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"Ahora los llamo Amigos" (Jn 5,15b): Discurso para Catequistas.
"Ahora los llamo Amigos" (Jn 5,15b): Discurso para Catequistas.

El Catequista es testigo de Jesús Resucitado en la Iglesia y el mundo en que le toca vivir. Su formación debe ser permanente.


Por: Gustavo Daniel D´Apice | Fuente: Eventos Evangelizadores "Dialogando"



"AHORA LOS LLAMO AMIGOS" (Jn. 15, 15b)

Queridos egresados, estimados alumnos, colegas, personal del Instituto, invitados, Sr. Director:

Pareciera ser esto una despedida, pero en realidad no lo es, porque: “¿Adónde iremos lejos de Su aliento, adónde escaparemos de Su mirada?...Si escalo el cielo, allí estás Tú; si me recuesto en el abismo, allí Me encuentras” (Sal. 138, 8).

Y San Pablo expresa que en Él, en Jesús, “estamos, vivimos, nos movemos y existimos”.

Siempre estuvimos, estamos y estaremos juntos y unidos en Jesús.

El Señor Resucitado lo abarca todo y nos contiene en Él: Por lo tanto, estaremos en distintos lugares, en distintos tiempos y espacios, pero siempre dentro del mismo Cuerpo Místico de Jesús.

Es despedir y a la vez acoger.

Despedir una etapa y acoger en otra de formación y servicio permanente.

En distintas épocas y etapas comenzaban su preparación aquí estos queridos amigos y amigas que hoy egresan, ya preparado su corazón por Dios en otros sectores de su Viña.

Han transcurrido en este tiempo gozos y esperanzas, juntos a dudas, decepciones y angustias (Sal. 87, 4ss.), propias de nuestra condición humana y necesarias para madurar en la vida cristiana.

Pero hagamos un breve recorrido por los contenidos que debieron transitar en esta etapa, breve pero densa en cuanto a estos contenidos conceptuales, procedimentales y actitudinales:

Comenzaron introduciéndose en la catequesis y misión de la Iglesia, junto a las herramientas que muy pronto y en un nuevo lenguaje les alcanzaba la Teología Fundamental, que les acercaba en forma sistemática y con claridad en Quién había que creer y cómo Éste se revelaba.

Prestaron su asentimiento de fe, mientras se les abría el libro de la Biblia e incursionaban en el Antiguo Testamento, con la Historia de la Salvación y sus Etapas, preparando la Venida de Jesús, latente y prefigurado en el Antiguo Testamento, mientras comenzaban a conocer al Dios Único que se revela en Tres Personas Distintas, como Padre que trata amorosamente a sus hijos, como Hijo que se hace hermano y amigo de nosotros, y como Espíritu Santo que quiere tomar el comando de nuestras vidas si le dejamos el lugar.

Los tesoros del Dios Uno y Trino se abrían con el misterio de la Creación, realizada con sabiduría (cfr. Sal. 103. Sab. 9), que, como sabemos, es obra de los Tres, pero se la atribuimos o apropiamos a Dios Padre, Principio sin principio, dentro de la Trinidad y de todo lo que existe.

Fue necesaria la caída, para merecer tan Gran Redentor, como decimos en la noche de Pascua: Lo que dio lugar al “estudio” de Jesús, que marcó esta etapa: Salvador y Mesías, verdadero Dios y verdadero hombre.

Jesús, anunciado y latente en el Antiguo Testamento, comenzaba a hacerse patente y manifiesto en el Nuevo, y surgía avasallante en el único Evangelio cuadriforme, corazón de las Sagradas Escrituras, donde ocupa un lugar central, al igual que en la vida de cada uno de nosotros.

Mientras tanto, el estudio de la Psicología Evolutiva con sus diversas etapas acompañaba la comprensión de los misterios salvíficos, a fin de poder comunicarlos a cada persona en su lugar, situación y crecimiento concretos. tratando de acercarse a aquellos a quienes les tocará llegar en el anuncio de la Buena Noticia del Señor Resucitado.

