
Una vez, hace un lapso de tiempo, entré en un Santuario…

Entremos en ese Santuario que se nos tiene preparado por Dios en el cielo, y que no es construído por la mano del hombre, sino por la mano de Dios mismo (Hebreos 9, 24).

Sí, desde ahora, pregustándolo. (Apocalipsis 21,10-14)
¿Ó para cuándo vamos a esperar los cielos nuevos y la tierra nueva? (Ap. 21, 1-4)
Ya, aunque todavía no plenamente. Pero ese Ya, ahora, supera todo lo creado e imaginado.


Gustavo Daniel D´Apice
Profesor de Teología (UCA)
Profesor de Filosofía y Ciencias de la Educación





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