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Semblanza del Apóstol San Pablo
Semblanza del Apóstol San Pablo

El Apóstol Pablo, seguidor incondicional de Jesús Resucitado.


Por: Gustavo Daniel D´Apice | Fuente: Gustavo Daniel D´Apice





Semblanza del Apóstol Pablo.

Continuando con la reflexión y el conocimiento del Apóstol San Pablo:

Un buen judío.
Pablo, conocido también bajo el nombre de Pablo de Tarso (“Pablo”, griego, “Saulo”, hebreo), apóstol Pablo, o simplemente “el Apóstol”, nació probablemente unos años después de Jesús, en Tarso, ciudad de Cilicia, lo que actualmente es Turquía.

Era judío, hebreo de nacimiento, y su nombre Saulo era en honor del primer rey de Israel, Saúl.
Desde niño estudió la Ley de Moisés en Jerusalén, bajo la guía del gran maestro de su tiempo Gamaliel.

Pablo “conoce a Jesús”.
Teniendo algo más de 30 años (quizá 36 o 37), y enterado de la nueva doctrina que anunciaban los seguidores de Jesús, a Quién no había conocido, pidió autorización a las autoridades judías para perseguir a la nueva “secta judía” en Damasco, pero camino hacia esa ciudad, su vida cambió radicalmente.

Vio una gran luz y escuchó la voz de Jesús preguntándole por qué Lo perseguía, identificándose así Jesús con sus mismos seguidores.
Tres veces relata su compañero de aventuras Lucas en los Hechos de los Apóstoles este evento y experiencia únicos: Hechos 9,5-7; 22,5-16 y 296,10-18.

Quedó ciego y un discípulo de Jesús, Ananás, tuvo que imponerle las manos para que recobre la vista y quede lleno del Espíritu Santo.

El elegido de Jesús.
Jesús lo eligió para que anuncie su mensaje de salvación, la Buena Nueva, a todos los pueblos. Por eso recorrió toda Europa y Asia menor, pasando por Antioquía, Chipre, Éfeso, Listra, Derbe, Corinto, Filipos, Tesalónica, Jerusalén, Roma y muchas otras ciudades.

Pablo nos dice en sus escritos que recibió el encargo de predicar a los no judíos, así como Pedro lo había recibido de predicar al pueblo elegido de Dios. Aunque los límites de ambos no eran tan estrictos.
También hace alusión a que trabajó “más que todos los demás” anunciando el Evangelio, aunque no por sus propias fuerzas, sino por la gracia de Jesús Resucitado que actuaba poderosamente en él (I Corintios 15,10).

Pablo predicador.
Al llegar a una ciudad, Pablo reunía a los cristianos en alguna casa, y comenzaba a predicar. Su fuego y ardor eran incansables, y podía hablar de Jesús horas y horas.
Una vez comenzó a predicar de noche, era la madrugada, y permanecía hablando de Jesús. Un joven, de nombre Tíquico, estaba sentado en una ventana escuchándolo, pero el sueño lo venció y cayó al vacío desde el segundo piso de la casa donde estaban reunidos. Había muerto, y todos se afligieron mucho. Pero Pablo invocó a Jesús y el muerto volvió a la vida (Hechos, 20,7-12).

Pablo escritor.
Así como fue un gran predicador, fue también un gran y culto escritor. Pasaba por las comunidades predicando la Buena Noticia de que Jesús había resucitado y vivía, y que nosotros resucitaríamos con nuestros propios cuerpos como Él, libres ya del poder del pecado, del mal, del dolor y de la muerte.
Luego, escribía cartas para mantener viva la llama de su enseñanza e inducir a sus lectores (como lo hacía con sus escuchas) a tener una experiencia real del Señor Resucitado lleno de poder y de gloria, aunque sin escapar a la ignominia de la cruz y del dolor que finalmente nos llevarán a la muerte antes de tener vida eterna y finalmente resucitar.

Escribió a las romanos, corintios, efesios, colosenses, a Tito, Timoteo y otros más.

Pablo y sus viajes.
El amor de San Pablo por Jesús era tan vivo y experimental, que quería llegar a todos los lugares conocidos para comunicar su mensaje y llevar a todos al conocimiento de la fe de Cristo.

En aquel tiempo, con los medios precarios que existían, los viajes no eran fáciles. La mayoría de las veces se andaba a pie, a pesar de que había vehículos tirados por animales.
San Pablo visitó ciudades de Europa y Asia menor, como Iconio, Listra, Derbe, Antioquía de Pisidia, Roma, Corinto, Éfeso, Macedonia, Filipos, Tróade y muchas otras.

En todas esas ciudades, la propuesta era siempre la misma: la fe en Jesús Resucitado y la nueva vida que brota de la experiencia del encuentro con Él.


Pablo predicaba que Jesús es el salvador de todos los pueblos, y no solamente del pueblo judío. Eso fue motivo de mucho sufrimiento y persecución.

Sintiendo que ya había cumplido su misión, fue a Jerusalén, donde era sabido que lo tomaría preso (Hechos 21). Al ser también ciudadano romano, pidió que lo juzgara el emperador, por lo que fue enviado a Roma (Hechos 22,22ss. Hechos 25).

Durante su viaje, con 276 personas a bordo de una nave, la mayoría prisioneros, el barco naufragó. Su compañero de viaje Lucas relata () la peripecia, en la que la intercesión de Pablo hizo que todos se salvaran y cobijaran en la isla de Malta, donde fueron muy bien recibidos (Hechos 27 y 28).

Haciendo una fogata, una víbora se enroscó en la mano de Pablo. Fue sorpresa de todos ver como Pablo, con un simple movimiento de su mano, tiró la cobra al suelo sin que ella se quemase.

Pablo da la vida por Jesús.
Después de tres meses en la isla de Malta, Pablo y sus compañeros consiguieron llegar a Roma.
Estuvo más de dos años con prisión domiciliaria, dedicándose a la oración, la reflexión y el anuncio de Jesús entre los que lo iban a ver.
Posiblemente en el año 68, Pablo fue decapitado, modo de ejecución para los ciudadanos romanos.
En Roma está el lugar donde murió: Se llama “Las Tres Fuentes” (“Tres Fontane”), debido a que cuando la cabeza cortada de Pablo cayó al piso, dio tres saltos, y en cada uno de ellos brotó una fuente de agua (símbolo de la vida).

Gustavo Daniel D´Apice
Profesor de Teología
Pontificia Universidad Católica






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