El segundo año comenzaba dando herramientas para la comprensión de la celebración litúrgica y sacramental, acción conjunta de Jesús y de la Iglesia, comunicadora de la fuerza salvífica del Resucitado y liberadora en la alabanza del Padre Celestial.

Como fruto de la Pascua, de la Resurrección corporal y gloriosa de Jesús, primicia de la nuestra, fue enviado el Espíritu Santo, para santificar a los creyentes, en la familia de Dios que es la Iglesia.

Y el Espíritu Santo comenzaba a soplar, haciéndonos conocer la Iglesia de Jesús y cómo santifica el Resucitado a través de los Sacramentos, envoltorios de la gracia divina, con los cuales continúa tocándonos como en su paso salvífico por los caminos polvorientos de Palestina.

Para ello nos introdujimos en la catequesis litúrgica y sacramental, estudiando y tratando de experimentar los Sacramentos de la Iniciación cristiana, los de Curación espiritual, física y psicológica, y los que están para el servicio de la comunidad, tanto el orden sagrado como el matrimonio.

Comenzaba a aparecer la Teología de la Vida espiritual, en su vertiente moral de la gracia, virtudes, dones, frutos y bienaventuranzas del Espíritu Santo, proceso normal de desarrollo y crecimiento de la vida en el Espíritu.

Conociendo los dictámenes de la conciencia, preceptos y mandamientos, fuimos ahondando en las Enseñanzas del Magisterio de la Iglesia y en su Doctrina Social, realzando la vida y la dignidad de las personas, mientras la metodología de la catequesis nos acompañaba como un instrumento de comunicación de la Buena Noticia, colocada al servicio del Espíritu Santo, así como María se colocó al Servicio del Señor.

Finalmente, se abrieron los tesoros de la espiritualidad cristiana, con sus riquezas de oración y maestros espirituales, mientras la Historia de la Iglesia nos hacía tener memoria de lo pasado a fin de entender el presente y proyectar el futuro evangelizador, ya que la comunidad que desconoce su pasado difícilmente sepa hacia dónde se encamina, rectificando y corrigiendo sus errores y reafirmando sus aciertos y virtudes.

La Pedagogía de la Catequesis trataba de reflejar la pedagogía de Dios para con nosotros, gradual y progresiva.

Las hermanas que completaron su Ciclo de Liturgia seguramente se habrán introducido en el corazón de la celebración eclesial, donde brota la alabanza de Dios y donde Dios derrama abundantemente su Vida sobre los suyos, comunicándoles la gracia que nos santifica, recrea y restablece como personas.

Y los que completaron su preparación para el abnegado servicio de la Catequesis Especial han desarrollado valores nuevos, tipos de comprensión desconocidos para la mayoría, con sus diversos lenguajes y terapias, y espíritu de serena compasión para la transmisión del Evangelio (Sal. 111).

Termina un Ciclo para comenzar otro.

Ahora deberán completar su formación catequético-apostólica, con un itinerario permanente de oración constante, lectura espiritual y estudio comprensivo, ya sea de la Biblia, del Catecismo de la Iglesia Católica, del Compendio del Catecismo, o de los escritos de los santos y místicos de la Iglesia, como para quienes “lámpara es su Palabra para sus pasos y luz en su sendero” (Sal. 118, 105).

Egresando, comienzan a ser de una manera nueva, que necesita ser alimentada: La Biblia, el Catecismo, el Compendio, serán en esta época los pilares que los acompañarán y actualizarán constantemente, mientras claman al Señor: “Enséñanos tus caminos” (Sal. 24,4b), como quienes son “instruidos por Él (Sal. 31,8.85,11) porque “sus preceptos son la alegría del corazón” (Sal. 118,16), ya que “han resuelto guardar su Palabra” (Sal 118,57b), que “es eterna y más estable que el cielo” (Sal. 118, 89), y “esperan en Ella” (Sal. 118,147b).

