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El Padre Nuestro.
El Padre Nuestro.

La oración que Jesús nos enseñó.


Por: Gustavo Daniel D´Apice |



EL PADRE NUESTRO

Está en el Catecismo de la Iglesia Católica, entre los números 2759 y 2865.

Es una oración que enseñó el mismo Jesús, cuando sus discípulos le pidieron que les enseñara a orar.

En las iglesias cristianas se adoptó la versión de Mateo, capítulo 6, versículos 9 al 13, que consta de 7 peticiones, y fue enseñada por Jesús en su discurso programático, en el Sermón de la Montaña.

El texto que trae Lucas, en su capítulo 11, versículos 1 y siguientes, es más breve, de 5 peticiones, y quedó como un texto más en los Evangelios.
Tertuliano, un escritor eclesiástico de los primeros siglos, decía que la “oración del Señor” (oración “dominical”, de “Dominus”, Señor, en latín), es la “oración fundamental”, es decir, fundamento de las demás oraciones.

Todas las oraciones están incluídas en ella, y ella es la más perfecta de todas. Implica también un orden en las peticiones, que modela nuestra afectividad.

Si los Evangelios son el corazón de las Sagradas Escrituras, el Padre Nuestro es el corazón de los Evangelios.

Sin embargo, no es una oración vocal como para ser repetida automáticamente.

Ella puede conducir a las cimas de la contemplación y de la mística cristiana, tal como lo experimentaron y experimentan muchos santos y místicos, que a través de ella se elevan hasta las alturas mismas de Dios.

Desde los comienzos, los creyentes cristianos recitaban el Padre Nuestro en la liturgia cotidiana 3 veces al día. Y así lo seguimos haciendo: Una vez en Laudes, la oración de la mañana; otra vez en Vísperas, la oración de la tarde. Y otra en la Santa Misa.

En la celebración del Bautismo, se “entrega” la Oración del Señor al nuevo cristiano como inicio de su vida en Dios, como hijo que puede dirigirse ya con confianza a su Padre.
En la Confirmación, plenitud del sacramento del Bautismo, también se hace “entrega” del Padre Nuestro al confirmando, para que pueda dirigirse con más familiaridad al Padre Celestial.

Convendría preguntarnos, si ya somos “hijos de Dios” por el Bautismo y la Confirmación, cómo es nuestra oración en la que nos dirigimos al Padre, principalmente en la celebración de la eucaristía. ¿Somos conscientes de lo que decimos y de a Quién nos dirigimos? ¿Nos elevamos con ella al Padre a través de nuestro día? ¿Vemos en ella el resumen, el compendio de todas las oraciones, o es una oración más que decimos en una nube de distracciones?

Siendo la oración del hijo de Dios, será el termómetro de nuestra “filialidad”.

Siempre estamos a tiempo de que el Padre Nuestro dé fruto en nuestra vida.

Basta con esmerarnos un poco, prestando atención a lo que decimos y a Quien se lo decimos.

Elevando nuestra mente amorosamente hacia Él y, si nos distraemos, volviendo sin tensión ni ansiedad, con suavidad, nuestra atención a Dios.

Los contenidos de esta reflexión los podrás encontrar y meditar en el Catecismo de la Iglesia Católica, entre los números 2759 y 2776.

Los podés leer yendo también a las citas bíblicas correspondientes que el mismo Catecismo señala.


www.gustavodaniel.org





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