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La Iglesia Católica busca sostenerse económicamente.
La Iglesia Católica busca sostenerse económicamente.

La Iglesia Católica busca que sus fieles sean concientes del precepto de sostener el culto y a sus ministros.


Por: Gustavo Daniel D´Apice | Fuente: Gustavo Daniel D´Apice



La Iglesia Católica busca sostenerse económicamente.

Con el lema de que “todos somos Iglesia, es tiempo de compartir”, la Iglesia Católica agradece a sus fieles el aporte de tiempo, talento y dinero para que ella pueda desarrollarse y crecer.

Iglesia que es la comunidad de los bautizados, y que desarrollarse y crecer implica hacer conocer más y mejor a Jesús, y a éste Resucitado, con una vida nueva que implica desapego, amor a la virtud, humildad y solidaridad, en la vida y el trabajo honestos y dignos.

La Iglesia Católica está dividida en todo el mundo en diócesis, a cuyo frente se encuentra un Obispo, que es sucesor de alguno de los 12 apóstoles de Jesús, aún histórica y temporalmente.

Ésta es la porción más pequeña del Pueblo de Dios, pero para manejarse con mayor coordinación y libertad, las diócesis se subdividen en parroquias, cuyo pastoreo se encomienda a algún presbítero que hace presente allí a su Obispo.

La Parroquia se sostiene gracias a la contribución de los fieles, sin ningún aporte estatal y muchos menos eclesial, salvo contadas excepciones.

El aporte de los fieles sostiene las obras de caridad, la oración litúrgica y otras devociones, el templo, la catequesis y la formación cristiana.

Y dentro del aporte de los fieles, la principal fuente del sostenimiento económico son las colectas de las Misas, aunque nos parezca mentira. De lo que colocamos en la colecta depende la actuación de la comunidad de la que soy miembro.

Sin embargo, un relevamiento nacional ha demostrado que el promedio del aporte de cada persona que concurre a la Misa de los domingos, es inferior a 30 centavos, promediando en ello los que aportan más, menos, o no aportan.

Nos invita esto a prestar mayor atención a este momento de la Liturgia que es la colecta y ofertorio, en el que ofrecemos el pan y el vino, nuestros gozos, angustias y esperanzas, es decir, a nosotros mismos, junto con nuestra colaboración económica para que esa comunidad a la que pertenezco o asisto permanezca viva en el tiempo y en el espacio.

Haciendo una breve reseña de este rito de la colecta, los Obispos señalan que los primeros cristianos se reunían para celebrar la Cena del Señor y compartir sus bienes (Hch 2,42-47). Con el tiempo, este compartir quedó como un acto importante junto a las ofrendas del pan y del vino, repleto de múltiples sentidos, como la ofrenda de nosotros mismos a Dios, devolverle parte de lo que recibimos de Él, la santificación y consagración de nuestro esfuerzo cotidiano, ayudar a los hermanos que necesitan más de nosotros, sentido evangelizador para que la parroquia tenga medios para anunciar a Jesús.

Como dijimos antes, Cáritas, la catequesis, la misión, se mantienen con nuestro aporte, pero además también los gastos de cualquier casa de familia: la luz, el gas, el teléfono, el orden y la limpieza, los alimentos, la secretaría para la atención.

A lo que se le suma lo necesario para mantener al ministro consagrado, el sacerdote, algún empleado más, el vehículo para las zonas rurales o para la mejor atención de los diversos servicios fuera del ámbito del templo y casa parroquial.

Nuestro aporte mantiene el Templo aseado, en orden e iluminado, permite que el sacerdote vaya a visitar a los enfermos, que se emprendan obras de caridad y apostolado y misión.

La Iglesia da de lo que a la vez le brindamos. Nos devuelve de alguna forma.
La comunidad cristiana (Iglesia) no es solamente el Obispo, los sacerdotes, las religiosas y religiosos o laicos comprometidos, sino que somos todos, con la misma exigencia de santidad, y los mismos derechos y deberes, necesidad de recibir y de dar, y de todos depende ella.

Es mucho lo que hacemos, tal vez poco o nada. Pero sí todos podemos hacer más, exigirnos más. Participar más.

No lamentaremos así que el sacerdote no llega, que hay poca luz o no andan los micrófonos, que los empleados y catequistas están mal remunerados. La responsabilidad es nuestra, es de todos.

Así Jesús será más transparente para todos, podrá llegar a los hogares y el Evangelio podrá transformarnos como personas, como comunidad, como provincia y como Nación.

Como dijimos al principio: compartiendo nuestros distintos y valiosos talentos personales, nuestro tiempo con los demás, y los bienes materiales que, en mayor o menor abundancia, el Señor nos regala y coloca a nuestra disposición.

Animémonos.

Gustavo Daniel D´Apice
Profesor de Teología
Pontificia Universidad Católica





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