La oración (Sal. 68,14a) les concederá la intimidad con Jesús, como quien escucha en su corazón: “Buscad mi Rostro” (Sal. 26,8), “bello y majestuoso” (cfr. Sal. 103,1c), “luminoso, deslumbrante y magnífico” (Sal. 118,135.Sal. 75,5), y al despertar se sacia de Su Semblante, y “contemplándolo queda radiante” (cfr. Sal. 33,6a). Y por medio de Él el Padre los amará, el Padre que es la fuente de la Palabra, que brota de su Silencio creativo y amoroso, dando vida a través de Ella (cfr. Sal. 118).

Vendrá a ustedes y habitará en ustedes. Y vivirán felices (Sal. 24,13). Como “quienes tienen puestos sus ojos en el Señor” (24,15a) y para quienes “el Señor es su Pastor, y nada les puede faltar” (Sal. 22,1), porque “sólo en Él descansa nuestra alma” (Sal. 62,2a), y “Él es nuestro refugio” (Sal 56,2b).

El servicio los llevará a realizarse y plenificarse en el otro, y aprenderán a reinar sobre ustedes mismos, sobre sus malos deseos y pasiones.

Por lo tanto, no se trata solamente de dar.

El dar y el hacer brotan del ser, y éste se confecciona a lo largo de toda nuestra vida.

De la santidad de ustedes brotará lo poco o mucho que den. A veces sin necesidad de hablar: “La gracia se comunica también a través de los poros, para aquel que la posee”.

Si son fieles a Jesús y a la Iglesia, cumplirán la misión de Dios en sus vidas, porque “no olvidan Su Voluntad” (Sal. 118,153b), “y quieren guardarla de todo corazón...inclinando su corazón a sus preceptos” (Sal. 118,34.36).

Así realizarán el apostolado que les tiene reservado y encomendado, sea poco o mucho ante los ojos de los hombres, pero siempre inmenso ante los ojos de Dios, que todo lo sabe,

Porque el hombre mira las apariencias, pero Dios mira el corazón.

Si son santos, serán catequistas, sino serán como campanas que resuenan o címbalos que retiñen (I Co 13,1).

Si están unidos a Jesús por el amor que brota espontáneo de sus corazones, lo serán todo.

Que vivan unidos a Él, y Él será la bendición de ustedes y la paz, hasta el punto de poder llamarlos amigos, porque todo lo que escuchó de su Padre se los ha dado a conocer (Jn. 15,15b).

Esperemos que esta semillita sembrada en estos años dé fruto abundante, y ustedes se transformen en esos árboles frondosos de los cuales Jesús habla en el Evangelio, donde se cobijen a la manera de los pájaros otras almas deseosas de comer y beber de la vida divina que ustedes les ofrecen.

Felicidades, felicitaciones, y juntos...seguimos evangelizando.

Gustavo Daniel D´Apice


(Las citas bíblicas de los Salmos pertenecen a los originales griegos que están entre paréntesis en la Sagrada Escritura)


Oración: “Elévate sobre el cielo, Dios mío, y llene la tierra tu Gloria y Majestad” (Sal. 56,13.148,13b), porque en ella “es admirable tu Nombre” (Sal 8). “Tú eres nuestro Dueño y Señor” (Sal. 8) y “nos guiarás por siempre jamás” (Sal. 47,15b), porque “eres bueno, tu misericordia es eterna y tu fidelidad dura por siempre” (Sal. 99,5b). “En tus manos encomiendo mi espíritu. Tú, el Dios leal, nos librarás”. “Bendice, alma mía, al Señor” (Sal. 103,35b).


Gustavo Daniel D´Apice - Profesor de Teología - Pontificia Universidad Católica
www.es.catholic.net/gustavodaniel
Instituto de Teología y Catequesis “San Juan Bautista” - Colación de Grados





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